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MARIONETA: LAZOS DE SANGRE Y OBSESIÓN

MARIONETA: LAZOS DE SANGRE Y OBSESIÓN

Status: Terminada
Genre:CEO / Arrogante / Dominación / Completas
Popularitas:580
Nilai: 5
nombre de autor: Marilinaa





Han transcurrido tres años desde aquella noche en que Antonia recuperó su libertad y Aarón comprendió que el amor no se encadena, sino que se respeta. Tres años en los que cada uno ha reconstruido su vida sobre las cenizas del pasado: Antonia brilla como actriz consagrada, dueña de su escenario y de su destino; Aarón ha redimido sus errores, saneado su imperio y se ha convertido en un hombre íntegro, serio y reservado, guiado por la lealtad y la palabra dada; Vicent ha construido junto a él una nueva etapa, firme y honesto; e Irina dirige con dedicación su fundación, transformando su experiencia en refugio para quienes lo necesitan.

La paz parece definitiva… hasta que las sombras regresan con un rostro aún más cruel.

El nuevo titiritero, Julian Van Thal, un hombre influyente, frío y sin escrúpulos, heredero de un imperio aún más vasto que el que alguna vez tuvo.

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Capitulo 22

El sobre llegó sin remitente, dejado discretamente en el umbral de la puerta. Antonia lo recogió con el corazón encogido, sabiendo ya antes de abrirlo que no era nada bueno. Al desplegar la fotografía, sintió un escalofrío helado recorrerle la espalda: era su casa, tomada de noche, con las luces de las ventanas iluminando la fachada como un blanco perfecto. En el reverso, con la misma caligrafía fría y precisa, se leía: “El tiempo corre”.

Sus manos temblaron al mostrarle la imagen a Aarón cuando llegó. Él la tomó, leyó la frase y su expresión se endureció al instante. No hubo gritos, pero la preocupación en sus ojos fue más que evidente.

—Sabe dónde estamos —dijo ella con voz baja—. Ha estado ahí, observando… y yo no lo vi.

—No es tu culpa —respondió él suavemente, tomándola de las manos—. Él se esconde en las sombras. No es fácil de detectar. Pero esto nos dice algo importante: está perdiendo la paciencia. Y eso lo hace más peligroso.

—¿Qué hacemos? —preguntó Elisa, que había escuchado desde la sala, pálida pero serena.

Aarón se giró hacia ella con respeto y firmeza.

—Tengo una residencia segura, alejada de la ciudad, con vigilancia permanente y sistemas que impiden que nadie se acerque sin ser visto. Allí estarán a salvo. Todos ustedes. Y yo me quedaré con ustedes. No en otra casa, sino bajo el mismo techo. Para vigilar personalmente.

Antonia lo miró con sorpresa.

—¿Vas a vivir con nosotros? Aarón… no tienes que hacerlo.

—Lo sé —respondió él acercándose—. Pero quiero. Necesito tenerte cerca, protegida, donde pueda verte cada día y saber que estás bien. Si te parece mal, si te incomoda… dormiré en el ala de invitados. No cruzaré límites. Pero no me alejaré de ti ahora.

Ella asintió, sintiendo alivio mezclado con ternura.

—No me incomoda. Me da paz. Que estés ahí… me hace sentir que no estamos solos.

En pocas horas todo quedó dispuesto. Llegaron a la residencia al atardecer: una casa amplia, luminosa, rodeada de jardines custodiados discretamente, con ventanas que daban a un horizonte despejado donde nadie podía esconderse. La primera noche, Antonia lo encontró en la terraza, mirando hacia la oscuridad con los brazos cruzados. Se acercó y se apoyó junto a él en el barandal.

—No descansas —dijo ella suavemente.

Él la miró y le sonrió con cansancio y cariño.

—No mientras sepa que tú podrías estar en peligro.

—Ven —le tomó la mano—. Estamos a salvo aquí. Y si no duermes, no tendrás fuerzas para cuidarnos. Ven conmigo.

Entraron juntos a la habitación que compartían, no por obligación, sino por elección. La cercanía no los asfixiaba; los unía. Se sentaron en el borde de la cama y hablaron largo rato, como hacían antes de entregarse el uno al otro: de miedos, de esperanzas, de todo lo que habían vivido y todo lo que aún querían vivir.

—A veces me da miedo dormir —confesó ella recostándose junto a él—. Despertar y que todo esto sea un sueño… o que él haya entrado.

Aarón la atrajo hacia sí, abrazándola con firmeza y ternura.

—Despertarás y yo estaré aquí. Lo prometo. Cada noche. Cada amanecer. No te dejaré sola.

Se amaron entonces, despacio, con la intensidad de quienes saben que cada instante juntos es un regalo. No fue solo pasión; fue refugio, fue promesa, fue decir sin palabras: estoy aquí, te protejo, te amo. Cada caricia reafirmaba su vínculo, cada beso sellaba que nada ni nadie podría separarlos.

Al despertar juntos, con la luz de la mañana entrando suavemente por las cortinas, Antonia lo miró y sonrió.

—Estás aquí —susurró.

Aarón le acarició la mejilla con la yema de los dedos.

—Y aquí me quedo. Mientras me dejes.

—Para siempre —respondió ella acercándose para besarlo—. No te vayas nunca.

—Nunca —prometió él—. Pase lo que pase.

Se levantaron con el corazón fortalecido, sabiendo que fuera la tormenta no había terminado. Pero bajo ese techo, unidos por el amor y la determinación de protegerse, se sentían capaces de enfrentar cualquier cosa. Eran dos almas que habían sanado juntas, y ahora nada ni nadie podría romper lo que habían construido.

Antonia se acurrucó contra su pecho, escuchando el latido firme de su corazón, y lo abrazó con más fuerza.

—Antes me daba miedo compartir un techo con alguien —susurró—. Sentía que perdía mi espacio, mi libertad. Contigo… siento que lo gano.

Aarón la besó suavemente en la sien y la rodeó con sus brazos, sin apretar, solo sosteniéndola.

—Este lugar es tuyo tanto como mío. Tienes tu espacio, tu voz, todo lo que eres. Yo solo estoy aquí para cuidarlo, no para tomarlo.

—Lo sé —sonrió ella levantando la vista para encontrar sus ojos—. Y por eso me siento en casa. No prisión. Hogar.

—Hogar —repitió él con ternura—. Siempre. Con puertas abiertas y corazón también.

Antonia lo besó despacio, agradecida y plena.

—No te vayas. Ni siquiera cuando todo esto pase. Quédate.

—Me quedo —prometió él—. No por deber. Porque tú eres mi hogar también. Y donde estés tú… ahí pertenezco.

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