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Obsessed

Obsessed

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor-odio
Popularitas:402
Nilai: 5
nombre de autor: Akari_Art

Quien diría que una beca en Alemania solo para estudiar tomaría un rumbo distinto al imaginado..

NovelToon tiene autorización de Akari_Art para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EP 22: -¿Qué pasó con Isabella?

La lluvia golpeaba los ventanales de la habitación de Isaac con una insistencia que parecía no querer detenerse. Eran casi las dos de la mañana y él seguía sentado en el borde de la cama, con el teléfono apagado sobre la mesita de noche. La discusión con Tyler no se le iba de la cabeza, pero no era Tyler quien lo mantenía despierto.

Era Isabella.

Hacía casi Nueve años que no pronunciaba su nombre en voz alta. En la casa de los Bennett, Isabella se había convertido en una palabra prohibida, algo que se mencionaba en susurros cuando Arthur no estaba presente y que Cinthia evitaba con una habilidad perfeccionada por el tiempo. Pero esa tarde Tyler lo había dicho sin cuidado, como si fuera un arma, y ahora el recuerdo había vuelto con una claridad dolorosa.

Isaac se levantó y caminó hasta el escritorio. Abrió el último cajón, ese que nunca revisaba, y sacó una caja pequeña de madera. Dentro había una pulsera de hilo rojo desgastado, una entrada de cine arrugada y una fotografía.

En la fotografía, él tenía diecinueve años. Sonreía de una forma que ya no reconocía en sí mismo. A su lado, Isabella reía con la cabeza ladeada, el cabello oscuro pegado a la mejilla por el viento. Fue tomada en la playa, durante el último verano antes de que todo se rompiera.

Isabella no era como las chicas que solían frecuentar el círculo de los Bennett. No venía de una familia con apellido importante ni había crecido entre mansiones y conductores privados. Era becada en la misma universidad privada donde Isaac estudiaba administración. Inteligente, directa, con un sentido del humor que desarmaba incluso a Arthur cuando la conoció por primera vez.

Al principio, a Arthur no le agradó la idea. Cinthia lo recuerda bien, porque fue la misma frase que usó entonces y que había repetido esa mañana en la cocina:

-No me agrada la idea de que te involucres con chicas de esa clase.

Pero Isaac, que entonces era más impulsivo y más terco que ahora, no escuchó. O no quiso escuchar.

Durante ocho meses, la relación fue lo más real que Isaac había tenido. Isabella no lo trataba como el heredero Bennett. Lo trataba como Isaac. Se burlaba de su obsesión por el orden, le enseñaba a tomar el autobús para no depender del chofer, lo obligaba a comer en puestos callejeros que a Arthur le habrían parecido inaceptables. Con ella, Isaac sentía que podía ser una persona normal.

El problema no fue el amor. El problema fue todo lo que vino después.

A los seis meses de relación, Isabella quedó embarazada.

Isaac recordó con nitidez la tarde en que se lo dijo. Estaban en su auto, estacionados frente al campus. Ella temblaba, no de frío, sino de miedo. Él se quedó en silencio tanto tiempo que ella pensó que iba a pedirle que se bajara. Pero Isaac la abrazó y le dijo que todo estaría bien. Y en ese momento lo creía.

Decidieron no decir nada durante las primeras semanas. Querían entender primero qué querían hacer. Isabella estaba asustada pero no quería tomar una decisión apresurada. Isaac, por su parte, estaba aterrado de la reacción de su padre.

Cuando finalmente se lo contó a Tyler, su hermano se rió. No por crueldad, al menos no al principio, sino por incredulidad.

—¿Estás hablando en serio? —le había dicho—. Papá te va a matar.

— No le voy a decir todavía —respondió Isaac—. Primero tengo que hablar con Isabella.

— ¿Y qué vas a hacer? ¿Casarte con ella y vivir en un departamentito? No seas ingenuo, Isaac.

Esa conversación fue el inicio de la grieta. Porque Tyler, preocupado a su manera retorcida de hermano menor, fue a contárselo a Arthur antes de que Isaac pudiera hacerlo.

Arthur no gritó. Eso fue lo peor. Lo sentó en su despacho, cerró la puerta y le habló con una calma fría que Isaac nunca había escuchado.

— Vas a arruinar tu futuro por un error de adolescente —le dijo—. Esa chica no es para ti. Su familia va a querer aprovecharse de nosotros. ¿No lo ves?

— No es un error. Es mi hijo —respondió Isaac.

— No seas ridículo. Tienes diecinueve años. No puedes mantener a un hijo.

— Entonces aprenderé.

Arthur se levantó y caminó hasta la ventana.

— Te voy a decir lo que va a pasar. Vas a terminar con esa relación. Nosotros nos vamos a encargar de que ella tenga lo necesario para... resolver esto. Y tú vas a irte a Londres el próximo semestre, como estaba planeado.

— No voy a hacer eso.

— Sí lo vas a hacer —dijo Arthur, girándose—. Porque si no lo haces, esa chica va a tener que enfrentar sola las consecuencias. Sin nuestro apoyo, sin tu apoyo. ¿Crees que su familia puede pagar un abogado si esto se complica? ¿Crees que ella puede criar a un hijo mientras termina la universidad sin dinero?

No fue una amenaza directa. Fue peor: fue una negociación disfrazada de protección.

Isaac salió del despacho temblando de rabia. Buscó a Isabella y le contó todo. Ella lloró, pero no por miedo a Arthur, sino porque por primera vez vio en los ojos de Isaac la duda.

— No tienes que elegir ahora —le dijo ella—. Solo... no dejes que él decida por ti.

Durante dos semanas, Isaac intentó resistir. Dejó de ir a las cenas familiares. Discutió con Arthur cada noche. Cinthia lloraba en silencio y le pedía que pensara bien las cosas. Tyler, por su parte, había empezado a salir con amigas de Isabella para obtener información, según él, para ayudar.

Fue Tyler quien le dijo a Isaac que Isabella había ido a una clínica con su madre. Fue Tyler quien le mostró un mensaje, supuestamente enviado por una amiga de Isabella, donde decía que ella ya había tomado una decisión sin consultarle.

Isaac, cegado por el orgullo herido y por la presión de su padre, no verificó nada. Fue directamente a buscarla al departamento que compartía con su prima. Discutieron durante horas. Él la acusó de haberlo excluido. Ella le juró que era mentira, que Tyler estaba manipulando todo. Le mostró su celular, le pidió que llamara a su madre. Pero Isaac ya había decidido creer la versión que le resultaba más fácil de soportar: que ella había actuado sin él.

— Si ya decidiste todo sola, entonces no me necesitas —le dijo antes de irse.

Tres días después, Isabella perdió el embarazo. No fue por una decisión. Fue un aborto espontáneo, provocado por el estrés, por las noches sin dormir, por la discusión brutal que habían tenido. Su prima llamó a Isaac desde el hospital, pero él no contestó porque había bloqueado el número.

Se enteró una semana después, por Cinthia, que había ido a visitarla en secreto. Para entonces, Isabella ya no quiso verlo.

Isaac intentó buscarla durante meses. Le escribió cartas que nunca fueron respondidas. Fue a su facultad, pero ella había pedido el cambio de turno. Finalmente, su prima le entregó la pulsera de hilo rojo en un sobre, sin una nota.

Lo grave no fue solo la pérdida. Lo grave fue que Isaac nunca le pidió perdón cuando aún estaba a tiempo. Lo grave fue que permitió que su padre y su hermano se interpusieran entre él y la única persona que había confiado en él por completo. Lo grave fue que, por cobardía, eligió creer una mentira antes que quedarse a su lado cuando más lo necesitaba.

Y lo más grave, lo que Tyler le restregaba cada vez que discutían, era que después de lo de Isabella, Isaac se había prometido no volver a involucrarse con nadie que no perteneciera a su mundo. Porque era más fácil. Porque así no tenía que luchar contra su padre.

Hasta que apareció Maeve.

Isaac cerró la caja y la volvió a guardar. La fotografía la dejó sobre el escritorio, boca abajo.

Entendía ahora por qué Tyler había mencionado a Isabella en el comedor. No era solo para herirlo. Era para recordarle que él también había usado a una mujer y la había dejado sola. Que no era tan diferente.

Pero había algo que Tyler no sabía, algo que Isaac nunca le había contado a nadie, ni siquiera a Cinthia.

Dos meses después de la ruptura, se encontró con Isabella por casualidad en una librería del centro. Estaba más delgada, con ojeras, pero mantenía la misma mirada directa. Hablaron durante diez minutos que a Isaac le parecieron eternos.

Ella no lloró. No le gritó.

Solo le dijo una frase antes de irse:

— Espero que algún día tengas el valor de no huir cuando las cosas se pongan difíciles.

Esa frase lo había perseguido durante nueve años.

Ahora, con Maeve en su vida, con los mensajes anónimos, con la tensión en su casa, Isaac sentía que la historia estaba a punto de repetirse. No porque Maeve estuviera embarazada o porque Arthur estuviera planeando algo similar, sino porque él volvía a estar en el mismo punto: entre lo que su familia esperaba de él y lo que él realmente quería.

Se levantó, tomó el teléfono y lo encendió. Había un mensaje de Maeve, enviado hacía veinte minutos.

«Estoy bien. Solo necesito tiempo para pensar.»

Isaac lo leyó tres veces. Quiso responderle con una explicación larga, contarle lo de Isabella para que entendiera por qué estaba tan tenso, por qué Tyler actuaba así. Pero no era el momento. No por mensaje. No a las dos de la mañana.

Escribió simplemente:

«Cuando quieras hablar, estoy aquí. Sin presiones.»

Lo envió y dejó el teléfono.

Afuera, la lluvia había empezado a disminuir. Isaac se acercó a la ventana y miró el jardín oscuro de la mansión Bennett. Por primera vez en mucho tiempo, no pensó en lo que su padre diría ni en lo que Tyler pensaba de él.

Pensó en Isabella, y en la promesa que se hizo frente a esa ventana la noche en que supo que la había perdido para siempre: no volver a huir.

Con Maeve, no iba a huir.

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