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La Vida Que Nos Falta

La Vida Que Nos Falta

Status: En proceso
Genre:Malentendidos / Traiciones y engaños / Reencuentro / Amor prohibido
Popularitas:717
Nilai: 5
nombre de autor: Y.Valeri

Victoria tenía dieciocho años cuando conoció a Stefano.
Él tenía veintidós, una sonrisa imposible de ignorar y demasiadas verdades que decidió callar.

Para ella fue su primer gran amor. Para él, una historia que nunca debió comenzar.

Victoria creyó conocer al hombre del que se estaba enamorando, hasta que descubrió que Stefano guardaba un secreto capaz de cambiarlo todo. Intentó alejarse. Volvió. Lo perdonó. Y cuando finalmente creyó haber aceptado la verdad, descubrió que apenas conocía una parte de ella.

Lo que siguió fueron años de encuentros, despedidas y decisiones que terminaron llevándolos por caminos distintos.

Victoria creció. Amó. Construyó una vida que ya no dependía de Stefano.

Pero algunas historias no terminan cuando dos personas se separan.

A veces solo esperan el momento en que ambos tengan suficiente vida encima para entender lo que realmente perdieron.

NovelToon tiene autorización de Y.Valeri para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La primera noche

Victoria pasó el dedo sobre la pantalla y volvió a la fotografía anterior.

Después a la siguiente.

Otra vez a la anterior.

—No.

Stefano levantó la voz desde la cocina.

—¿Qué pasó?

—Ven un momento.

—Estoy haciendo café.

—Stefano.

—Ya voy.

Victoria amplió la fotografía.

La habían tomado la noche anterior. Estaba apoyada en la baranda de una terraza, riéndose por algo que ya ni recordaba haber hecho.

Buscó otra.

Ocho meses de diferencia.

La misma mujer.

Pero no parecía la misma mujer.

Stefano apareció con una cucharita en la mano.

—¿Qué hiciste?

—Nada. Mira.

Le entregó el teléfono.

—¿Qué tengo que mirar?

—A mí.

—Te veo todos los días.

—La foto, Stefano.

—Ah.

Victoria respiró hondo.

—Esta es de anoche. Esta otra es de hace ocho meses.

Stefano pasó de una a otra.

—¿Y?

—¿Cómo que “y”?

—No sé qué quieres que diga.

—Que hay algo raro.

—En una estás más arreglada.

Victoria le quitó el teléfono.

—Olvídalo.

—¿Ahora te enojaste?

—No estoy enojada.

—Esa voz dice otra cosa.

Victoria se levantó.

—Voy al baño.

—¿Y el café?

—Tómatelo.

—Hice dos.

Ella ya no lo escuchaba.

Se detuvo frente al espejo del pasillo.

Apartó un mechón de cabello y acercó la cara.

Quizá Stefano tenía razón.

La luz.

El maquillaje.

Había bajado algo de peso.

Podía ser cualquier cosa.

Se tocó debajo de los ojos.

—Estás buscando problemas donde no hay —dijo Stefano detrás de ella.

Victoria levantó la mirada hacia el espejo.

—Puede ser.

Stefano apareció en el reflejo.

Victoria se quedó mirándolo.

Él arqueó una ceja.

—¿Ahora qué?

Ella no contestó.

Miró a Stefano.

Después la fotografía que todavía tenía abierta en el teléfono.

Otra vez a Stefano.

—Victoria.

—Nada.

—Esa cara no es de nada.

Victoria apagó la pantalla.

—Vamos a tomar el café.

Stefano continuó observándola.

Ella pasó a su lado.

—Se va a enfriar.

Y no volvió a mencionar la fotografía.

No aquella mañana.

Ocho meses antes

Victoria salió de su casa, cerró la puerta y llegó hasta el carro.

Se detuvo.

Se revisó los bolsillos.

—No puede ser.

El teléfono seguía cargándose dentro.

Volvió a entrar.

—Teléfono, llaves, cartera...

Metió el teléfono en el bolso.

—Ahora sí.

Cerró nuevamente.

Dos segundos después abrió la puerta para comprobar que había apagado la luz de la cocina.

Sí.

—Ahora sí, Victoria.

Esta vez consiguió llegar al carro.

Su hija se burlaba de ella porque hablaba sola.

Victoria siempre le contestaba lo mismo: mientras no discutiera consigo misma, todo estaba bien.

Aunque últimamente también discutía.

Salió.

Tenía que comprar un par de cosas y pasar por la farmacia. Nada urgente.

Desde que vivía sola había descubierto una forma distinta de organizar el tiempo.

Al principio llenaba cada espacio.

Una visita.

Una llamada.

Algo pendiente.

Cualquier cosa para no llegar demasiado temprano a una casa silenciosa.

Después dejó de hacerlo.

Algunos días incluso disfrutaba llegar, quitarse los zapatos y no escuchar a nadie preguntándole qué iban a comer.

Otros días encendía el televisor apenas entraba, aunque no fuera a verlo.

Aquella tarde todavía no sabía qué clase de día era.

Hizo las compras.

Encontró una blusa que le gustó, vio el precio y la volvió a colocar.

Caminó unos metros.

Regresó.

—Bueno, una también trabaja para algo.

La compró.

Salió con las bolsas y apenas había avanzado unos pasos cuando sonó el teléfono.

—Ahora no.

Intentó encontrarlo dentro del bolso.

Una de las bolsas comenzó a resbalarse.

—Espere...

La puso en el suelo.

Sacó el teléfono justo cuando dejó de sonar.

Su hija.

Victoria iba a devolverle la llamada.

—¿Victoria?

No levantó la cabeza.

Guardó el teléfono.

Se agachó por la bolsa.

—¿Victoria?

Su mano quedó sobre el asa.

Conocía esa voz.

Permaneció así unos segundos.

No.

Se incorporó lentamente y giró.

Un hombre estaba detenido a varios metros.

Victoria lo reconoció.

No inmediatamente.

El cabello gris la confundió.

También los anteojos.

Pero él hizo algo muy sencillo.

Sonrió.

Y Victoria supo exactamente quién era.

—Stefano.

—Hola.

Victoria soltó una pequeña risa.

—¿Hola?

—¿Qué?

—Nada.

—¿Estás bien?

—Sí.

Stefano señaló la bolsa que estaba en el suelo.

—¿Te ayudo?

—No.

—Todavía no había terminado de...

—Sí habías terminado. Ibas a decir “¿te ayudo con las bolsas?”.

Stefano sonrió.

—Sigues haciendo eso.

—¿Qué?

—Contestar antes de que termine.

—Porque tardas demasiado.

Victoria se agachó.

Stefano también.

Ambos agarraron la bolsa.

Ella miró su mano.

Después a él.

—Suéltala.

—Tú primero.

—Es mi compra.

—Por eso te estoy ayudando.

—No necesito ayuda.

—Eso ya lo dijiste.

—Entonces suéltala.

—No.

Victoria terminó riéndose.

—Qué necio.

—Eso también lo recuerdo.

Stefano ganó la bolsa.

Victoria lo dejó.

Caminaron hacia el estacionamiento.

—¿Qué haces por aquí? —preguntó ella.

—Tenía que resolver unas cosas cerca.

—Ah.

—¿Y tú?

Victoria levantó ligeramente sus bolsas.

—Creo que es evidente.

—Sí.

Silencio.

—¿Sigues trabajando en...? —empezó Stefano.

—Sí.

—Pensé que quizá ya...

—Todavía no.

—Bien.

Otro silencio.

Victoria estuvo a punto de preguntarle por sus hijos.

Stefano habló primero.

—Me enteré de lo de Gabriel.

Ella siguió caminando.

—Sí.

—Lo siento.

—Gracias.

Nada más.

Eso estuvo bien.

Victoria había descubierto que después de perder a alguien la gente hacía demasiadas preguntas.

Stefano no hizo ninguna.

Unos pasos después fue ella quien habló.

—Yo también me enteré de Renata.

Él tardó un momento.

—Gracias.

Victoria asintió.

Continuaron caminando.

Llegaron al carro.

Stefano dejó la bolsa junto a la puerta.

—Bueno.

—Bueno.

Victoria abrió el bolso buscando las llaves.

Miró su mano.

Las tenía ahí.

Stefano se dio cuenta.

No dijo nada.

—Me alegró verte —dijo ella.

—¿Sí?

Victoria lo miró.

—No empieces.

—Solo pregunté.

—Ya empezaste.

Él se rio.

—Está bien.

Victoria abrió el carro.

—Tú tampoco has cambiado tanto —dijo Stefano.

—Eso espero.

—Bueno...

Miró su cabello.

Victoria estrechó los ojos.

—Cuidado.

—No iba a decir nada.

—Más te vale.

—Aunque tú tampoco tienes dieciocho.

Victoria dejó de sonreír.

Fue apenas un segundo.

Pero Stefano lo vio.

—Perdón.

—¿Por qué?

—No sé.

—Entonces no pidas perdón.

Victoria abrió la puerta del carro.

Dieciocho.

Una calle.

Mucho sol.

El ruido de un motor alejándose.

Y unas luces de freno encendiéndose unos metros más adelante.

Cerró la puerta otra vez.

—¿Tienes prisa? —preguntó Stefano.

Victoria regresó al presente.

—¿Qué?

—Que si tienes prisa.

Podía decir que sí.

Miró la hora.

No tenía ningún sitio donde necesitara estar.

—No.

—¿Tomamos un café?

Victoria lo observó.

—¿Solo café?

Stefano levantó las cejas.

—A nuestra edad, tampoco me exijas demasiado.

—¡Stefano!

Él se rio.

Victoria intentó no hacerlo.

No pudo.

—Un café —dijo ella.

—Uno.

Fueron dos.

Después pidieron algo de comer.

Hablaron primero de cosas fáciles.

Trabajo.

Personas que ambos conocían.

Cambios en la ciudad.

Después llegaron los hijos.

Stefano sacó el teléfono.

—Mira.

Victoria tomó el aparato.

—¿Ese es...?

—Sí.

—No puede ser.

—¿Qué?

—Está enorme.

—Es un hombre, Victoria.

—Ya sé.

—Tiene hijos.

Victoria levantó la cabeza.

—¿Ya eres abuelo?

—No pongas esa cara.

Ella empezó a reír.

—¡Stefano!

—¿Qué tiene?

—Nada. Es que...

Lo miró.

El cabello gris.

Los anteojos.

—Abuelo.

—Tú estás disfrutando demasiado esto.

—Un poquito.

—Déjame ver los tuyos.

Victoria sacó su teléfono.

Pasaron fotografías.

Contaron historias.

Se interrumpieron.

Se corrigieron.

Discutieron sobre detalles que no importaban.

En algún momento Victoria dejó de pensar en lo extraño que había sido encontrarlo.

A las nueve miró el reloj.

—No.

—¿Qué?

—Son las nueve.

Stefano comprobó la hora.

—Sí.

—¿A qué hora llegamos?

—Cinco y veinte.

Victoria lo miró.

—¿Te fijaste?

Stefano se encogió de hombros.

—Sí.

—Qué raro.

—¿Por qué?

—Nada.

El local comenzó a cerrar poco después.

Salieron.

Ese era un buen momento para despedirse.

Victoria lo sabía.

Stefano probablemente también.

Caminaron juntos.

A media cuadra encontraron otro lugar abierto.

Victoria fue quien disminuyó el paso.

—¿Quieres algo?

Stefano la miró.

—¿No te ibas?

—No dije eso.

—Ah.

—No pongas esa cara.

—¿Cuál?

—Esa.

Entraron.

El teléfono de Victoria vibró sobre la mesa.

¿Mamá?

Era su hija.

Debajo estaba el mensaje anterior.

¿Llegaste bien?

Victoria respondió:

Sí. Estoy tomando algo.

La respuesta llegó casi inmediatamente.

¿Sola?

Victoria miró a Stefano.

Él estaba leyendo algo en su teléfono.

Escribió:

Con un viejo amigo.

Envió.

—¿Qué? —preguntó Stefano.

Victoria levantó la cabeza.

—Nada.

—Me estabas mirando.

—Mi hija preguntó con quién estaba.

—¿Y?

—Le dije que con un amigo.

Stefano dejó el teléfono sobre la mesa.

—Ah.

Victoria esperó.

—¿Qué?

—Nada.

—No. Esa cara tiene algo.

—¿Qué querías que dijera?

—Yo no dije nada.

—Pero lo pensaste.

Stefano sonrió.

—Sigues contestando cosas que no digo.

—Y tú sigues esperando que las adivine.

—Después de tantos años pensé que ya sabías.

Victoria dejó la taza.

—No hagamos eso.

La sonrisa de Stefano desapareció.

—¿Qué cosa?

—Eso.

—Está bien.

No pidió explicaciones.

Victoria agradeció que no lo hiciera.

Cambió de tema.

Pasó casi otra hora.

A las once y cuarenta y siete miró el teléfono.

—Esto es ridículo.

—¿Qué?

—La hora.

—¿Quieres irte?

Victoria abrió la boca.

—Sí.

Stefano asintió.

—Está bien.

Ninguno se movió.

Victoria lo miró.

—¿Por qué no te levantas?

—Porque tú tampoco te levantaste.

Ella soltó una risa.

—Qué idiota.

—Pensé muchas veces en llamarte.

La risa desapareció.

Victoria miró su taza.

—No lo hiciste.

—No.

—Yo tampoco.

—Lo sé.

—No sabes nada.

—Sé que no llamaste.

Victoria levantó los ojos.

—Esta noche no.

Stefano entendió.

—Está bien.

Y otra vez no insistió.

Victoria miró la hora.

Doce y diecinueve.

—Ya es mañana —dijo.

—Sí.

Victoria observó la mesa.

Dos tazas.

Un plato que ninguno había terminado.

El teléfono de Stefano llevaba bastante rato boca abajo.

Eso llamó su atención.

No recordaba haberlo visto así antes.

Durante años había habido relojes.

Llamadas.

Mensajes.

Alguna razón para terminar una conversación.

Una hora que no podían pasar.

Victoria levantó la vista.

—¿Qué? —preguntó Stefano.

—Nada.

—Otra vez esa cara.

—Estaba pensando.

—Mala idea.

Victoria sonrió.

—Cállate.

Stefano tomó la taza.

No miró el reloj.

No revisó el teléfono.

No dijo que tenía que marcharse.

Y entonces Victoria entendió qué había estado sintiendo desde hacía horas.

No era que Stefano estuviera allí.

Era que podía quedarse.

Por primera vez desde que lo conocía, no había una vida esperándolo en otra parte.

Victoria tampoco tenía que regresar junto a nadie.

Después de tantos años, aquella era la primera noche en que ninguno de los dos tenía que irse.

Y Victoria todavía no sabía qué hacer con eso.

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Yara
/Proud/
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