Todo empezó en la crueldad: el hombre que amo se casa con mi mejor amiga, y yo debo presenciarlo todo, humillada, en primera fila.
Para dejar de ser su juguete, suelto la mentira que me salva y me venga:
—Estoy comprometida con Denney Callahan.
Se burlan… hasta que él aparece, me rodea la cintura con posesión feroz, me pega a su cuerpo y declara:
—Es mi prometida. Créanlo.
La mentira se vuelve verdad. Y el juego dulce, vengativo y oscuro ha comenzado.
NOVELA EXTENSA...
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Capítulo 6: Mármol, encaje y diamantes
El calor de Miami se cuela entre las cortinas ligeras, húmedo y dorado, mezclándose con el aire frío que emanan los aires acondicionados de la suite. Me quedo de pie frente al espejo de cuerpo entero, descalza un instante antes de calzarme, y me observo.
El vestido es negro, largo, de un encaje delicado que dibuja arabescos sobre mi piel como sombras tatuadas. El escote se hunde con valentía, y las mangas largas, casi transparentes, caen hasta mis muñecas equilibrando la desnudez sugerida con una elegancia que corta la respiración. Se adhiere a mis caderas, a mi cintura, delineando cada curva sin revelar nada por completo: una promesa sin entrega. Las sandalias son finas, minimalistas, solo una tira sobre los dedos y otra ceñida al tobillo, elevándome, dándome altura, presencia.
Me reconozco, y a la vez no. La mujer que me devuelve el reflejo tiene la piel canela cálida bajo el encaje, el cabello castaño oscuro suelto en ondas que caen sobre la espalda, los ojos de miel claro brillando con una intensidad que no es solo nerviosismo. Sé que soy hermosa; siempre lo supe. Pero esta vez no brillo para que me amen. Brillo para que no puedan dejar de mirarme.
Sé que al cruzar esa puerta, el margen de retorno se quema. La mentira deja de ser un secreto compartido entre cuatro paredes y se convierte en verdad grabada en fotografías, en titulares, en la memoria de toda la élite que me vio caer. No hay vuelta atrás.
Me calzo, enderezo los hombros y salgo a la sala principal.
Denney ya está allí, de pie junto al ventanal, revisando algo en su teléfono con la compostura imperturbable que lo define. Es una figura imponente en su esmoquin negro: el cabello negro peinado con precisión, la piel pálida que contrasta con la tela oscura, la mandíbula marcada, rígida. Pero cuando escucha el sonido de mis tacones sobre el mármol, levanta la vista.
Y por una fracción de segundo —tan breve que dudo si realmente lo veo—, su máscara se quiebra. Sus ojos gris plateado me recorren de arriba abajo, despacio, registrando cada detalle: la audacia del vestido, la forma en que sostengo la cabeza, la determinación en mi mirada. Guarda el teléfono en el bolsillo, y cuando habla, su voz suena más grave, más lenta.
—Veo que entendiste el concepto de no pasar desapercibida.
No me achico. Doy un paso hacia él, sosteniéndole la mirada sin bajarla.
—No vine a Miami a esconderme en un rincón, Callahan —respondo con firmeza—. Si voy a ser la mujer que camine a tu lado frente a las cámaras y frente a Nash, me aseguraré de que nadie pueda quitarme los ojos de encima.
Una sombra de sonrisa cruza su boca, fría, sin alegría, pero con un reconocimiento que no me esperaba.
—Lo estás logrando.
Da un paso hacia mí, rompiendo la distancia que solíamos mantener. Saca del bolsillo interior de su saco una caja de terciopelo oscuro, sin adornos, pesada. La abre y el brillo me deslumbra un instante: un diamante enorme, perfecto, escandalosamente grande, montado en platino, brillando con una intensidad que duele. No es una joya. Es un sello. Una declaración de poder tan clara como un grito.
—Dame tu mano —dice, y no es una súplica.
Extiendo la izquierda. Sus dedos toman la mía: fríos, largos, firmes, mientras mi piel arde por el calor tropical. El roce es breve, preciso, pero hay algo en la forma en que me sostiene, en la presión leve que me hace, que envía un escalofrío por mi columna. Desliza el anillo en mi anular. Encaja perfecto, pesado, frío, definitivo. Lo deja ahí y no suelta mi mano de inmediato. La mantiene entre las suyas, mirando la piedra brillar bajo la luz antes de alzar la vista hacia mis ojos.
—Esto confirma la mentira para todos allá afuera —dice, su tono serio, tajante—. A partir de este segundo, no hay errores, no hay vacilaciones y no hay mirada de duda frente a Nash Hudson. Eres mi prometida. Para el mundo, para la prensa, para ellos. Y mientras lleves mi anillo, te comportarás como tal.
Bajo la vista hacia la piedra que brilla con una luz fría e implacable. Siento su peso, real e innegable.
—Tranquilo, Callahan —respondo, alzando la barbilla—. Sé exactamente qué papel estoy jugando.
Asiente, su expresión volviendo a esa calma de estratega.
—Bien. Vamos.
Caminamos juntos hacia el ascensor privado. El espacio se cierra a nuestro alrededor, y mientras descendemos, escucho el murmullo creciente desde el vestíbulo: el zumbido de voces, el destello intermitente de flashes que se filtra por las rendijas. Ajusto la correa de mi sandalia con un gesto casi inconsciente, luego enderezo la espalda y deslizo mi mano por su brazo.
No me aferro a él. No camino como una mujer que busca protección. Lo tomo del brazo con firmeza, como dos iguales que han sellado una alianza de sangre. Siento el músculo rígido bajo la tela perfecta, y sé que él nota mi agarre, la determinación en mis dedos.
Las puertas se abren y el ruido estalla. Luces, gritos, cámaras elevadas. El calor de la noche de Miami nos golpea al mismo tiempo que la multitud. Pero no me detengo. No bajo la mirada. Avanzo a su lado, el anillo pesando en mi mano como un escudo y como una cadena.
Miro de reojo el perfil de Denney: la línea dura de su mandíbula, la mirada fija hacia adelante, impasible. Éramos rivales atrapados en la misma red, dos extraños compartiendo una farsa que nos había crecido demasiado grande. Pero mientras la limusina se acerca y los flashes nos cegaban, apreté su brazo con más fuerza.
Nash Hudson estaba allí dentro. Estaba esperando verme pequeña, rota, avergonzada. Y en cambio, me encontraría así: de la mano del hombre más poderoso y temido de la ciudad, luciendo su nombre, su anillo, su protección.
—Están mirando —murmuro, casi sin voz, para que solo él lo escuche.
Denney no gira la cabeza, pero su mano cae sobre la mía, apretándola contra su brazo.
—Déjalos mirar —responde con voz baja y gélida—. Que aprendan a temerte.
Subimos al coche y la puerta se cierra, aislándonos del ruido, pero no de lo que nos espera. El anillo brilla en la penumbra del vehículo, imparable. No hay vuelta atrás. La cacería ha comenzado.