Él tenía el poder. Ella solo quería hacer bien su trabajo.
Maximiliano Blackwood, el poderoso CEO de una de las empresas más importantes de Medellín, jamás imaginó que su nueva asistente personal se convertiría en la única mujer capaz de desestabilizarlo.
Valentina no llegó a su vida buscando amor, mucho menos a su jefe. Pero entre miradas, deseo, celos y una química imposible de ignorar, las reglas comienzan a romperse.
Porque cuando un hombre acostumbrado a tenerlo todo descubre que puede perder el control por una mujer…
ella deja de ser su asistente para convertirse en su mayor debilidad.
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CAPÍTULO 23: DONDE SOLO EXISTIMOS TÚ Y YO
El viaje comenzó con risas.
Por primera vez desde que se conocieron, Maximiliano y Valentina no tenían una agenda que revisar.
No había reuniones.
No había llamadas con inversionistas.
No había informes esperándolos en un escritorio.
Solo un fin de semana para ellos.
Después de varias horas de viaje, finalmente llegaron a Cartagena.
Valentina bajó del automóvil y respiró profundamente.
—Huele diferente.
Maximiliano sonrió.
—¿A mar?
—A libertad.
Él la miró.
—Eso me gusta.
El hotel era elegante, pero tranquilo. Habían elegido un lugar donde pudieran tener privacidad y disfrutar de la ciudad.
Mientras esperaban en recepción, Valentina observó a Maximiliano.
Llevaba una camisa blanca, pantalón oscuro y el cabello ligeramente despeinado por el viaje.
—¿Qué? —preguntó él.
—Nada.
—Me estás mirando.
—Ahora sé de dónde aprendiste.
Él sonrió.
—¿De dónde?
—De mí.
—No. Tú empezaste.
Valentina soltó una carcajada.
—Mentiroso.
---
Cuando entraron a la habitación, Valentina dejó su bolso sobre una silla y se acercó inmediatamente al balcón.
Frente a ellos estaba el mar.
Azul.
Inmenso.
Brillante bajo el sol.
—Es precioso.
Maximiliano se quedó detrás de ella.
—Sí.
Ella se giró.
—¿No vas a mirar?
—Ya estoy mirando.
Valentina descubrió que él no estaba mirando el mar.
—Otra vez.
—No puedo evitarlo.
Ella negó con la cabeza.
—Algún día vas a cansarte.
—Lo dudo.
Valentina se acercó.
—Ven.
Tomó su mano y lo llevó hacia el balcón.
—Mira.
Maximiliano observó el horizonte.
—Es hermoso.
—¿Ves?
—Sí.
Ella apoyó la cabeza en su hombro.
—Gracias por traerme.
Él besó su cabello.
—Gracias por venir.
---
Por la tarde caminaron por las calles de Cartagena.
Valentina quería verlo todo.
Las casas coloridas.
Las plazas.
Los pequeños restaurantes.
Las tiendas.
Las murallas.
En una de las calles, ella se detuvo frente a un puesto de artesanías.
—Mira esto.
Levantó una pulsera sencilla.
—Está bonita.
—Te la compro.
—No.
—¿Por qué?
—Porque puedo comprarla yo.
Maximiliano sonrió.
—Está bien.
Valentina pagó la pulsera.
Después se la colocó.
—¿Te gusta?
—Mucho.
—Entonces es tu recuerdo del viaje.
Maximiliano tomó su muñeca.
—No necesito un recuerdo.
—¿No?
—No.
La miró.
—Voy a recordar este viaje aunque pasen veinte años.
Valentina sintió que aquellas palabras le llegaban al corazón.
—Eres demasiado romántico últimamente.
—Solo contigo.
---
Al caer la tarde, caminaron hasta una zona cercana al mar.
El cielo comenzaba a teñirse de naranja.
Valentina se quitó los zapatos y caminó descalza por la arena.
Maximiliano la observaba desde atrás.
—¿Qué haces?
—Disfrutar.
—¿Así?
—Sí.
Ella se giró.
—Ven.
—Estoy bien aquí.
—Maximiliano.
—¿Qué?
—Ven.
Él terminó quitándose los zapatos.
Valentina sonrió.
—Mucho mejor.
Caminaron juntos.
El agua rozaba sus pies.
—Nunca pensé que haría esto —dijo Maximiliano.
—¿Caminar en la playa?
—Sí.
—¿Nunca vienes?
—Hace mucho que no.
—¿Por qué?
Él guardó silencio.
—Porque siempre estaba trabajando.
Valentina lo miró.
—Y ahora?
—Ahora estoy aprendiendo que la vida no puede ser solamente trabajo.
Ella tomó su mano.
—Me alegra estar aquí para enseñártelo.
Maximiliano sonrió.
—Y a mí me alegra que seas tú.
---
Esa noche cenaron frente al mar.
La conversación fue sencilla.
Valentina habló de su infancia.
De su familia.
De las cosas que soñaba cuando era niña.
Maximiliano escuchó con atención.
—¿Y tú? —preguntó ella—. ¿Qué soñabas cuando eras pequeño?
Él sonrió.
—Quería ser piloto.
Valentina abrió los ojos.
—¿En serio?
—Sí.
—¿Y qué pasó?
—Mi padre pensó que tenía más futuro en los negocios.
—¿Y tú qué querías?
Maximiliano bajó la mirada.
—Volaba en mis sueños.
Valentina tomó su mano sobre la mesa.
—Todavía puedes hacerlo.
Él levantó los ojos.
—¿Crees?
—Sí.
—¿Y si ya es tarde?
—Nunca es tarde para hacer algo que realmente quieres.
Maximiliano sonrió.
—¿Sabes qué quiero ahora?
—¿Qué?
—Construir una vida que no se parezca solamente a la que otros imaginaron para mí.
Valentina sintió que el corazón se le aceleraba.
—¿Y cómo sería esa vida?
Él la miró directamente.
—Contigo.
Ella se quedó en silencio.
—Una casa donde haya ruido.
—¿Ruido?
—Sí.
Sonrió.
—Niños corriendo.
Valentina soltó una pequeña risa.
—¿Cuántos?
—No sé.
—Yo dije dos o tres.
—Entonces dos o tres.
—¿Así de fácil?
—Si son contigo, sí.
Valentina sintió los ojos húmedos.
—No digas esas cosas.
—¿Por qué?
—Porque me haces imaginar demasiado.
Maximiliano apretó suavemente su mano.
—Yo también lo imagino.
---
Después de cenar regresaron al hotel.
La noche estaba tranquila.
Valentina salió nuevamente al balcón.
Maximiliano se acercó.
—¿Cansada?
—Un poco.
—Entonces deberías descansar.
Ella lo miró.
—Quédate conmigo.
Él tomó su mano.
—Siempre.
Valentina apoyó la cabeza sobre su pecho.
Escuchó los latidos de su corazón.
—¿Sabes qué pensé cuando te conocí?
—¿Qué?
—Que eras insoportable.
Maximiliano soltó una carcajada.
—Gracias.
—Muy serio.
—Eso no ha cambiado.
—Y demasiado exigente.
—Eso tampoco.
—Pero después descubrí que detrás de todo eso había un hombre que tenía miedo de querer demasiado.
Maximiliano permaneció en silencio.
Ella levantó la mirada.
—¿Tenías miedo?
—Sí.
—¿Y ahora?
Él acarició su cabello.
—Ahora tengo más miedo.
Valentina frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque ahora tengo algo que perder.
Ella lo abrazó.
—No me vas a perder.
Maximiliano cerró los ojos.
—Prométemelo.
Valentina levantó el rostro.
—Te prometo que mientras los dos sigamos eligiéndonos, voy a estar aquí.
Él la besó.
Un beso lento.
Profundo en sentimiento, pero lleno de ternura.
Cuando se separaron, Maximiliano apoyó su frente contra la de ella.
—Te quiero.
Valentina sonrió.
—Yo también.
Él la miró sorprendido.
—¿Qué?
—Que te quiero.
Por unos segundos, Maximiliano no dijo nada.
Después sonrió de una manera que ella nunca había visto.
Una sonrisa completamente sincera.
—Dilo otra vez.
Valentina rió.
—No.
—Por favor.
—No.
—Valentina.
Ella lo abrazó.
—Te quiero, Maximiliano.
Él cerró los ojos.
Y aquella noche entendió que ya no estaba simplemente enamorándose de ella.
La había elegido.
Y ella lo había elegido a él.
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A la mañana siguiente, Valentina despertó con una sonrisa.
Pero encontró un mensaje en su teléfono.
Era de Laura.
Laura: Vale, perdón por molestarte durante tu viaje. Hay una situación en la empresa que necesita tu atención cuando regreses.
Valentina frunció el ceño.
Respondió:
Valentina: ¿Qué pasó?
La respuesta llegó poco después.
Laura: Nada grave, pero quieren revisar una decisión que tomó la dirección estratégica.
Valentina miró a Maximiliano, que todavía dormía.
Por primera vez desde que habían llegado a Cartagena, el trabajo volvía a aparecer entre ellos.
Ella dejó el teléfono sobre la mesa.
No quería arruinar el viaje.
Pero sabía que al regresar a Medellín tendría que enfrentarse a una situación nueva.
Y esta vez, tendría que demostrar que podía defender su carrera…
sin permitir que su relación con Maximiliano definiera quién era.