Isabella, una escritora huye a Italia a buscar algo que la inspiré para una historia de amor. Su novio la engaño con su mejor amiga y su jefa le dijo que no sirve para escribir.
No imagino que en aquel pueblo de Italia encontrará el amor, disfrazado de una coraza celosa, posición y amor.
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Quedate Conmigo.
Dos meses después llegó la primavera a Montalcino.
La nieve se fue. De golpe, como se va todo en la Toscana. Un día era blanco y al otro día era verde. Los viñedos de Pietro, los 300 que su padre le dejó, empezaron a tener brotes chiquitos, verdes claros, que parecían que pedían sol.
Los días ahora eran abrigados. Ya no hacía falta la chimenea prendida todo el día. Ya no hacía falta el suéter gordo de lana. Ya se podía andar con ventana abierta.
Esa mañana de fines de marzo, Isabella se dio una ducha en el baño grande de piedra de la villa. Larga, con agua caliente, tarareando una canción de amor en español. Una de esas que se cantan bajito cuando una está feliz.
Salió envuelta en una toalla blanca grande. El pelo rizado negro mojado, chorreando por la espalda. La piel caliente por el vapor. No se dio cuenta de que Pietro estaba en la puerta del baño, apoyado en el marco, mirándola.
Llevaba dos meses viviendo ahí. Dos meses despertándose en su cama, dos meses haciendo el amor, dos meses escribiendo su novela en su mesa de roble. Y él todavía la miraba como el primer día en la enoteca. Con esa mirada que era deseo y adoración a la vez.
—Buongiorno — dijo él, en voz baja.
Isabella se dio vuelta, un poco sorprendida, pero ya sin vergüenza. Ya era su casa. Ya era su baño.
—Me asustaste — dijo, riéndose.
Pietro se acercó. Le tocó el hombro mojado con la punta de los dedos. Le llevó los dedos a los labios, como hacía siempre desde aquella primera noche frente a la chimenea, como saboreando su piel, su olor a jabón de oliva, su calor.
—Hueles a primavera — susurró.
Isabella dejó la toalla un poco. No por provocación. Por confianza. Porque con él ya no tenía frío ni vergüenza. Porque era su mujer.
Pietro la abrazó por la espalda. Fuerte, posesivo, con cariño. Le besó el cuello, el pelo mojado, el hombro. Ella cerró los ojos y siguió tarareando esa canción de amor, ahora más bajito, porque la voz se le cortaba con sus besos.
Esa mañana, con el sol de primavera entrando por la ventana del baño, con los viñedos verdes afuera, con la toalla blanca cayendo al piso de piedra, ambos se amaron otra vez. Él besaba sus pezones, mientras ella estaba sobre él. Sus movimientos eran más fuertes, ella jadeaba de placer. Él dejaba que ella tenga el control. La vista que tenía era perfecta.
Lento, sin prisa, sin nieve que los apurara a meterse a la cama por frío. Con calor de sol. Con amor de dos meses viviendo juntos. Piel con piel, como les gustaba desde aquella noche del vino dulce y la chimenea.
Cuando terminaron, se quedaron abrazados en el piso de la habitación, sobre la toalla, riéndose, mojados los dos.
—Ya es primavera — dijo Isabella, con la cabeza en su pecho —. Mi novela casi termina.
—Que no termine nunca — dijo Pietro —. Como nosotros.
Y afuera, el sol pegaba fuerte por primera vez en tres meses, y el viñedo de Valero empezaba a florecer.
Isabella se levantó primero. Se puso su vestido de verano, el primero desde que llegó. Era blanco, simple, con flores chiquitas. Lo había traído de Lima en la maleta y nunca lo había usado porque hacía demasiado frío en Montalcino.
Pietro la miró desde el piso, todavía acostado sobre la toalla, con el pelo desordenado, con esa sonrisa de chico que solo le salía cuando estaba con ella.
—Te ves distinta — dijo.
—Me veo en verano — dijo ella, dando una vuelta frente al espejo empañado del baño —. Me había olvidado que tenía piernas.
Pietro se levantó y la abrazó otra vez por la espalda, esta vez por encima del vestido. Le besó el cuello todavía húmedo.
—Te ves como la mujer del dueño del vino — dijo —. Mi mujer. Se besaron apasionadamente sin cansarse.
Bajaron a la cocina. La mesa de roble de 4 metros estaba llena de sol. Ya no de nieve. De sol de marzo que pegaba fuerte y calentaba la piedra.
Isabella abrió su cuaderno. El que había traído desde Lima. Ya tenía 200 páginas escritas. Ya casi era una novela.
Escribió, mientras Pietro le hacía café y le miraba las piernas desnudas bajo el vestido blanco:
_Primavera. Capítulo 10. Aprendí que el amor no es solo invierno, chimenea y vino dulce para no morir de frío. El amor también es primavera, ducha caliente, vestido blanco y hacer el amor en el piso del baño con el sol entrando. El amor es quedarse. Aunque llegue abril. Aunque llegue el pasaje a Lima que tengo guardado en el cajón y que todavía no rompo._
Pietro leyó por encima de su hombro. Como siempre hacía. Porque él nunca pedía permiso para leer lo que ella escribía.
—¿Pasaje a Lima? — preguntó, con la voz un poco más seria.
Isabella cerró el cuaderno.
—Tengo pasaje para el 10 de abril — dijo, en voz bajita —. Lo compré antes de conocerte. Para volver. Pero no me quiero ir.
Pietro se quedó callado. La abrazó más fuerte. Con esa posesión que al principio daba miedo y que ahora daba seguridad.
—Entonces no te vas — dijo —. Rompe el pasaje. Quedate a ver florecer mi viñedo. Quedate a ver mi vino nacer. Quedate conmigo.
Isabella lo miró. Afuera, los brotes verdes del viñedo se movían con el viento de primavera.
—Me quedo — dijo.
Y rompió el pasaje.
Declaró tomar Vino es más peligroso que tomar Ron puro.
Atrapa
afloja
y habré lo que se debe mantener cerrado.
y acá va a:
calentar.
subir la temperatura y abrir lo que estaba cerrado pero entrando en calor y poniendo más aguado que gelatina fuera del enfriador. ( nevera o heladera)
ahora lo culpan😭