Seis meses después de renunciar al poder de los Sellos para recuperar su vida, Min‑jun y Seo‑jun por fin viven en paz: son dos chicos normales, van al instituto, comparten meriendas de leche de plátano y disfrutan de un amor que sobrevivió a mentiras, olvidos y batallas contra la oscuridad. Los Sellos brillan ahora solo como una cicatriz tenue en sus muñecas, un recuerdo bonito, no un arma.
Pero la paz se rompe cuando la mitad rota del Ónix Negro —la que quedó perdida en las ruinas del Santuario Viejo— empieza a vibrar con una energía antigua, abriendo grietas entre universos. Gente ve dobles de sí mismos en las calles, recuerdos que no les pertenecen invaden sus mentes, y una figura enmascarada aparece de la nada: **el Guardián Olvidado**, un antiguo compañero de Dae‑ho y Yeo‑wol que fue traicionado hace veinte años y atrapado entre realidades. Su objetivo: demostrar que el sistema de los Sellos es injusto en cualquier mundo, y destruirlo en todas las realidades existentes… aunque es
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CAPÍTULO 1: La mitad rota que no descansa
El sol se ponía sobre Seúl, tiñendo el cielo de naranja y rosa. Min‑jun se sentó en el tejado de su casa, apoyándose en el hombro de Seo‑jun, mientras compartían una botella de leche de plátano que habían comprado en la tienda de la esquina. Hacía seis meses de la batalla final. Seis meses de paz. Seis meses en los que habían sido solo dos chicos normales, sin Sellos que los llamaran en mitad de la noche, sin sombras que perseguirlos, sin mentiras que ocultar.
—¿Te imaginas —dijo Min‑jun riendo un poco, pasando un dedo por la cicatriz tenue en su muñeca izquierda, donde antes brillaba el Jade—, si todo esto hubiera salido distinto? Si yo nunca hubiera encontrado el brazalete en el desván de mi abuela?
Seo‑jun sonrió, apretándolo un poco más contra sí. Le gustaba escucharlo hablar así, sin miedos, sin cargas.
—Te habría encontrado igual —respondió seguro, como si lo hubiera pensado mil veces—. En cualquier vida, en cualquier lugar. Siempre te encontraría. Aunque no tuvieras poderes, aunque yo no fuera Ámbar. Aunque no supiéramos nada de guardianes ni de gemas mágicas.
Min‑jun sonrió y apoyó la cabeza en su pecho, escuchando su corazón latir. Estaba a punto de responder, cuando de repente sintió un pinchazo frío en la muñeca. No un dolor fuerte, sino una vibración extraña, como si algo dormido bajo su piel despertara de golpe.
Se apartó un poco para mirarse la muñeca. La cicatriz del Jade brillaba con una luz verde muy tenue, casi imperceptible, que se apagó en un segundo.
—¿Min? —Seo‑jun notó su tensión de inmediato—. ¿Te pasa algo?
Antes de que pudiera responder, el cielo se partió.
Una grieta negra con bordes rojos se abrió justo encima de las luces del barrio, pequeña, del tamaño de una ventana, y de ella salió un viento frío que olía a piedra vieja y a recuerdos rotos. Min‑jun se puso de pie de un salto, con el corazón latiéndole a mil por hora. Había sentido ese olor antes. En el Santuario Viejo. Junto al Ónix Negro.
La grieta se cerró de golpe en menos de un segundo, como si nunca hubiera existido. En la calle de abajo, la gente siguió caminando como si nada hubiera pasado. Nadie más lo había visto. Nadie más lo había sentido.
—¿Lo viste? —preguntó Min‑jun con la voz entrecortada, mirando a Seo‑jun, que también estaba pálido.
—Sí —respondió él, serio, mirando el cielo donde había estado la grieta—. Yo también lo sentí. Como… como la energía de los Sellos. Pero distinta. Más vieja. Más rota.
Esa noche ninguno de los dos durmió bien. Min‑jun se quedó despierto hasta tarde, mirándose la muñeca, esperando que la luz volviera a aparecer. No lo hizo. Pero no podía quitarse de la cabeza esa sensación: algo se había movido. Algo que debía seguir dormido.
Al día siguiente en el instituto, las cosas extrañas se multiplicaron.
Tae‑ho llegó a clase con la frente arrugada, contando que había visto a alguien idéntico a él cruzando la calle de camino a casa, vestido con ropa que él nunca usaría. Ji‑eun estaba distraída toda la mañana, y cuando Min‑jun le preguntó qué le pasaba, ella respondió con una voz confundida:
—Tengo recuerdos que no son míos. De una batalla en un mercado, de ti con una armadura verde… pero no es lo que vivimos nosotros. Es distinto. Como si lo hubiera soñado, pero fuera muy real.
Min‑jun y Seo‑jun se miraron. No podían seguir ignorándolo.
—Tenemos que ir al Santuario Viejo —dijo Min‑jun en voz baja cuando salieron del instituto al atardecer—. Tiene que haber una explicación.
Caminaron hasta el bosque que rodeaba las ruinas del antiguo templo. El lugar estaba en silencio, cubierto de enredaderas, tal como lo habían dejado seis meses atrás. Pero en cuanto cruzaron la entrada, Min‑jun sintió la vibración otra vez, mucho más fuerte que antes. Sus muñecas le ardían levemente, como si los Sellos que había renunciado a usar quisieran despertar de golpe.
Llegaron a la sala profunda donde habían luchado la batalla final. Y se detuvieron en seco.
En el rincón donde habían dejado la mitad rota del Ónix Negro —la parte que Dae‑ho no se llevó consigo, la que creían perdida entre las piedras— no había nada. Solo un círculo de polvo rojo y negro en el suelo, todavía tibio al tacto.
—Se la han llevado —susurró Seo‑jun, agarrando la mano de Min con fuerza.
En ese preciso instante, una nueva grieta se abrió en el aire frente a ellos, más grande que la del tejado. Y esta vez, no se cerró de inmediato. A través de ella, Min‑jun vio un destello de otro mundo: un trono de piedra oscura, una figura alta y fría sentada en él, con los siete Sellos brillando en su pecho con una luz cruel.
La figura levantó la vista. Y Min‑jun se quedó sin aliento.
Era él.
Una versión de sí mismo que nunca sonreiría, que nunca compartiría una botella de leche de plátano con nadie, que había elegido el poder por encima de todo.
La grieta se cerró de golpe antes de que pudiera decir nada. Min‑jun retrocedió un paso, temblando. Seo‑jun lo agarró de los hombros para que no cayera.
—¿Qué has visto? —le preguntó, preocupado.
Min‑jun levantó la vista, con los ojos llenos de miedo y de una certeza terrible.
—A mí mismo —respondió bajito—. En otro mundo. Una versión… mala.
En ese momento, las cicatrices de sus muñecas brillaron de nuevo, más fuerte que antes, y una voz antigua, rasposa y llena de dolor, resonó en sus cabezas al unísono, como si viniera de muy lejos:
*“La puerta se ha abierto. Los mundos empiezan a mezclarse. Y yo voy a destruir este sistema injusto… en todas las realidades.”*
Min‑jun apretó los dientes. Miró a Seo‑jun, que lo miraba con la misma determinación que siempre, la misma que le había salvado la vida mil veces.
—No podemos quedarnos de brazos cruzados —dijo Min, y por primera vez en seis meses, sintió cómo el poder dormido en su interior empezaba a latir de nuevo—. Tenemos que averiguar quién es esa voz. Qué quiere. Y cómo cerrar esas grietas antes de que todo se rompa.
Seo‑jun asintió, apretando su mano con fuerza.
—Juntos —prometió—. Como siempre. En esta vida… y en cualquiera que venga.
Muy lejos, en un espacio entre mundos, el Guardián Olvidado acarició la mitad rota del Ónix Negro en su mano. Sonrió con amargura. El juego había empezado. Y pronto, los dos chicos que creían haber ganado la paz descubrirían que su historia apenas estaba comenzando.
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📔 LIBRETA NUEVA · ESCRIBE CHOI MIN‑JUN
Viernes por la noche, acabo de volver del Santuario
Querida libreta:
Hace seis meses pensé que todo había terminado. Pensé que había renunciado a los Sellos para siempre, que volvería a ser solo un chico normal, que pasaría el resto de mis días con Seo‑jun sin miedos ni sombras.
Me equivoqué.
Hoy han aparecido grietas en el cielo. Hoy mis amigos tienen recuerdos que no son suyos. Hoy alguien se ha llevado la mitad rota del Ónix Negro que creíamos perdida. Y hoy… hoy he visto una versión de mí mismo en otro mundo. Fría. Cruel. Alguien que nunca conoció el amor que yo conozco.
Hay alguien más. Una voz que dice que quiere destruir el sistema de los Sellos en todas las realidades. Alguien que conoce demasiado bien nuestro pasado.
Mis muñecas vuelven a latir. Los Sellos quieren despertar. Yo no quería volver a esto. No quería volver a tener que luchar. Pero no puedo dejar que alguien rompa todos los mundos. No puedo dejar que otras versiones de nosotros, de mis amigos, de mi familia, sufran por algo que empezó aquí.
Mañana empezaremos a investigar. Mañana volveremos a ser héroes, aunque no queramos.
Pero esta vez no tengo miedo. Porque no estoy solo. Porque Seo está conmigo. Porque me prometió que estaría en esta vida y en todas las que vengan.
Espero que sea suficiente.
Por favor, que sea suficiente.
Buenas noches.
Min‑jun.
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FIN DEL CAPÍTULO 1