Una historia de Dos personas que no pueden destruirse en una historia donde tienen que hacerlo. Hay dificultades, hay deshonras y traiciones que llevarán a atraerse el uno al otro y será el momento perfecto en el que demuestren que el amor no es más que simples palabras, si no las acciones que demuestren una redención de los pecados que cometieron. Spin off de las series originales: El ascenso de un linaje.
NovelToon tiene autorización de TaquitoFLs para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 1: La guerrera de Sonü
Antes de que existieran Kaiyo y Sonü tal como los conocemos, antes de que un rey humano bendijera a cinco guerreros con vidas más largas que cualquier historia, había un solo mundo gobernado por el miedo. Ray X dominaba dimensión tras dimensión con la misma facilidad con la que otros respiran, y para hacerlo, contaba con siete seres que ya no eran del todo humanos ni del todo dioses: los Dragones Celestiales. Cada uno cargaba un elemento, y cada uno cargaba, sin saberlo todavía, la semilla de su propia ruina.
Blanck era el Dragón Celestial de Fuego. El más joven de los siete, el más talentoso, el más leal — o al menos eso creían todos los que lo rodeaban, incluido él mismo.
Aquel día, la misión era simple, como todas: someter a un pueblo remoto que Ray X quería añadir a su dominio. El Hero, lo llamaban — un continente pequeño, escondido, con gente que nunca había pedido formar parte de la guerra de nadie.
Blanck no solía dudar antes de una misión. Nunca lo había hecho.
Hasta que la vio a ella.
Estaba de pie entre las ruinas de lo que quedaba de una aldea entera, la única que seguía en pie después de que sus soldados arrasaran con todo lo demás. Llevaba una lanza forjada con el mismo metal opaco de su armadura, el cabello suelto y manchado de ceniza, y una mirada tan fría que por un instante Blanck pensó que no había humanidad detrás de ella. Solo determinación pura.
—¿Vienes a terminar el trabajo? —preguntó ella, sin bajar el arma—. Adelante. Pero no voy a arrodillarme.
—No esperaba que lo hicieras.
Blanck no atacó de inmediato. Algo en él, algo que no reconocía del todo, lo hizo dudar solo un segundo — suficiente para que ella se lanzara primero.
La pelea que siguió no duró mucho, ni fue especialmente reñida. Blanck era, sin exageración, uno de los seres más poderosos que existían en ese momento del mundo. Pero cada golpe que ella lanzaba, cada intento desesperado de proteger lo poco que le quedaba, tenía algo que él nunca había visto en ningún otro enemigo: no peleaba por gloria, ni por venganza. Peleaba porque no le quedaba nada más que hacer.
Cuando finalmente la desarmó, con la lanza lejos de su alcance y ella de rodillas, sin fuerzas, Blanck se quedó de pie frente a ella, el fuego todavía envolviendo su brazo, listo para terminar lo que había empezado.
No lo hizo.
—¿Qué esperas? —preguntó ella, la voz quebrada por el cansancio, pero no por el miedo—. Termina.
—¿Cómo te llamas?
Ella lo miró como si la pregunta fuera la cosa más absurda que había escuchado en toda su vida.
—¿Eso te importa antes de matarme?
—Me importa después, también.
Kate Randmench. Ese era su nombre, aunque tardó tres encuentros más en decírselo. Porque Blanck, en contra de todo lo que se esperaba de él, no la mató ese día. Reportó la aldea como "sometida" sin especificar detalles, y regresó, semanas después, sin ninguna orden que lo justificara.
La encontró reconstruyendo, piedra por piedra, lo que quedaba de su hogar.
—Volviste —dijo ella, sin levantar la vista de las rocas que apilaba—. ¿Vienes a terminar el trabajo esta vez?
—Vine a ver si necesitabas ayuda.
Kate soltó la piedra que sostenía, y por primera vez, lo miró directamente — no con el odio de quien mira a un enemigo, sino con la desconfianza de quien no entiende por qué alguien con tanto poder decidiría perder el tiempo con ella.
—No necesito la ayuda de un dragón celestial.
—Entonces considérala la ayuda de alguien que ya no sabe si quiere seguir siendo uno.
Ella no respondió. Pero tampoco le pidió que se fuera.
Así empezó, sin que ninguno de los dos lo llamara de ninguna forma todavía — Blanck regresando, semana tras semana, con excusas cada vez más débiles para justificar su presencia. Ayudaba a levantar muros que sus propias fuerzas habían derribado meses antes. Aprendía, despacio, los nombres de quienes quedaban en aquel pueblo diezmado. Kate seguía tratándolo con la misma frialdad de siempre, rechazando cada gesto de cercanía con la misma facilidad con la que rechazaba cualquier otra cosa que no pudiera controlar.
—No tienes que seguir viniendo —le dijo una noche, mientras compartían el fuego de un campamento improvisado, la única luz entre las ruinas—. No te debo nada. Y tú no me debes nada a mí.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué sigues aquí?
Blanck se quedó mirando las llamas un momento largo, como si la respuesta estuviera ahí, en el fuego que él mismo podía controlar con solo pensarlo.
—Porque cada vez que vengo, encuentro algo que Ray X jamás me enseñó a valorar.
—¿Y qué es eso?
—Gente que reconstruye, en vez de solo destruir.
Kate no dijo nada. Pero esa noche, por primera vez desde que se conocieron, no le pidió que se fuera cuando el fuego se apagó.
Pasaron meses así — encuentros robados, casi siempre en secreto, porque en las tierras humanas cualquier vínculo con "los seres increíbles" se pagaba con desprecio, y un Dragón Celestial visitando en secreto a una guerrera de un pueblo que se suponía debía estar sometido era una traición que Ray X no perdonaría jamás.
Kate seguía rechazándolo, una y otra vez, cada vez que él se atrevía a decir algo que sonara demasiado a sentimiento.
—No confundas gratitud con otra cosa, Blanck.
—No es gratitud lo que siento cuando pienso en ti todo el camino de vuelta.
—Entonces deja de pensar en mí.
—Ya lo intenté. No funciona.
Kate se cruzó de brazos, la mirada todavía fría, pero algo en la comisura de sus labios traicionaba lo que se negaba a admitir.
—Eres insoportable.
—Me lo dicen seguido.
—¿Y no te cansas de que te rechace?
Blanck sonrió — la misma sonrisa tranquila que, generaciones después, un nieto que nunca llegaría a conocer heredaría sin saberlo.
—Cuando de verdad quieras que me vaya, lo sabré. Hasta entonces, seguiré viniendo.
Kate no respondió esa noche tampoco. Pero cuando él se levantó para irse, ella lo tomó del brazo — apenas un segundo, apenas un roce — y por primera vez, no dijo nada para alejarlo.
Fue suficiente para que Blanck supiera que algo, muy despacio, empezaba a ceder.
Lo que ninguno de los dos sabía todavía era que esa pequeña grieta terminaría partiendo en dos la lealtad de un dragón, el destino de un imperio, y el origen de un linaje que, siglos después, cambiaría el mundo entero sin que ellos llegaran a verlo.
Continuará...