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Casada por Contrato con el Hacendado

Casada por Contrato con el Hacendado

Status: Terminada
Genre:Matrimonio contratado / Padre soltero / Amor Campestre / Completas
Popularitas:99
Nilai: 5
nombre de autor: Autora Gabriela

Un matrimonio por contrato. Dos años. Cero sentimientos. Esa era la cláusula.

Elvira Vasconcelos dirige urgencias de madrugada, ignora su propia anemia y tiene un apellido que ya no abre puertas, solo pesa. Su abuela, desde lejos, no la deja en paz con una promesa antigua entre dos viejas amigas: que la nieta de una se casara con el nieto de la otra.

Ramiro Junqueira lleva solo un imperio de soya, ganado y café, habla lo estrictamente necesario y no sabe cómo llenar el hueco que ve en el dibujo de su hija de seis años: en la hoja de Sancha, la familia siempre está incompleta.

Ella necesita que su abuela deje de recibir pretendientes. Él necesita una esposa que no quiera quedarse con su vida. Se citan en un café, sin ilusiones, y salen con un acuerdo firmado: separación total de bienes, cuartos separados, discreción absoluta y una sola regla de honestidad: si alguno siente algo, avisa.

Pero Sancha no se deja engañar con facilidad. La fiebre de una madrugada, un yogur de fresa con letrero de advertencia y un poni llamado Biju empiezan a desordenar un contrato que parecía impecable. Y la doctora que nunca monta, nunca canta y nunca habla de su pasado esconde una caja con cinta reforzada, un nombre de caballo que no pronuncia y una vida entera que el hacendado apenas empieza a descubrir.

Entre cenas de gala que se vuelven emergencias, ex que regresan, suegras que miden de arriba abajo y una familia que se elige poco a poco, Elvira y Ramiro tendrán que decidir qué hacer con la cláusula que nadie quiso escribir.

¿Puede un matrimonio firmado para no sentir nada convertirse en el único lugar donde dos personas cansadas de cargar solas por fin se quedan?

Romance de contrato, corazones que aprenden despacio y una familia que nadie planeó… pero que nadie quiere perder.

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Capítulo 5

Capítulo 5

POV de Elvira

La oficina del abogado tenía una pared de vidrio con la ciudad allá abajo. Llegué directo de la guardia, todavía cansada. El abogado me extendió la mano y empezó a explicarme el documento como si yo fuera a romperme.

—Usted va a querer analizar cada cláusula con calma, sin ninguna prisa…

—No hace falta que me venda el pescado. Ya acepté. Vine a firmar, no a que me convencieran.

—Es la costumbre, doctora. Mi función es garantizar que usted entendió cada término.

—Entendí antes de entrar a la sala. —Jalé la silla—. Pero escriba, que yo dicto más rápido de lo que usted lee.

Miró a Ramiro, medio perdido. Ramiro estaba recargado en la ventana, de brazos cruzados, y no me detuvo.

—Puede escribir lo que ella mande —dijo Ramiro—. Ella sabe lo que quiere.

—Las condiciones son mías, así quedamos. Anote. —Me acomodé en la silla—. Primera: no vivo en la casa grande de la hacienda. Sigo en la ciudad, con mi espacio, mi rutina, mi tiempo.

—Anotado —dijo Ramiro, antes que el abogado.

—Deja trabajar al señor, Ramiro. Él anota, tú pagas.

—¿Segunda?

—Segunda: no nos metemos en la carrera del otro. El hospital es mío, el ganado es tuyo. Tú no apareces en mi guardia, yo no aparezco en tu corral.

—Justo. Yo no sé nada de hospitales.

—Y yo no sé nada de ganado. Excelente matrimonio —seguí—. Tercera: boda discreta. Sin alboroto, sin fotos de fiesta, sin publicaciones.

—Yo también lo prefiero. Odio las fotos.

—Cuarta: acuerdo prenupcial, separación total de bienes. Lo que es tuyo es tuyo, lo que es mío es mío.

El abogado levantó la vista.

—Doctora Elvira, si me permite. La separación total protege sobre todo el patrimonio del señor Junqueira, que es… bastante mayor. En un divorcio, usted no tendría derecho a nada de lo de él. Como no trajo abogado propio, es mi deber advertirle.

—Usted es honesto, me gustó. Pero yo no vine a buscar el patrimonio de nadie.

—No es buscar. Es protección, doctora. Es común que la parte con menos patrimonio…

—Me está llamando "la parte con menos patrimonio" en la cara de su cliente. Valiente. —Casi sonreí—. Si yo quisiera dinero, habría escogido una profesión que pague mejor que remendar gente de madrugada. Escriba total de los dos lados.

—¿Está segura?

—Estoy segura de lo que usted no. Escriba.

Ramiro sonrió apenas, solo con una esquina de la boca, y se sentó a mi lado.

—Quinta: dos años. Pasado ese tiempo, cada quien sigue su camino, sin culpa y sin proceso.

—¿Y si uno de nosotros quiere salir antes? —preguntó Ramiro.

—Entonces hablamos como adultos y lo deshacemos. Sin multa, sin drama, sin abogado de por medio. Sin ofender —le dije al hombre del traje.

—Ninguna ofensa, doctora. Yo vivo del drama ajeno.

—¿Y esos compromisos de familia, con qué frecuencia? —preguntó Ramiro.

—Una vez al mes, como máximo. Mi familia no cena junta cada semana, gracias a Dios.

—Una vez al mes aguanto a cualquier familia. Hasta la mía.

—De mi parte, dos cosas —dijo él.

—Habla.

—Una: en los compromisos de la familia que importan, el cumpleaños de mi abuelo, una comida grande, apareces como mi esposa. No es para fingir romance. Es para no tener a diez pretendientes en fila, igual que tú.

—De acuerdo. Aparecer como esposa lo hago. Fingir que estoy enamorada no sé, así que ni lo intentes pedir.

—No lo voy a pedir. Se vería falso y mi madre se daría cuenta.

—¿Y la otra?

—Sancha. —Su voz bajó—. Nunca un gesto duro con ella. No tienes que querer a mi hija, nadie te obliga. Pero si entras a la casa donde ella está, es con bondad, o no es. Esa no tiene plazo de dos años.

—La bondad te la garantizo. El amor no lo prometo, porque el amor no se promete en un contrato. —Lo miré—. Prometer un amor que no llegó es lo peor que se le puede hacer a una niña. Ella siente la mentira antes que el adulto.

—Precisamente por eso no te pido amor. Te pido que no le mientas.

—En eso coincidimos. No le miento a nadie, mucho menos a alguien de seis años que lo ve todo.

—Esa ni hacía falta decirla. No sé tratar mal a un niño. —Hice una pausa—. Pero yo había pedido conocer a la niña antes de firmar. ¿Te acuerdas?

—Me acuerdo. Y prefiero que no sea así. Sancha se pone seria con un extraño que llega anunciado, "ven a conocer a la señorita". Pone a prueba, huye. Si apareces el domingo, en la hacienda, en medio del asado, es más honesto para ella y para ti.

—¿Me estás protegiendo de tu hija o la estás protegiendo a ella de mí?

—De las dos. Así funciona con los niños. Llegas despacio, o no llegas.

Pensé. Tenía sentido. Y, a fin de cuentas, la niña no estaba en ese papel. Fui yo quien lo exigió.

—Está bien. Primero los papeles. Tu hija viene después, a su tiempo. Una niña no es una cláusula.

—En eso siempre vamos a coincidir.

El abogado imprimió la versión final y deslizó las hojas hacia mí, con un bolígrafo negro. Fui directo a la última página y busqué la línea de la firma.

—Elvira. —Ramiro habló bajo, con los ojos en mi mano—. ¿No vas a leer las cláusulas?

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