Lía jamás imaginó que terminaría dentro de su novela. Después de llorar por la trágica muerte del Clan Licano, despierta en el cuerpo de Elara Licano, la hija menor de la familia y una de las primeras víctimas de la historia.
Ahora conoce el futuro: las traiciones, las conspiraciones y la guerra que destruirán al clan hasta borrar su nombre.
Pero esta vez, Elara no piensa seguir el guion.
Con sus recuerdos y conocimiento de cada acontecimiento, decide cambiar el destino de su familia antes de que sea tarde. Lo que nadie sabe es que alterar una historia puede despertar peligros que jamás existieron en el libro… y ponerla frente a enemigos mucho más poderosos de lo que recuerda.
Para salvar a los Licano, Elara tendrá que desafiar al Imperio, descubrir quién los traicionará y luchar por la supervivencia del clan.
Esta vez, la historia terminará de otra manera.
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El nombre que lo es todo
La sirvienta —cuyo nombre Elara recordó al instante: Lila— la miró con extrañeza, pero asintió y se acercó con una taza de infusión caliente.
—Me alegra oírte así —dijo ella, dejándola sobre la mesa—. Ayer te sentiste mal tras el almuerzo y te fuiste a descansar. Tu madre estaba muy preocupada.
Elara asintió mecánicamente, sin apartar la vista del escudo que colgaba en la pared. Clan Licano. El nombre que ella había amado desde la primera página, el nombre que en el libro se convertía en sinónimo de desolación… ahora era su nombre.
—Lila —dijo, y su voz sonó más segura de lo que esperaba—. ¿Qué día estamos?
—El decimosexto del mes del Lobo, mi señora —respondió la chica sin dudar.
Elara contó rápidamente. El decimosexto… ¡faltaban exactamente tres días para que llegaran los mensajeros del Imperio! Tal como estaba escrito en el libro. No había tiempo que perder.
Antes de que pudiera decir algo más, la puerta se abrió de nuevo. Esta vez no hubo llamadas ni avisos. Dos personas entraron, y al verlos, el corazón de Elara se detuvo por un instante.
Un hombre alto, de hombros anchos, cabello negro con algunas hebras de plata y ojos grises duros como el acero, avanzó con paso firme. A su lado, una mujer de belleza serena, cabello castaño recogido con sencillez y mirada cálida que brillaba con profunda ternura.
Lord Kael Licano y Lady Mira Licano. Sus padres. Las personas que en la historia original morirían luchando hasta el último aliento, defendiendo su hogar.
—¡Elara, mi niña! —exclamó Lady Mira, acercándose rápidamente y tomándola entre sus brazos con fuerza—. Me dijeron que ya habías despertado. ¿Cómo te sientes? ¿Te duele algo?
Elara se quedó rígida un momento, abrumada por el calor de ese abrazo, por el cariño sincero que emanaba esa mujer que era solo un personaje de papel hasta hace unas horas. Luego, sin pensarlo, rodeó su cintura con los brazos y cerró los ojos.
—Estoy bien, madre —susurró, y la palabra le salió con una emoción que no pudo contener—. De verdad. Estoy muy bien.
Lord Kael se acercó, con el semblante serio pero la mirada suavizada al verla. Puso una mano grande y pesada sobre su cabeza, con un gesto lleno de orgullo.
—Me alegra saberlo —dijo él, con voz grave—. Un Licano no se rinde ante un simple mareo. Pero debes descansar. Se aproximan días importantes.
Ahí estaba. La señal. Las palabras exactas que el libro ponía en su boca. Se aproximan días importantes. Elara tragó saliva. Él no sabía lo que venía… pero ella sí.
—Padre —dijo ella, levantando la vista—. ¿Son los días de los que hablaban las profecías antiguas? ¿O son los días en que el Imperio nos pondrá a prueba?
El silencio cayó sobre la habitación. Lady Mira se apartó levemente, sorprendida. Lord Kael frunció el ceño, mirándola con una intensidad nueva.
—¿De dónde sacaste eso, Elara? —preguntó, entre serio y curioso.
Ella sabía que no debía revelar demasiado. No aún. Pero tampoco podía quedarse callada.
—Lo he sentido —respondió con sinceridad, bajando la voz pero sin apartar la mirada—. Como un presentimiento. El nombre de Licano pesa mucho, padre. Y hay quienes quieren que deje de pronunciarse.
Lord Kael la observó largo rato, como si viera a su hija por primera vez. No era la chica dulce y callada de siempre. Había algo distinto en ella. Algo que le hizo asentir lentamente.
—Eres joven, pero tus palabras tienen peso —dijo él—. Guarda esos pensamientos. Y prepárate. Dentro de tres días llegan los enviados del trono.
Se giró hacia la puerta, pero antes de salir, añadió sin mirar atrás:
—Estamos en esto juntos, Elara. Como familia.
Cuando se fueron, Elara se quedó sola de nuevo ante el escudo del lobo de plata. Sus hermanos… aún no los había visto, pero sabía que estaban ahí, en algún punto de la fortaleza. Rian, Zora y Darien Licano. Todos vivos. Todos destinados a una muerte cruel en la historia que ella conocía.
—No —susurró, apretando los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos—. No voy a dejar que pase.
Caminó hacia la ventana y miró hacia abajo, hacia los patios donde los guerreros entrenaban, hacia las tierras verdes que se extendían hasta el horizonte. Todo esto era real. Suyo para proteger. Suyo para salvar.
—Mi nombre es Elara Licano —dijo al viento, con firmeza, grabándolo en su propia alma—. Y el Clan Licano no caerá. No mientras yo respire.
La determinación ardía en su pecho, tan fuerte que casi le dolía. Conocía cada trampa, cada traición, cada error que llevaría a su familia al abismo. Y esta vez… esta vez, ellos estarán preparados.