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Mi Destinada

Mi Destinada

Status: En proceso
Genre:Hombre lobo / Mafia / Posesivo
Popularitas:4.3k
Nilai: 5
nombre de autor: maleramram

Dante Vassari es un poderoso alfa y jefe de una de las organizaciones mafiosas más temidas. Hace años perdió el olfato tras un misterioso atentado, y con él perdió toda posibilidad de encontrar a su destinada. Hasta que una nueva becada llega a su empresa. Aria Moretti es inteligente, obstinada y demasiado sincera para su propio bien. No le teme a Dante y no duda en señalar los errores de sus proyectos, aunque eso signifique enfrentarse al hombre más poderoso de la empresa. Lo que ninguno de los dos sabe es que su encuentro no es una casualidad. Porque quizá la destinada que Dante lleva años buscando siempre estuvo más cerca de lo que imaginaba.

NovelToon tiene autorización de maleramram para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Coincidencia

La lluvia golpeaba el parabrisas mientras Dante conducía por las calles iluminadas de la ciudad.

Aria iba sentada a su lado, envuelta en el abrigo negro que él le había prestado. Le quedaba demasiado grande y las mangas le cubrían parte de las manos.

Durante unos minutos, ninguno dijo nada.

Hasta que ella decidió romper el silencio.

—¿Siempre eres tan silencioso?

Dante mantuvo la mirada en la carretera.

—¿Siempre haces tantas preguntas?

—Solo cuando estoy atrapada en un coche con un hombre que parece estar asistiendo a su propio funeral.

Él giró lentamente la cabeza hacia ella.

—¿Un funeral?

—Sí. Aunque, con esa cara, supongo que hasta los muertos te tendrían miedo.

Dante soltó una pequeña exhalación por la nariz.

Aria sonrió, satisfecha.

—¡Eso ha sido casi una risa!

—No te emociones.

—Demasiado tarde. Mañana lo contaré en la oficina. El señor Vassari tiene emociones y hasta sabe utilizarlas.

—Y pasado mañana estarás buscando trabajo.

—No puedes despedirme por contar la verdad.

—Puedo despedirte por hablar demasiado.

—Entonces tendrás que despedir a la mitad de tus empleados.

Dante volvió la vista hacia la carretera, aunque la comisura de sus labios seguía ligeramente levantada.

Era absurdo.

Había pasado años rodeado de personas que medían cada palabra delante de él. Hombres que bajaban la mirada, mujeres que intentaban impresionarlo y empleados que se apresuraban a obedecer antes de que terminara una orden.

Y luego estaba Aria Moretti.

La única persona que parecía disfrutar poniéndolo a prueba.

—Por cierto —dijo ella después de unos segundos—, ¿no tienes una empresa que dirigir?

—La tengo.

—¿Y proyectos internacionales que revisar?

—Varios.

—¿Y una junta directiva llena de personas que probablemente te tienen miedo?

Dante la miró de reojo.

—¿Adónde quieres llegar, Moretti?

Aria se acomodó en el asiento, intentando disimular su sonrisa.

—A ninguna parte. Solo me parece curioso que un hombre tan ocupado encuentre tantas oportunidades para llevarme a casa.

Dante alzó una ceja.

—Está lloviendo.

—Ajá.

—Es tarde.

—Por supuesto.

—Y tu transporte público tarda demasiado a estas horas.

—Qué considerado.

—No empieces.

Aria soltó una carcajada.

—Dante, si quieres seguir viéndome, podrías inventar mejores excusas.

El silencio que siguió fue inmediato.

Ella misma pareció sorprenderse de lo que acababa de decir, pero ya era demasiado tarde para fingir que no había abierto la boca.

Así que levantó la barbilla y lo miró con una sonrisa desafiante.

—Vamos, señor Vassari. Eres el dueño de una empresa millonaria. Estoy segura de que puedes pagarle a alguien para que te escriba unas excusas mejores.

Dante apretó ligeramente el volante.

Su primera reacción fue responderle con alguna frase fría que pusiera las cosas en su lugar.

Era lo que habría hecho con cualquier otra persona.

Sin embargo, con Aria las palabras parecían quedarse atrapadas entre su orgullo y las ganas de seguir escuchándola hablar.

—¿Estás insinuando que quiero verte?

—No estoy insinuando nada. Estoy observando un patrón.

—¿Un patrón?

—Me asignas proyectos, te quedas trabajando hasta tarde, me llevas a casa y ahora me prestas tu abrigo. Si mañana apareces con un café para mí, empezaré a preocuparme por tu imaginación.

Dante la miró de reojo.

—¿Qué te hace pensar que no puedo estar intentando asegurarme de que una empleada llegue a casa sana y salva?

—Que tienes cientos de empleados y, curiosamente, solo conoces la dirección de mi departamento.

Él tuvo que reconocer que la respuesta era buena.

Demasiado buena.

—Tienes una opinión bastante elevada de ti misma.

—Y tú una capacidad preocupante para evitar responder preguntas sencillas.

Dante guardó silencio durante unos segundos.

—No te he dicho que seas una pregunta sencilla.

Aria dejó de sonreír durante una fracción de segundo.

No porque la frase hubiera sido especialmente romántica, sino porque, por primera vez en toda la conversación, Dante no había respondido con una amenaza disfrazada de sarcasmo.

La había mirado directamente al decirlo.

Y durante un instante, ella tuvo la incómoda sensación de que no estaban hablando de proyectos, empleados ni excusas.

Apartó la mirada hacia la ventana.

—Bueno… al menos estás mejorando tus respuestas.

Dante no dijo nada más.

Pero su lobo, que había pasado años sumido en un silencio inquietante, parecía disfrutar cada segundo de aquella conversación.

Y eso empezaba a preocuparlo más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Cuando el coche llegó a la calle de Aria, la lluvia había disminuido hasta convertirse en una fina llovizna.

Dante estacionó frente al edificio.

—Llegamos —anunció.

Aria se desabrochó el cinturón, pero antes de abrir la puerta miró el abrigo que llevaba puesto.

—Creo que esto es tuyo.

—Puedes devolvérmelo mañana.

—¿Eso significa que mañana también vas a buscar una excusa para hablar conmigo?

—Significa que no quiero que me devuelvas el abrigo empapado.

—Claro. El abrigo. Por supuesto.

Ella sonrió y se lo quitó con cuidado.

Por alguna razón, el interior del coche pareció enfriarse cuando dejó de llevarlo puesto.

Dante se descubrió observándola mientras se acomodaba el cabello detrás de la oreja.

Era un gesto pequeño, completamente cotidiano.

Y, aun así, se encontró prestándole atención.

—Gracias por traerme —dijo ella, esta vez sin bromear.

—No tienes que agradecerlo.

—Lo sé. Pero quiero hacerlo.

Dante sostuvo su mirada.

Aria sonrió una última vez antes de abrir la puerta.

—Buenas noches, jefe. Intenta no extrañarme demasiado hasta mañana.

—No prometo nada.

Ella se quedó inmóvil.

Dante también.

La frase había salido de su boca antes de que pudiera detenerla.

Aria abrió los ojos ligeramente y después apareció aquella sonrisa suya, la misma que parecía anunciar problemas.

—Vaya, Vassari. Esa sí que fue una buena excusa.

Cerró la puerta antes de que él pudiera responder y corrió hacia la entrada del edificio.

Dante la siguió con la mirada hasta asegurarse de que hubiera entrado.

Entonces puso la primera marcha.

Y fue en ese momento cuando lo vio.

El mismo coche

Un vehículo oscuro estaba estacionado al otro lado de la calle, parcialmente oculto bajo la sombra de un árbol.

Dante lo reconoció casi de inmediato.

La misma carrocería.

La misma posición frente al edificio.

Incluso la misma forma de mantener los faros apagados mientras el motor parecía seguir encendido.

Su expresión cambió.

La ligereza que había sentido durante el trayecto desapareció por completo.

Miró hacia la entrada del edificio y después volvió a observar el vehículo.

No era la primera vez que lo veía allí.

La primera ocasión había pensado que podía tratarse de una coincidencia. Una persona esperando a alguien, un vecino o un conductor que necesitaba estacionar.

Pero dos veces, en el mismo lugar, frente al departamento de Aria…

Demasiado parecido.

Demasiado oportuno.

Dante apagó las luces de su coche, sin apagar el motor.

A través del parabrisas observó el vehículo oscuro.

Las ventanas estaban tintadas y no podía distinguir quién se encontraba dentro.

Por un instante consideró bajarse y acercarse.

No lo hizo.

Si realmente había alguien vigilando a Aria, enfrentarlo sin saber quién era podía ser un error.

Sacó el teléfono y tomó una fotografía discreta de la matrícula.

Después envió un mensaje a uno de sus hombres.

—Necesito que compruebes una matrícula. Ahora. Quiero saber quién es el propietario, dónde vive y con quién está relacionado. Y no quiero que nadie se acerque al vehículo hasta que sepamos quién lo conduce.

Guardó el teléfono y volvió a mirar hacia el edificio.

Una luz se encendió en una de las ventanas de los pisos superiores.

No sabía si era el departamento de Aria.

Pero se descubrió buscándola entre las ventanas iluminadas.

Aquello lo irritó.

No debería importarle tanto.

Aria era una empleada. Una mujer inteligente, obstinada y demasiado aficionada a discutir con él.

Nada más.

Sin embargo, alguien parecía estar esperando frente a su casa.

Y eso ya no era un asunto que pudiera ignorar.

¿Una coincidencia?

Dante arrancó lentamente y se alejó de la acera sin perder de vista el coche por el espejo retrovisor.

Cuando llegó a la esquina, el vehículo oscuro encendió sus luces.

Y comenzó a moverse.

Dante apretó la mandíbula.

—Maldita sea…

No aceleró. Tampoco intentó bloquearle el paso.

Se limitó a memorizar la dirección en la que se marchaba y a esperar la respuesta de su hombre.

Mientras conducía hacia su propia residencia, las piezas comenzaron a acumularse en su cabeza.

El coche frente al departamento de Aria.

La reacción de su madre cuando él había preguntado por el accidente de su infancia.

Los documentos incompletos que había encontrado.

Y aquella sensación inexplicable que su lobo experimentaba cada vez que Aria estaba cerca.

¿Estaban todas esas cosas conectadas?

¿O estaba cometiendo el error de unir acontecimientos que no tenían ninguna relación?

Dante no era un hombre que creyera en las coincidencias, pero tampoco permitía que las sospechas se convirtieran en certezas sin pruebas.

Necesitaba respuestas.

Y, por primera vez, no estaba seguro de querer conocerlas todas.

Porque había algo que le preocupaba incluso más que el coche.

Si alguien estaba vigilando a Aria, ¿desde cuándo lo hacía?

¿Antes de que ella entrara a trabajar en su empresa?

¿Antes de que él volviera a fijarse en ella?

¿O desde mucho antes de que sus caminos se cruzaran?

Sus dedos se cerraron con más fuerza alrededor del volante.

Una cosa estaba clara: no permitiría que nadie pusiera en peligro a una persona bajo su protección.

Aunque todavía no entendiera por qué la idea de que algo le sucediera a Aria le provocaba una rabia tan personal.

Y aunque ella, si llegaba a enterarse, probablemente le recordaría que no necesitaba que él decidiera por ella.

Dante dejó escapar una respiración lenta.

—No son coincidencias —murmuró.

Pero aún no sabía qué significaban.

Y tampoco sabía que, en algún lugar de la ciudad, alguien acababa de recibir un mensaje informándole de que Dante Vassari había visto el coche por segunda vez.

La respuesta llegó pocos segundos después.

«Entonces tendremos que ser más cuidadosos».

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Paola Gonzalez
ME ENCANTA!!💙💙
Lety Nava
me gusta la novela , por favor actualiza para continuar leyendo ,
Paula Giaccaglia
me encanta, pero no entiendo ¿ por qué? hay varias novelas empezadas y ninguna terminada antes de empezar a escribir otra
Maleramram: Me gusta escribir, en verdad las ideas vienes y prefiero plasmarlas en algo antes de perderla
Además , las obras las terminó rápido solo que las dejo en borradores para darles suspenso , es un poco cruel lo siento 😅
Con gusto puedes comentarme alguna otra inquietud con alguna novela y subiré las capítulos
total 1 replies
Paula Giaccaglia
realmente ella es hermosa, él no tanto pero tiene poder y dinero
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