Traicionada por la sangre que la vio nacer y despojada de todo lo que amaba en una sola noche de infamia, Cataleya Mendoza pensó que había tocado fondo al perder su hogar, su hijo y su dignidad bajo los golpes de un amor ciego. Creyó que el exilio y el silencio serían su único destino. Pero el destino, caprichoso y sediento de justicia, la colocó frente al imperio intocable de los Moretti y frente al hombre más temido del país: un titán arrogante al que nadie se atreve a retar. Lo que no sabían ni su exprometido, ni su familia, ni el implacable Gael Moretti, es que una reina destruida no regresa a pedir clemencia... regresa a reclamar su trono.
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Capítulo 3: El Ultimátum del Terror y la Dueña del Penthouse
El eco de los gritos de Dennis aún rebotaba en las paredes de cristal del lujoso penthouse, haciendo que los finos adornos sobre la consola parecieran temblar. Cataleya, con el rostro bañado en lágrimas y el pecho agitado por la indignación, sintió que algo dentro de ella se quebraba de manera definitiva. Ya no quedaba rastro de la mujer sumisa que intentaba apaciguar las aguas; el dolor y la traición habían dado paso a una fría y firme dignidad.
Secándose las mejillas con el dorso de la mano temblorosa, Cataleya levantó la barbilla y lo miró fijamente a los ojos, desafiando toda la furia que emanaba de su figura. Aquel lugar no era una concesión de los Álvarez ni un regalo de bodas; era el fruto legítimo de su herencia y de sus propias manos.
—¿Crees que me importa seguir aguantando esto, Dennis? —su voz salió firme, cortante como el bistec con el que operaba, resonando con fuerza en la amplia sala—. ¿Crees que soy una masoquista dispuesta a rogarle amor a un hombre que me insulta, que le cree antes a las mentiras de su hermana que a la mujer que compró este techo con su esfuerzo? ¡Para empezar, que no se te olvide que este penthouse es mío! ¡Cada metro cuadrado de este lugar lo pagué con la herencia de mi abuela y con mis guardias en el quirófano!
Dennis se quedó congelado por una fracción de segundo, con los puños aún apretados con fuerza contra sus costados. No esperaba esa respuesta, y la mención de que la propiedad pertenecía legalmente a Cataleya hirió su ego de forma desmedida.
—¿Qué estás diciendo, Cataleya? —preguntó Dennis entre dientes, con la mandíbula tensa y una vena latiéndole peligrosamente en la frente—. Más te vale medir tus palabras.
—Lo que oyes, Dennis Álvarez —respondió ella, dándose la vuelta con elegancia para caminar hacia la habitación principal con paso firme—. Se acabó. Si no eres capaz de confiar en mí, si prefieres escuchar los delirios y celos enfermos de mi hermana antes que ver la verdad, entonces no me quiero casar. Escúchalo bien: ¡No me voy a casar contigo! Si no me crees, no podemos casarnos así. Esta farsa se termina aquí.
Al escuchar esas palabras, el autocontrol de Dennis se desmoronó por completo. La idea de que una mujer se atreviera a rechazarlo públicamente y a cancelar la boda hirió su orgullo de cirujano de élite.
—¡Vuelve aquí ahora mismo, maldita sea! —rugió Dennis, lanzándose tras ella a zancadas largas y furiosas.
Cataleya apenas había cruzado el umbral de la habitación para comenzar a empacar sus pertenencias cuando sintió una mano fuerte que la agarraba del brazo con brutalidad, girándola sin ningún tipo de cuidado y empujándola contra el borde de la cama de roble. El impacto le sacó el aire de los pulmones, pero ella no se atemorizó; le devolvió una mirada llena de fuego puro.
—¡Suéltame, estúpido! ¿Te has vuelto loco? —gritó Cataleya, intentando zafarse del agarre de hierro.
Dennis se inclinó sobre ella, con el rostro desfigurado por la rabia, tan cerca que Cataleya podía sentir su respiración agitada y caliente contra su piel. Sus ojos azules, antes cálidos, ahora echaban chispas de pura locura y soberbia.
—¿Crees que te vas a burlar de mí de esta manera, Cataleya? —siseó Dennis con una voz ronca y amenazante—. ¿Crees que vas a cancelar una boda en la que está involucrada mi reputación, solo porque te dio una rabieta?
—¡Suéltame! ¡No me voy a casar con un cobarde que me insulta! —le gritó ella en la cara, forcejeando con todas sus fuerzas.
Dennis soltó una risa seca, cínica y aterradora, mientras apretaba aún más los dedos alrededor de sus brazos.
—Escúchame muy bien y grabatelo en esa cabecita terca que tienes, Cataleya —le advirtió Dennis con un tono de voz gélido que hizo que un escalofrío recorriera la columna de la doctora—. No se te ocurra cancelar la boda. O se hace lo que yo digo, o te juro que ahora sí me vas a conocer de verdad. Voy a hacer que tu vida en esta ciudad sea un verdadero infierno. Haré que ningún hospital, ninguna clínica y ningún colega vuelva a mirarte con respeto si te atreves a dejarme plantado. ¡La boda va porque va!
—¡Estás enfermo, Dennis! —escupió Cataleya con puro desprecio—. ¡Suéltame de una vez y vete de mi casa!
De un fuerte tirón, aprovechando un segundo de desconcierto, Cataleya logró liberarse y lo empujó con fuerza hacia atrás. Sin mirar atrás, corrió hacia el baño principal, cerró la puerta con seguro y accionó el pestillo con manos temblorosas.
Al otro lado de la puerta, los golpes secos y furiosos de Dennis resonaron como truenos, acompañados de sus gritos desquiciados.
—¡Abre la puerta, Cataleya! ¡Esto no ha terminado! ¡Me vas a obedecer! —bramaba Dennis mientras pateaba la madera maciza con desesperación.
En el interior del baño, con la espalda apoyada contra la fría puerta cerrada, Cataleya finalmente permitió que las lágrimas de rabia e impotencia brotaran sin freno. Pero lo que ella ignoraba, mientras el sonido de los golpes empezaba a calmarse al otro lado del pasillo, era que el verdadero peligro no estaba solo tras esa puerta, sino en las oscuras intenciones que su hermana Carol ya había comenzado a poner en marcha en las sombras de la ciudad, tejiendo una red invisible de la que ninguna advertencia previa podría salvarla.