En el reino de Aethelgard, Jasmín, una joven reina de ancestral estirpe de brujas, sufre el tormento del distanciamiento de su esposo, el frío y calculador rey Dante. Tras un mes de matrimonio intacto y un lecho compartido solo en apariencias, la desesperación la lleva a suministrarle un elixir de amor supremo para someter su corazón. Al ver la repentina y desenfrenada voracidad pasional de Dante, Jasmín celebra su triunfo creyendo haber tomado el control. Lo que ella ignora es que el brebaje no tuvo efecto alguno: Dante la amaba con una obsesión despiadada desde antes de coronarla, y la poción solo fue la excusa perfecta para desatar su verdadera e insaciable devoción.
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CAPÍTULO 4: El Cazador Acecha
En la armería subterránea del castillo, el sonido del acero chocando violentamente contra la madera resonaba con el eco de un martillo de tregua. Dante, con el torso desnudo y cubierto por una fina capa de sudor, descargaba golpes brutales con una espada de entrenamiento contra un gran muñeco de roble reforzado con tiras de cuero. Cada estocada llevaba una precisión letal y una fuerza capaz de quebrarle los huesos a un caballero con armadura completa.
Jeison se mantuvo a una distancia segura cerca de la entrada, observando la demostración de potencia física de su señor antes de hablar.
—Señor —anunció el capitán cuando la espada de Dante destruyó finalmente el brazo izquierdo del objetivo de madera—. La reina ha regresado del bosque. Ha obtenido la fórmula de Morrigan.
Dante detuvo el siguiente ataque a escasos milímetros del cuello del muñeco. Se quedó inmóvil por un segundo, respirando con agitación mientras el pecho se le elevaba violentamente. Una chispa de triunfo feroz y casi salvaje se encendió en sus ojos oscuros.
—¿Qué ingredientes le faltan para completar la preparación? —preguntó el rey, bajando la espada y tomando una toalla de lino para secarse el sudor del cuello.
—Le falta la flor de sombra, Majestad —respondió Jeison con voz neutra—. Se encuentra en el invernadero real del tercer nivel. Como sabéis, esa zona está bajo custodia permanente por órdenes directas de la guardia.
Dante soltó una risa baja, sorda y sin pizca de humor que hizo que los hombros de Jeison se tensaran ligeramente.
—Asegúrate de que los guardias del invernadero cambien de turno esta noche a las dos de la mañana —ordenó el rey, mirando a su capitán con intensidad—. Deja una brecha de veinte minutos entre relevos. No quiero ningún obstáculo en su camino. Ningún guardia debe interceptarla, ni asustarla, ni hacerle preguntas. Quiero que tenga acceso total. Quiero que prepare esa copa con sus propias manos, sintiéndose la mente maestra de esta comedia.
Jeison asintió obedientemente, aunque la preocupación se dibujó en la comisura de sus labios.
—¿Está completamente seguro de esto, Majestad? —se atrevió a cuestionar Jeison en voz baja—. Morrigan es una bruja sabia. Las leyendas sobre el Cáliz de Ceniza y Carmín dicen que distorsiona la voluntad de los hombres hasta volverlos impulsivos e incontrolables. Si esa poción altera vuestra mente...
Dante caminó hacia el soporte de armas, colocó la espada de madera en su sitio y se giró para mirar fijamente a su mano derecha. Su rostro era una máscara de absoluta y aterradora certeza.
—Jeison, escucha bien lo que te digo —susurró Dante con una voz helada que parecía congelar el aire de la armería—. La magia de sangre funciona alterando o forzando sentimientos donde hay vacío o resistencia. Pero no se puede hechizar a alguien que ya está ahogado en el mismo veneno. Mi deseo por Jasmín no es un sentimiento racional; es una devoción enferma que me consume desde hace años. La poción no me hará nada. Absolutamente nada.
Dante sonrió, y la sombra de su mirada reveló al verdadero depredador.
—Pero esa poción será su victoria ficticia. Le dará la ilusión de que tiene el control de la relación... y a mí me dará el permiso perfecto para tomarla, reclamarla y no volver a soltarla jamás.