Su matrimonio era falso. La traición, no.
Durante dos años, Camila Rivas lo dio todo por Daniel: sostuvo su empresa, soportó los desprecios de su familia y crió al niño que habían «adoptado» porque, según él, ella no podía tener hijos.
Hasta que descubre que su acta de matrimonio es falsa.
Daniel lleva cinco años casado con otra mujer. Y el niño que Camila ha cuidado como suyo es hijo de los dos.
Nunca fue su esposa. Fue la coartada perfecta para esconder a su verdadera familia.
Ese mismo día, una llamada lo cambia todo: Camila acaba de heredar más de cien mil millones de pesos.
—Soltera. Sin hijos. La herencia es solo mía.
Daniel está convencido de que volverá. Una mujer sola, sin dinero ni familia, no puede vivir sin él.
Pero mientras espera que regrese a suplicarle, el país entero descubre a la prometida de Gabriel Alcázar, uno de los hombres más poderosos de México.
Es Camila.
Dueña de una fortuna. Con la cabeza en alto. Junto a un hombre que no está dispuesto a dejarla en segundo lugar.
Lo suyo debía ser una alianza por conveniencia. Pero cada promesa cumplida, cada roce y cada mirada hacen más difícil mantener el corazón al margen.
Y cuando Daniel comprende lo que perdió, ya hay otro hombre sosteniendo la mano que él soltó.
Esta vez, quien va a suplicar no será ella.
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Capítulo 8
Capítulo 8. Camila sabía dónde golpear
—Tú... —Victoria no encontró cómo terminar la frase.
Camila siempre había sido callada y obediente. ¿Desde cuándo tenía una respuesta para todo?
Encima usaba a Daniel y a la empresa para justificarse. Ahora la que parecía estar exigiendo algo absurdo era ella.
—Cuando Paula decida qué quiere, mándeme el nombre del restaurante. Tengo trabajo. Hablamos después.
Camila colgó.
Victoria se quedó mirando el teléfono, temblando de rabia.
—¡Me cortó la llamada! ¡La muy insolente!
Estuvo a punto de arrojar el aparato al suelo.
Paula la miró, sorprendida.
—¿No va a venir?
—¡Tu hermano la tiene demasiado consentida! ¡Una estéril que no tenía dónde caerse muerta! Él le dio una vida que jamás habría conseguido sola y, en vez de agradecérnoslo, ¡se atreve a tratarme así!
Victoria se golpeó el pecho con una mano mientras la insultaba, sin preocuparse ya por guardar las apariencias.
Paula puso los ojos en blanco.
—Te dije que esa cara de buena era una actuación. Mi hermano siempre piensa en lo que le conviene. Si consiguió que se casara con ella, algo debe saber hacer.
Sonrió con desprecio.
—Déjamela a mí. Ya verás cómo viene.
Le encantaba darle órdenes a Camila, aunque delante de los demás fingía llevarse bien con ella.
Además, su esposo, Iván Lozano, dirigía uno de los departamentos de la empresa de Daniel. Por trabajo tenía que tratar con Camila con frecuencia.
Paula estaba convencida de que su cuñada acabaría cediendo. Daniel adoraba a su hermana menor. Si Paula insistía, Camila tendría que ir.
Una vez allí, ya encontraría cómo hacerle pagar el desplante a su madre.
Camila tardó en responder. Cuando lo hizo, Paula adoptó una voz llorosa.
—Cami, ¿estás enojada conmigo?
—¿Por qué lo dices?
—Yo pensaba que nos llevábamos bien. Le prometiste a mi hermano que me ayudarías. Y ahora mamá dice que ni siquiera quieres venir a prepararme una comida.
Camila escuchaba mientras seguía con la vista unas gráficas en la computadora.
—No tengo nada contra ti, Paula. Hoy estoy ocupada y no puedo ir a cocinar.
Habló sin prisa y sin dejar espacio para que la convencieran.
Aquello no le gustó a Paula.
—Pero no tengo apetito. Solo quiero lo que tú preparas. Si no vienes, no voy a comer.
—Podemos hacer otra cosa. Te encanta ese restaurante de lujo que cuesta una fortuna, ¿verdad? Le pido al asistente de tu hermano que te mande varios de sus menús a domicilio. Eres su hermana; que lo carguen a la cuenta de la empresa.
Paula no supo cómo responder. Camila no discutía, pero tampoco hacía lo que ella quería.
—¿Comida de restaurante? ¿Me estás tomando el pelo? ¡Te estoy diciendo que vengas a cocinar!
Se le acabó la paciencia. Ese día Camila iba a obedecerla, aunque tuviera que obligarla.
—Acabas de tener un bebé. Trata de estar tranquila.
El tono despreocupado de Camila terminó de enfurecerla.
—No creas que puedes esconderte detrás de la empresa de mi hermano para no hacer nada. ¡Él te dio trabajo y una vida de lujo! Prepararme una comida es lo mínimo que puedes hacer. Y no olvides que ese puesto te lo dimos nosotros...
—Ahora que mencionas el trabajo, este mes a Iván le ha ido bastante mal, ¿no?
Paula se quedó quieta.
Era verdad. Últimamente su esposo trabajaba hasta tarde y volvía a casa de mal humor. Sus resultados habían caído mucho, a pesar del respaldo de la empresa familiar.
—¿Qué quieres decir?
—No sé si te lo contó, pero yo le conseguí más o menos la mitad de sus clientes. He estado tan ocupada que no he podido atenderlo.
Paula sintió un nudo en el pecho.
Recordó que Iván llevaba días preguntando por Camila. Que si estaba muy ocupada. Que hacía tiempo que no la veía. Que podían invitarla a casa.
Parte de su rechazo hacia Camila venía precisamente de allí: su marido siempre hablaba bien de ella.
Y una mujer tan bonita podía intentar seducir a cualquiera.
—Iván es muy bueno en lo que hace. No necesita que le regales clientes.
—Tal vez está bajo presión y no te cuenta todo. Pregúntale. Esos clientes son conocidos míos. No creo que vaya a negarlo.
La cara de Paula pasó del rojo al blanco.
¿Ahora Camila también insinuaba que su marido le ocultaba cosas?
—Sé que recuperarte del parto no es fácil —continuó Camila—. Pero hoy tengo que cerrar un proyecto. Si sale bien, hasta podría ayudar a mejorar los resultados de Iván. Quizá conserve su puesto. O incluso consiga un ascenso.
Había una sonrisa en la voz de Camila. Pero a Paula cada palabra le llegó helada.
La estaba amenazando. A ella.
Quiso insultarla, pero las palabras no le salieron. El trabajo de Iván sí le importaba.
Apenas oyó el resto de la conversación. Cuando colgó, fue directamente a buscar a su esposo.
Iván había conseguido un día de descanso y estaba jugando un rato a la consola. Paula entró exigiendo explicaciones sobre sus tratos con Camila.
En pocos minutos estaban gritándose. Se rompieron varios objetos y el personal se acercó, alarmado.
—¿Qué escándalo es este? ¿Perdieron la cabeza?
Victoria apartó a los empleados y sujetó a su hija.
—¡Todavía te estás recuperando del parto! Cálmate.
Iván, pálido de rabia, tomó su chaqueta y se fue.
Paula intentó seguirlo, pero su madre la detuvo.
—¿Qué pasó?
La puerta se cerró con un golpe. Paula se cubrió la cara y rompió a llorar.
—¡Me voy a divorciar! ¡Quiero el divorcio!
Victoria no entendía cómo una llamada a Camila había terminado en semejante pelea.
Después de muchas preguntas, su hija logró contarle lo ocurrido.
Iván había reconocido sin rodeos que Camila le conseguía clientes. Sus contactos eran importantes y no quería enemistarse con ella.
Como Paula seguía atacándolo, terminó por perder la paciencia. Dijo que Camila era una mujer capaz y que envidiaba a Daniel por tener a alguien así a su lado.
Paula estalló. Rompió la consola y varios discos de colección de su esposo.
—¿Para qué lo provocaste? —Victoria le acarició la mano—. A los hombres no les gusta que los hagan quedar mal. No valía la pena pelearse por Camila.
Le dolía ver sufrir a su hija. Y, por supuesto, culpaba a Camila.
No solo había dejado de servir a la familia: ahora sembraba problemas entre ellos.
—¡Él está embobado con ella! —gritó Paula—. ¡A lo mejor hasta se acuestan juntos! Voy a buscarla.
Se levantó de golpe. La vista se le nubló y cayó al suelo.
—¡Paula!
Al atardecer, Daniel acababa de cenar con Beatriz cuando llamó su madre. Le exigió que fuera de inmediato a casa de su hermana.
Beatriz vio que fruncía el ceño.
—¿Qué pasó?
—No sé. Parece que Paula se desmayó. Mi madre quiere que vaya.
Victoria rara vez le hablaba con tanta urgencia. Daniel dejó a Beatriz y a Nicolás en la entrada de su casa y fue a ver a su hermana.
La oyó llorar en cuanto entró.
—¿Qué pasó aquí?
Paula estaba acostada y consciente. Al verla, Daniel se tranquilizó un poco.
El médico de la familia acababa de revisarla. Según explicó, el desmayo se debía a una bajada de azúcar combinada con la agitación. Había dejado indicaciones para que comiera, descansara y se recuperara.
Victoria despidió al personal y cerró la puerta antes de contarle todo a su hijo.
En su versión, Camila la había insultado y había provocado deliberadamente una pelea entre Paula e Iván.
—¡Lo hace a propósito! Ya fue bastante que aceptáramos tu matrimonio. Ahora se cree con derecho a darnos órdenes a tu hermana y a mí.
Victoria volvió a golpear el brazo del sillón.
—Eso pasa por casarse con alguien que no es de nuestra clase. ¡Nunca había visto a una mujer tan empeñada en destruir una familia!
Daniel la miró, incrédulo.
—¿No habrá un malentendido? Conozco a Camila. Ella no es así.
Paula dejó de llorar.
—¿Qué vas a conocer? ¡Delante de ti se hace la buena! ¡Es una mujer malvada!
—Tranquila. Siempre te ha ayudado. Quizá hoy estaba pasando por algo y no se sentía bien.
La defendió sin pensarlo.
No le parecía posible que Camila hubiera atacado a su madre y a su hermana porque sí.
La conocía como una mujer bondadosa, considerada con los demás y dispuesta a soportar las reglas absurdas de su familia por él.
Hasta entonces, la que salía lastimada siempre era ella.