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PUDRETE, TESEO… AHORA AMARÉ AL MINOTAURO

PUDRETE, TESEO… AHORA AMARÉ AL MINOTAURO

Status: Terminada
Genre:Romance / Reencarnación / Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Ariadna conoce desde niña el secreto que se esconde tras los muros del Laberinto: el Minotauro tiene un nombre, Asterión, y también tiene un corazón.
Mientras todos lo consideran una bestia condenada a morir, ella descubre al hombre que existe detrás de sus cuernos, sus heridas y su maldición. Entre visitas secretas, canciones y promesas hechas en la oscuridad, la compasión se transforma en un amor que desafía las leyes de Creta.
Entonces llega Teseo, el héroe destinado a matar al monstruo.
Ariadna acepta ayudarlo, pero no para entregar a Asterión.
Esta vez, el hilo no conducirá al héroe hacia la gloria.
Conducirá a dos amantes hacia la libertad.
Pero escapar del Laberinto no será suficiente. Cuando Teseo descubra la verdad, Ariadna tendrá que elegir entre su familia, su reino y el hombre que ama.
Porque para el mundo, Asterión será siempre el Minotauro.
Para Ariadna, será el hombre que merecía ser salvado.

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El extraño que cree salvarla

Las historias viajan más rápido que los barcos. En poco tiempo, de boca en boca, de isla en isla, el rumor se extendió: En Naxos vive una princesa hermosa, prisionera de un monstruo. La tiene cautiva en un valle escondido. Nadie la libera porque la bestia es inmensa y feroz.

Nadie dijo su nombre. Nadie contó que ella eligió quedarse. Nadie mencionó que caminaban juntos tomados de la mano. Solo quedó la imagen que todos esperaban: la doncella y el monstruo.

Una tarde, cuando el sol caía bajo y Asterión cortaba leña cerca de la cabaña, una figura apareció entre los árboles. Joven, radiante, con una capa de púrpura y un semblante que brillaba con luz propia: era Dioniso. Había llegado a la isla atraído por el rumor, convencido de que acudía a rescatar a una inocente.

Vio a Ariadna sentada junto al arroyo, tejiendo una corona de flores, y el corazón se le partió de compasión. Luego vio a Asterión, de pie, inmenso, con el hacha en la mano, y la furia lo cegó. No esperó explicaciones. Se lanzó hacia adelante con una espada reluciente que no había empuñado para la guerra, pero que en ese instante creyó justa.

—¡Aléjate de ella, criatura! —tronó.

Asterión se giró sorprendido, sin tiempo de reaccionar. La hoja le cortó el costado antes de que pudiera moverse. Dio un paso atrás, con un gemido ahogado, llevándose la mano a la herida. La sangre brotó entre sus dedos.

—¡No! —gritó Ariadna, poniéndose de pie de un salto y corriendo hacia él—. ¡Para! ¡No!

Dioniso se interpuso entre ambos, con la espada aún levantada.

—No temas, princesa —le dijo, con voz suave pero firme—. He venido a sacarte de aquí. Este ser no te hará más daño.

—Tú eres quien lo hace —respondió ella, temblando de rabia, colocándose delante de Asterión para protegerlo—. No ves que me defiendes de mí misma?

El dios parpadeó, confundido.

—Pero… dicen que te tiene prisionera. Que te retiene contra tu voluntad.

—Me lo dijeron —respondió ella, con los ojos llenos de lágrimas de furia—. Y tú les creíste a ellos antes que vernos a nosotros.

Se giró hacia Asterión, que estaba pálido, apretando la herida, mirándola con expresión herida no solo en el cuerpo, sino en el alma.

—¿Estás bien? —le susurró, tomándole la mano—. ¿Duele mucho?

—No es la herida —murmuró él, con la voz rota—. Es lo que él ve… lo que todos ven. Soy un monstruo del que hay que rescatarte. Eso creen.

Dioniso bajó la espada lentamente, sin comprender del todo.

—¿No eres su prisionera? —preguntó, desconcertado.

Ariadna lo miró fijamente.

—Soy su compañera. Lo elegí a él. Lo elegí cada día. Y si alguien debe irse de aquí, eres tú, que has venido a lastimar a quien más me protege.

El dios miró a Asterión: la expresión de dolor, la mano manchada de sangre, la mirada que no pedía venganza sino comprensión. Y algo se le removió por dentro.

—Lo siento —dijo, con voz baja—. Escuché… y juzgué sin mirar.

—Los demás también juzgan sin mirar —dijo Ariadna, limpiando la sangre del brazo de Asterión con su propia capa—. Y ahora tú también has visto lo que hacen las palabras cuando se tuercen.

Dioniso dio un paso atrás, incómodo, avergonzado.

—Me iré —dijo—. Pero… sanará. La herida no es profunda. Y haré lo posible por desmentir el rumor. Aunque las historias ya han echado raíces.

Se marchó despacio, dejándolos solos. Cuando desapareció entre los árboles, Asterión se sentó en la orilla del arroyo, con la cabeza baja.

—No importa dónde vayamos —dijo, sin levantar la vista—. Siempre llegarán antes que nosotros. Siempre dirán que me has dado lástima. Que te has perdido. Que te explotas. ¿Hasta cuándo, Ariadna?

Ella se arrodilló frente a él, le tomó el rostro con ambas manos y lo obligó a mirarla.

—Hasta cuando nosotros seamos más fuertes que sus palabras. No será fácil. Pero no me voy a ir a ninguna parte. No te cambio por nadie. Y cada día demostraremos que su mentira se desmorona.

Él asintió, aunque la sombra del recelo no se le fue del todo. Se dejó vendar, se dejó cuidar, pero esa noche, antes de dormir, miró hacia la oscuridad del bosque y pensó: ¿Seré siempre esto? ¿Una historia que contar mal?

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