Me prometieron un viaje gratis. Desperté dentro de una jaula, en mitad de una selva de la que nadie sale con vida.
Entonces trajeron a un hombre agonizante.
Le saqué una bala del cuerpo y le salvé la vida sin saber quién era. Dante Bravante, el Rey sin corona de Almanegra: el hombre al que obedecen soldados, jueces y criminales; un monstruo capaz de comprar cualquier cosa.
Incluso a mí.
En lugar de devolverme la libertad, Dante pagó mi precio y me llevó a su fortaleza. Dice que le pertenezco. Que su palacio es mi hogar. Que ningún hombre volverá a mirarme mientras él respire.
Yo le juré que escaparía.
Pero odiar a Dante sería mucho más sencillo si su crueldad no conviviera con una ternura que solo me muestra a mí. Si cada roce suyo no encendiera mi cuerpo. Si sus besos no me hicieran desear precisamente aquello de lo que debería huir.
Entre fugas imposibles, enemigos que quieren usar mi sangre y secretos capaces de cambiar el poder de Almanegra, el deseo empieza a parecerse demasiado al amor. Y ese es el peligro más grande de todos.
Porque poseer no es amar. Dante tendrá que aprenderlo antes de perderme.
Y cuando llegue ese día, ni todo su ejército podrá salvarlo. Si quiere recuperarme, el Rey sin corona tendrá que hacer lo único que jamás ha hecho por nadie: devolverme la libertad, pagar cada una de sus deudas… y arrodillarse.
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Capítulo 8
Capítulo 8 — Una pistola sin balas
Caminé hasta él por la tierra apisonada con las piernas de plomo.
—Toma. —Me puso una pistola en las manos, más pesada de lo que esperaba—. Vas a disparar.
—No sé.
—Por eso.
Se colocó detrás de mí. Sentí su pecho contra mi espalda, sus brazos cerrándose por fuera de los míos para corregirme la postura, y todo el cuerpo se me tensó como cuerda de guitarra. No era ternura. Era otra manera de recordarme de quién era yo: hasta para enseñarme a apuntar tenía que rodearme entera.
—Los pies como te dije que se los ponga a él —murmuró junto a mi oído—. El dedo fuera del gatillo hasta el final. Respira.
Su voz baja me raspó la nuca. Apreté los dientes, alineé la mira con la silueta de papel y solté el aire despacio, como le había oído decirle a Nico. Apreté.
El estampido me sacudió los brazos. Y en el pecho del muñeco de papel, justo en el centro, apareció un agujero limpio.
Me quedé mirándolo, tan sorprendida como cualquiera. Y como soy incapaz de cerrar la boca cuando debo, se me escapó:
—Soy buenísima.
Detrás de mí, algo que no llegó a risa le vibró en el pecho.
—Suerte de principiante —dijo. Pero no me quitó el arma enseguida.
Nico aplaudió, encantado.
—¡Le diste! ¡Le diste a la primera! —Se acercó corriendo y me miró de abajo hacia arriba con los ojos muy abiertos—. Oye, ¿tú eres la novia de mi hermano?
Se me subieron los colores. El señor no dijo nada; me pareció que esperaba mi respuesta con una curiosidad cruel.
—No —contesté, demasiado rápido.
—¿No? —Nico frunció el ceño, pensándolo—. Bueno. ¿Y aunque no seas su novia puedes ser mi amiga? Es que aquí no tengo con quién jugar.
Y otra vez ese vuelco en el pecho, ese que no me convenía sentir.
—Claro que sí —le dije bajito—. Amigos.
El niño sonrió con toda la cara y salió disparado a recoger los casquillos como si fueran tesoros. Detrás, el señor me miraba. No supe leerle la cara. Nunca supe.
De vuelta a la casa, con el guardia otra vez pegado al talón, iba pensando en Nico. En que un niño así, en mi tierra, estaría persiguiendo cangrejos en la playa y no aprendiendo a matar antes de que lo maten. Y en que yo no podía permitirme quererlo, porque el cariño es un ancla y yo necesitaba estar ligera para mañana.
Doña Delia me esperaba con la cena. Comí poco. Me disculpé diciendo que estaba cansada y me acosté temprano, con los ojos abiertos en la oscuridad, repasando el mapa que me había armado en la cabeza: la reja, el camino de servicio, el pueblo, el agua, la gente. Creí que esa iba a ser mi última noche bajo ese techo.
Me faltaba una visita.
Esa misma noche vino a la Casa de las Orquídeas.
Yo estaba junto a la ventana cuando entró sin llamar, como entraba siempre, dueño de cada puerta. Saúl lo seguía dos pasos atrás, callado como una sombra. El señor se sentó en el borde de mi cama con la naturalidad de un rey en su propio trono y me miró de arriba abajo.
—Mañana en la tarde vuelo a Panamá —dijo—. Hay papeles que solo firmo yo. Un día, tal vez dos.
Se me detuvo el corazón un segundo. Un día, tal vez dos. Fuera. Justo cuando la fiesta llenaba las calles.
No dejé que se me notara nada. Bajé los ojos, mansa.
—Como usted diga, señor.
—Toma. —Me tendió algo. Una pieza pequeña, pesada, de metal oscuro, con un león grabado en relieve, la melena hecha de llamas—. La ficha de los Bravante. Con esto, en cualquier casa de la Zona te dan lo que pidas y te obedece quien mandes. Nadie que la vea se atreve a tocarte.
La tomé con las dos manos. Nadie se atreve a tocarte. Sonaba a protección. Yo lo oí como lo que era: una correa más larga.
—Gracias —dije. Y entonces, midiendo cada palabra, probé—: ¿Y no debería… acompañarlo? Una… una esposa acompaña a su esposo.
Fue como si el aire se enfriara de golpe. Se rió, corto y sin gracia.
—¿Esposa? —Ladeó la cabeza—. Ni de lejos. Para eso hace falta mucho más que unas manos que sepan coser una herida. No te confundas con lo que eres.
—¿Y qué soy? —No pude callarme.
Se levantó. Vino hasta mí despacio, me tomó la barbilla con dos dedos y me obligó a mirarlo. No apretó. No hizo falta. Su sola cercanía era una amenaza.
—Dilo tú.
Sabía lo que quería. Lo había dicho por la pantalla y me había sabido a hiel. Pero esa noche yo tenía un plan, y el plan valía más que mi orgullo.
Así que respiré, y jugué mi carta.
—Tengo miedo, señor —susurré, y dejé que la voz se me quebrara justo a tiempo—. Cuando usted no está, esta casa es enorme y yo estoy sola con gente que no conozco. La otra noche oí ruidos en el jardín. —Levanté los ojos húmedos hacia él—. Si me deja aquí sola… déjeme algo para defenderme. Una pistola. Se la cuido. Se la devuelvo cuando vuelva.
Un silencio largo. Sus ojos negros me estudiaron, y por un instante creí ver en ellos algo que no supe nombrar, algo que pasó tan rápido que lo tomé por imaginación mía.
—Una mujer que pide un arma la primera noche que estará sola. —Su pulgar me rozó el labio—. ¿Y con qué me pagas el favor?
Ahí estaba. El precio de siempre.
Tragué saliva. Cerré los ojos un segundo. Y lo dije, bajito, con toda la sumisión que pude fabricar:
—Con lo que usted quiera… amo.
La palabra me raspó la lengua como un vidrio. Por dentro me juré que era la última vez, que después de mañana no volvería a decirla nunca, porque después de mañana él sería un recuerdo y yo estaría libre, corriendo entre la gente empapada rumbo a mi casa.
Él sonrió. Le hizo una seña a Saúl con dos dedos.
—Que le traigan una. La pequeña.
Saúl salió. Antes de cruzar la puerta me lanzó una mirada rápida, difícil de descifrar —sorpresa, tal vez, o advertencia—, como si le extrañara que el señor me dejara pedir y recibir tanto en una sola noche. No dijo palabra. Nunca decía. Pero lo anoté, por si esa grieta me servía después.
Volvió a los minutos con una pistola plateada, más chica que la del campo de tiro, y me la puso en la mano. La sentí fría, real, redonda de posibilidades. Un arma. Mi arma.
Y mientras la sopesaba, hice las cuentas por dentro, deprisa, con el corazón golpeando. Tenía tres cosas. La ficha, que abría puertas y compraba obediencia en cualquier rincón de la Zona. La pistola, para el que quisiera detenerme. Y la fiesta de mañana, ese río de gente donde una muchacha mojada se volvía invisible. Tres piezas. Nunca había tenido tres piezas juntas.
Con eso se cruzaba una frontera. Con eso se llegaba a un consulado, a una embajada, a cualquier oficina donde una mexicana perdida pudiera decir mi nombre verdadero y pedir que la mandaran a casa.
No revisé el arma. Ni se me ocurrió. Estaba demasiado ocupada contando mi fortuna para reparar en un detalle tan tonto como si el cargador estaba lleno o vacío.
—Buena chica —dijo el señor.
Se dio la vuelta hacia la puerta. En el umbral se detuvo un segundo, sin mirarme.
—Pórtate bien mientras no estoy —dijo—. Odiaría tener que enseñarte modales a mi regreso.
—Sí, amo.
Yo abracé la pistola contra el pecho, mirándole la espalda ancha, pensando: es la última vez que te veo. Mañana a esta hora estaré del otro lado de esas murallas, y tú vas a volver de Panamá a una casa vacía y a un plato de turrón que voy a dejarte de despedida.
Lo que no vi —porque me había dado la espalda a propósito— fue la luz que le cruzó los ojos al salir. Fría. Divertida. La mirada de un hombre que ya sabe cómo termina la partida, y que reparte las cartas él.