Elena solo quería salvar su carrera con un prototipo de cáñamo, pero Aksel Larsson está acostumbrado a ganar cada partido que juega, y esta vez, su objetivo es ella. Una historia corporativa de cocción lenta, ambición y secretos a voces donde las reglas del juego están a punto de cambiar para siempre.
NovelToon tiene autorización de Esme libros para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 2
Sentía que el aire no me llegaba a los pulmones. El elevador panorámico subía a una velocidad que me revolvía el estómago, y aunque el reflejo en las paredes de cristal mostraba mi rostro tenso, sabía que el verdadero problema no era la altitud, sino los nervios que me carcomían por dentro.
Me miré en el espejo del cubo metálico. Llevaba el uniforme gris de la tienda, ese pantalón de tela áspera que delataba mi posición en el eslabón más bajo de la empresa. Intenté sacudirme una mota de polvo invisible en la pierna y abracé la carpeta de cáñamo contra mi pecho con tanta fuerza que los bordes de plástico me lastimaron las costillas. La usaba como un escudo. Un escudo contra las dudas, contra el miedo a hacer el ridículo y, sobre todo, contra la voz de Carlos que seguía rebotando en mi cabeza como un eco venenoso: “Dirección ni siquiera sabe en qué pasillo trabajas... deja de perder el tiempo”.
Cuando las puertas cromadas se abrieron en el piso doce, el silencio sepulcral del área ejecutiva me recibió de golpe. Todo aquí arriba era diferente. El aire acondicionado se sentía más frío, el suelo estaba cubierto por una alfombra gruesa que amortiguaba mis pasos y todo olía a una mezcla intimidante de madera pulida y café costoso.
Una secretaria de traje sastre me miró y, tras dedicarme una sonrisa amable pero analítica, me indicó con un gesto de la mano que pasara directamente a la sala de juntas principal. Tomé aire, apreté los dientes y empujé la pesada puerta de cristal.
La habitación era imponente. En el centro, una mesa de roble macizo se extendía como un terreno de juego inaccesible. Sentados a los costados, tres ejecutivos de traje gris oscuro revisaban documentos en sus tabletas con expresión severa. Sin embargo, lo que realmente detuvo mi respiración fue el hombre que se encontraba de pie junto al ventanal del fondo.
Era enorme, de una espalda inmensamente ancha que dominaba el espacio sin el menor esfuerzo. Vestía un traje impecable y a la medida, pero no llevaba corbata, y los primeros botones de su camisa blanca estaban desabrochados con una naturalidad casi desafiante para el protocolo del lugar. Estaba de espaldas, sosteniendo una taza de café, observando la ciudad desde las alturas.
—Buenas tardes... —alcancé a decir. Mi voz sonó mucho más temblorosa de lo que hubiera querido.
El hombre del ventanal se giró al instante. Al verme, la expresión seria y calculadora que mantenía se desvaneció por completo, reemplazada por una sonrisa enorme, abierta y genuina que rompió la vibra tensa de la habitación en un segundo. Era Aksel.
—¡Hombre, por fin! La mente maestra del cáñamo —dijo, caminando hacia mí a zancadas seguras y llenas de energía. Me extendió una mano enorme con un entusiasmo desbordante—. Estábamos a punto de mandar un equipo de rescate al pasillo de cajas. Soy Aksel, por cierto. Mucho gusto, Elena.
Parpadeé, completamente descolocada por un recibimiento tan informal y cálido. Esperaba a un tiburón corporativo antipático, no a un gigante que parecía irradiar una confianza arrolladora y cercana. Le estreché la mano; su agarre fue firme, envolviendo la mía por completo, pero me transmitió una calidez extrañamente reconfortante.
—Mucho gusto, señor... Larsson —atiné a responder, tratando de recuperar la postura profesional.
—“Señor” suena a que tengo ochenta años y uso bastón, déjalo en Aksel —se rió, soltando una carcajada ligera que hizo que los otros ejecutivos se tensaran notablemente en sus sillas.
Aksel caminó hacia la cabecera de la mesa y se sentó, cruzando una pierna con total relajación. Con un gesto de la mano, me indicó la silla que estaba justo a su lado.
—A ver, Elena. Vi los bocetos y las gráficas que subiste al buzón interno de innovación —comenzó a decir, apoyando los codos en la mesa y mirándome con absoluta atención—. Al principio, cuando abrí el archivo, pensé: "¿Alguien me está tomando el pelo con empaques hechos de plantas?". Pero luego me puse a analizar detenidamente los números del ahorro de almacenamiento y distribución. Un catorce por ciento de reducción logística es una genialidad táctica. Cuéntame, ¿cómo demonios lograste que esa fibra prensada no se deshaga con la condensación del frío? Porque nuestros ingenieros en Alemania llevan dos años gastándose millones en desarrollo y lo único que han conseguido es cartón mojado.
Al escuchar la pregunta técnica, el miedo que me paralizaba se transformó instantáneamente en pura adrenalina. Ese era mi terreno. Abrí la carpeta con rapidez y desplegué los planos impresos junto a las pequeñas muestras físicas de la resina orgánica que yo misma había formulado en mis noches de desvelo.
Durante los siguientes veinte minutos, el ambiente de la sala de juntas cambió por completo. Olvidé el uniforme gris y las palabras condescendientes de mi prometido. Me convertí en la ingeniera que realmente era. Le expliqué el proceso de polimerización vegetal, cómo la estructura molecular del cáñamo absorbía la presión del peso sin fracturarse y cómo la capa hidrofóbica protegía el empaque en el área de congelados.
Aksel no era el típico jefe que buscaba intimidar o demostrar poder. Al contrario, escuchaba con una fascinación genuina, interrumpiendo solo para lanzar preguntas sumamente agudas que demostraban que entendía perfectamente la estrategia del proyecto. Cada vez que el nerviosismo amenazaba con trabar mis palabras, él soltaba un chiste corto sobre lo caótico que era el inventario de la tienda abajo, logrando que el ambiente se relajara y permitiéndome avanzar.
Sin embargo, la rigidez corporativa de la sala no tardó en manifestarse.
—Es un proyecto interesante, señor —interrumpió uno de los ejecutivos, Martínez, ajustándose los lentes con fastidio—. Pero la inversión inicial para reconfigurar las máquinas de sellado neumático en las plantas de distribución es demasiado alta. No me parece un riesgo viable... y menos viniendo de una propuesta de una asociada de piso.
La palabra "asociada de piso" resonó con un tono despectivo que me encogió el corazón. La inseguridad amenazó con regresar, pero la reacción de Aksel fue inmediata.
Su sonrisa desapareció en un parpadeo, reemplazada por una mirada fría y analítica que heló el aire de la sala. En ese segundo, el chico alegre desapareció y vi al socio mayoritario, al estratega implacable que controlaba la corporación. Miró fijamente a Martínez y luego regresó sus ojos azules hacia mí.
—La viabilidad de un proyecto no depende del uniforme que use quien lo diseñe, Martínez —sentenció Aksel. Su voz no fue un grito, sino un tono bajo y firme que impuso un respeto absoluto en la mesa—. Depende de si la idea es brillante o no. Y esta jugada lo es. Nos da una ventaja competitiva brutal.
Aksel se levantó de la silla de golpe, dando por terminada la sesión de un plumazo. Los ejecutivos captaron la señal de inmediato y empezaron a guardar sus cosas a toda prisa, saliendo de la sala en silencio.
Me quedé sentada, cerrando mi carpeta con las manos temblando un poco, todavía procesando el impacto de ver cómo ese hombre me había defendido frente a la mesa directiva con tanta seguridad. Aksel se acercó a mí, rompiendo la distancia, y me miró desde su imponente altura con esa calidez que parecía regresarle al cuerpo de forma natural.
—Escúchame bien, Elena —me dijo en un tono más bajo, casi confidencial—. Esto es solo el comienzo del partido. El proyecto es excelente, pero necesita pulirse en la práctica antes de presentarlo a gran escala. Quiero que sigas desarrollando las muestras físicas y las pruebas de resistencia directamente en el taller de la sucursal. No te preocupes por tus horas acomodando productos en el piso de venta, yo mismo me encargo de hablar con gerencia para que te liberen el horario a partir de mañana. Tu prioridad ahora es esto.
Lo miré, completamente asombrada, sintiendo que un peso enorme se me quitaba de encima.
—¿De verdad? —mi voz salió en un hilo—. Muchas gracias... Aksel.
—Gracias a ti por tener el coraje de meter una buena idea en un buzón que la mayoría usa para quejarse del café —me guiñó un ojo con complicidad, regalándome una última sonrisa brillante—. Ve a descansar por hoy, ingeniera. Nos vamos a estar viendo muy seguido por aquí abajo, te lo aseguro.
Salí de la sala de juntas sintiendo que flotaba. Mientras el elevador me regresaba a la planta baja, abracé la carpeta, pero esta vez no como un escudo, sino con orgullo. Por primera vez en mi vida, alguien con poder real me había escuchado, había creído en mi mente y había defendido mi capacidad. Y ese alguien era un gigante sonriente que, sin saberlo, acababa de poner mi mundo por completo de cabeza.