Sinopsis: Enamorado de la mejor amiga de mi mamá
Kaleth Giraldo nunca imaginó que terminaría enamorándose de Estefanía Holguín, la mejor amiga de su mamá. Desde que era pequeño, la conocía como tía Estefanía, una mujer especial que siempre había estado presente en su vida. Sin embargo, los años pasaron y sus sentimientos comenzaron a cambiar, convirtiéndose en un amor que jamás pensó experimentar. Ahora, Kaleth tendrá que encontrar el valor para confesarle lo que siente, arriesgándose a cambiar la relación entre sus familias. Estefanía nunca imaginó que aquel niño que la llamaba tía crecería y la miraría con otros ojos. ¿Podrá el amor superar los prejuicios, las dudas y los secretos que amenazan con separarlos para siempre?
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Capítulo 8: Esa mujer me tenía tragado
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Kaleth Giraldo — Cali, Colombia
Al otro día bajé a desayunar todavía pensando en lo que había pasado la noche anterior. Parce, yo no sabía qué tenía esa mujer, pero me tenía completamente tragado. Era verla y se me olvidaba hasta lo que iba a decir. ¡Qué gonorrea de sentimiento tan bravo, ve!
Cuando llegué a la cocina, ahí estaba Estefanía preparando el desayuno. Yo me quedé un momentico mirándola desde la entrada, con una sonrisa toda boba.
—¿Y vos qué hacés ahí parado, Kaleth? ¿Se te perdió algo? —me preguntó sin dejar de hacer lo que estaba haciendo.
—Sí, mi reina, se me perdió algo.
Ella volteó a mirarme.
—¿Qué cosa?
—La razón, porque cada vez que la veo se me olvida cómo pensar.
Estefanía soltó una carcajada.
—¡Ay, este muchacho! ¿Vos no podés pasar cinco minutos sin salir con alguna bobada?
—¿Bobada? Ve, yo estoy hablando muy en serio. Usted debería agradecer que tiene un admirador tan dedicado.
—¿Ah, sí? ¿Y quién es ese admirador?
Me llevé una mano al pecho, fingiendo estar ofendido.
—¡No, pues! Qué falta de respeto. ¿Ahora resulta que hay que presentarse otra vez en esta casa?
—Kaleth, por Dios, sentate a desayunar.
—Bueno, pero solo porque usted me lo pide, mi vida.
Me senté en la mesa, feliz de verla sonreír. Yo sabía que ella me había pedido tiempo para pensar en todo lo que le confesé, y por eso no quería presionarla. Sin embargo, tampoco podía evitar que se me salieran esos comentarios tan míos cada vez que la tenía cerca.
Estefanía me sirvió el desayuno y se sentó al frente.
—¿Cómo amaneciste?
—Bien, ahora que la veo.
—Te estoy preguntando en serio.
—Yo también le estoy respondiendo en serio, tía. Aunque, si me sigue mirando así, capaz y me da algo.
—¡Kaleth Giraldo!
—¿Qué pasó, pues? ¿Ya ni siquiera puedo decirle que está bonita?
Ella negó con la cabeza, aguantándose la risa.
—Vos sí sos mucho cuento.
—Y usted es mucha mujer, mi reina. Estamos a mano.
Estefanía se tapó la cara un segundo.
—No sé qué voy a hacer con vos.
—Darme una oportunidad algún día sería un buen comienzo.
Apenas terminé de decir eso, noté que su sonrisa se hizo más pequeña. De una me arrepentí de haberlo mencionado.
—Perdón —le dije—. No quería presionarla. Se me salió, pues.
Ella dejó la taza sobre la mesa y me miró con seriedad.
—Kaleth, yo sé lo que sentís. Y también sé que estás intentando hacer las cosas mejor. Pero necesito que me des tiempo, ¿sí?
Asentí.
—Sí, tranquila. Yo no quiero que usted me diga algo solo por verme triste. Si algún día pasa algo entre nosotros, quiero que sea porque usted también lo siente.
Estefanía se quedó callada unos segundos.
—Eso que acabás de decir me parece muy maduro de tu parte.
—¿Vio? Yo no soy tan bruto como parezco.
—No dije que fueras bruto.
—Pero lo pensó, no se haga.
Los dos nos reímos y seguimos desayunando. Después me levanté para llevar mi plato al lavaplatos, pero ella me lo quitó de las manos.
—Dejalo ahí, yo lo lavo.
—Ni por el berraco. Usted cocinó, yo lavo. En esta casa también tengo que colaborar.
—¿Y desde cuándo tan juicioso?
—Desde que una mujer hermosa me tiene pensando en mi futuro.
—¡Kaleth!
—Bueno, bueno, ya me callo.
Lavé los platos mientras ella limpiaba la mesa. De vez en cuando la miraba de reojo, y cada vez que nuestros ojos se encontraban, yo le regalaba una sonrisa.
Cuando terminé, me acerqué a ella.
—¿Le puedo pedir algo?
—Depende. ¿Qué es?
—Un abrazo de buenos días.
Estefanía dudó un instante, pero después abrió los brazos.
—Vení, pues.
Yo la abracé con cuidado, apoyando la cabeza un momento sobre su hombro. No intenté besarla ni hacer nada que pudiera incomodarla. Simplemente disfruté de aquel abrazo, porque estar cerca de ella ya me alegraba el día.
—Gracias, mi reina —murmuré.
—De nada, Kaleth.
Me separé y la miré con una sonrisa.
—¿Sabe qué?
—¿Qué más vas a inventar?
—Que algún día voy a invitarla a salir, le voy a comprar flores y voy a llevarla a comer algo bien rico. Y usted no va a tener que preocuparse por nada.
Ella sonrió con ternura.
—Primero terminá tus estudios, organizá tu vida y demostrame que podés cumplir lo que prometés.
—Trato hecho.
Subí las escaleras sintiéndome feliz. Esa mujer me tenía tragado, sí, y yo no iba a fingir lo contrario. Pero también estaba aprendiendo algo importante: querer a alguien no significaba apurarlo ni exigirle que sintiera lo mismo.
Por ahora, me conformaba con hacerla reír, ayudarla en la casa y escucharla decir mi nombre sin regañarme.
Aunque, entre nosotros, yo ya estaba planeando mentalmente qué flores le iba a regalar cuando llegara el momento.
Porque si algo tenía claro era que Estefanía Holguín me tenía hasta las patas, y ni viviendo cien vidas iba a encontrar la manera de sacármela del corazón.