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Cien Años Para Encontrarte

Cien Años Para Encontrarte

Status: En proceso
Genre:Maldición / Amor eterno / Reencuentro
Popularitas:861
Nilai: 5
nombre de autor: (⁠⁠^⁠‿⁠^⁠) Nany 。⁠◕⁠‿⁠◕⁠。

Algunas almas necesitan más de una vida para encontrarse...
Algunas promesas sobreviven al tiempo.
Algunas heridas nunca terminan de cerrar.
Y algunas maldiciones esperan pacientemente el momento de cumplirse.
Gideon Huxley lleva más de un siglo viviendo bajo el peso de un pasado que se niega a desaparecer.
Hasta que un encuentro fortuito despierta en él un recuerdo que creía perdido para siempre.
Porque quizá el destino no se haya equivocado de camino.
Quizá simplemente haya esperado cien años para volver a encontrarlos.

NovelToon tiene autorización de (⁠⁠^⁠‿⁠^⁠) Nany 。⁠◕⁠‿⁠◕⁠。 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Corriente Eléctrica

Elara intentó respirar hondo, obligándose a recordar que era una profesional y que había realizado este mismo procedimiento cientos de veces. Sin embargo, ningún cliente la había perturbado tanto como el hombre que tenía enfrente.

Comenzó por la parte superior de su fisionomía, moviéndose con una destreza impecable:

Contorno de pecho, ancho de espalda y hombros, largo de espalda y manga. 

Durante toda esa primera etapa, Elara mantuvo una concentración feroz, evitando a toda costa mirar el rostro de Gideon. No obstante, la cercanía física le permitía percibir su aroma sutil y la intensa calidez que emanaba de su cuerpo. Sabía perfectamente, que los intensos ojos azules de él no dejaban de seguir cada uno de sus movimientos.

El verdadero problema surgió cuando llegó el momento de medir la parte inferior. Al dar el paso al frente, Elara se bloqueó por completo.

La distancia entre sus cuerpos se redujo al mínimo. Al rodearlo para calcular la cintura del pantalón y la cadera, el nudo en su estómago se volvió insoportable. Sin embargo, el verdadero suplicio comenzó al pasar a las especificaciones más íntimas de la sastrería masculina: el contorno de muslo, especialmente, el tiro (la línea anatómica de adelante hacia atrás que pasa justo por la entrepierna).

Estando tan cerca, casi agachada ante su imponente altura, el espacio personal desapareció. Elara sintió que el aire se volvía denso y pesado. Una súbita oleada de calor, pareció invadir el despacho. Sus dedos se negaron a responder con la soltura de siempre; un leve pero incontrolable temblor se apoderó de sus manos, haciendo que la cinta métrica de tela se deslizara torpemente entre sus dedos mientras intentaba fijar los números en su libreta de notas.

Gideon, completamente inmóvil, contuvo la respiración al sentir el roce de los dedos de Elara, dándose cuenta de que la frialdad de la modista se estaba resquebrajando por completo ante su presencia.

Cuando él notó el sutil temblor de sus manos. Al ver cómo luchaba por sostener el extremo de la cinta métrica cerca de su cuerpo, el inmortal cedió a un impulso largamente contenido y le sujetó los dedos con suavidad, intentando tranquilizarla.

En el segundo que sus pieles se rozaron, una descarga, similar a una corriente eléctrica, los sacudió a ambos.

No fue un simple chispazo; fue una pequeña sacudida que reverberó directamente en sus corazones, haciendo que el tiempo pareciera detenerse en la habitación. Elara, completamente asustada y sin comprender en absoluto qué demonios acababa de suceder, retiró rápidamente su mano como si se hubiera quemado y dio un paso hacia atrás, para intentar recuperar el aire que le faltaba en los pulmones.

—Lo-lo lamento, señor Huxley... —tartamudeó Elara, con el corazón martilleando su pecho y las mejillas encendidas en un vivo rubor—. Volveré... volveré por las medidas en otro momento.

Los nervios se habían apoderado de ella. Sin esperar una respuesta del magnate, se abalanzó sobre el escritorio y, a toda prisa, tomó su maletín. Con los dedos todavía torpes por la adrenalina, enrolló de mala manera los bocetos, arrugando los bordes del papel, y los guardó como pudo. Por último, tomó su libreta de anotaciones y salió apresurada de la oficina, empujando la puerta con desesperación.

Gideon seguía estático en el centro del despacho, completamente mudo. Sostenía la mano en el aire, con los dedos aún entumecidos, intentando procesar la intensidad de aquella descarga eléctrica que le había recorrido todo el cuerpo. Era un calor abrasador que no había sentido en su pecho tras un siglo de frío aislamiento.

Cuando el eco de los pasos apresurados de Elara se desvaneció por las escaleras de la joyería, Gideon bajó la mirada hacia su escritorio. Sobre la madera, la prisa había hecho que la modista olvidara sus herramientas de trabajo, un bolígrafo plateado y una cinta métrica de tela.

Gideon se acercó lentamente y tomó la cinta entre sus dedos. Al llegar al extremo del enganche, descubrió una pequeña chapita de metal grabada con su nombre: Elara Davis. La rozó con la yema del pulgar, sabiendo que el destino le acababa de otorgar la excusa perfecta para no dejarla escapar.

...

Al salir a la acera, Elara buscó desesperadamente un taxi con la mirada; el corazón todavía le iba a mil por hora y lo último que quería era quedarse parada en la estación del autobús dándole vueltas a lo que acababa de pasar. Si hubiera sabido que una simple toma de medidas terminaría en semejante bochorno, habría venido en su propio auto sin importarle el tráfico.

Cuando finalmente llegó a casa, el ambiente familiar la obligó a aterrizar de golpe. En la sala, Colette terminaba de arreglarse el uniforme, preparándose para salir hacia su turno en el hospital. Elara respiró hondo y forzó una sonrisa, guardándose en lo más profundo de su pecho toda aquella agitación que la asfixiaba en cuanto vio a sus sobrinos correr hacia ella por el pasillo.

—¡Tía! —gritó Gael, abrazándose a sus piernas.

—Mis principitos, ¿cómo se portaron hoy? —preguntó Elara, agachándose para quedar a su altura.

—Bien, como siempre, tía —aseguró Dante, con esa seriedad tan suya que a Elara siempre le robaba una sonrisa.

Colette observó a su hermana por un segundo mientras se acomodaba el bolso de hombro. Notó cierta rigidez en sus movimientos, pero, al no saber nada de lo ocurrido en el despacho, se limitó a pensar que el cansancio del taller finalmente le estaba pasando factura.

—Irina vendrá mañana temprano... —comentó Colette, encaminando hacia la salida.

—Pero yo estaré en casa mañana, Coco, no es neces...

—Tú descansa, te hace falta —la interrumpió Colette con tono firme pero cariñoso—. Mañana es sábado, no trabajas y te mereces dormir hasta tarde. Nos vemos mañana al mediodía para el almuerzo con Mila.

Colette se agachó a la altura de los niños, abriendo los brazos de par en par con una sonrisa.

—A ver, mis amores, una buena despedida para mamá antes de que me vaya al hospital.

Los dos niños se abalanzaron sobre ella entre risas y besos ruidosos. Mientras contemplaba la escena, Elara sintió un sutil alivio en el pecho. Sin embargo, al quedarse a solas con sus sobrinos minutos después, una extraña opresión volvió a instalarse en su mente. Abrió su maletín para sacar y acomodar sus cosas. Y en ese preciso instante se percató de su olvido, su bolígrafo de la suerte y su cinta métrica grabada no estaban por ninguna parte. Los había dejado en el escritorio de Gideon Huxley.

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