«Ella es la tentación de diecinueve años que rompió todas sus reglas. Él, el hermano mayor de su mejor amigo de toda la vida... y el hombre del que jamás debió enamorarse.»
Mía siempre supo lo que quería, y lo que quería era a Leónidas Benavídez: un imponente arquitecto de treinta años, serio, dominante e inalcanzable. Para el mundo, Leónidas es un ejecutivo de hielo; para Mía, el único hombre capaz de hacerla arder.
Cansada de ser vista como "la enana" o "la amiga de su hermano", Mía desata un peligroso juego de seducción que pondrá a prueba el rígido autocontrol de Leónidas.
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CAPÍTULO 23: Una boda al estilo Benavídez - Del Campo
El domingo por la tarde, el sol descendía sobre los jardines de la majestuosa estancia privada contratada para la boda, tiñendo el cielo de tonos dorados y rojizos. Más de trescientos invitados ocupaban las sillas de madera blanca dispuestas sobre el césped impecable, frente a un altar cubierto de rosas blancas y orquídeas.
En la habitación principal de la casona de la estancia, Leónidas terminaba de acomodarse el chaleco de su esmoquin negro hecho a medida. Frente al espejo, el arquitecto acomodaba los gemelos de plata en sus puños. A pesar de su habitual temple de acero, sus manos mostraban un leve e imperceptible temblor que delataba los nervios del momento.
La puerta de la habitación se abrió y Joaquín ingresó vistiendo un traje elegante, pero llevando en los brazos a 'Duque', el pequeño perro caniche de la familia Del Campo, que llevaba un diminuto almohadón de terciopelo atado al lomo con los anillos de boda.
—Llegó el portador oficial de las alianzas —anunció Joaquín dejándolo en el suelo—. Aunque te aviso que Duque intentó comerse el paquete de flores de la entrada hace cinco minutos. Tuve que sobornarlo con un pedazo de jamón.
Leónidas se giró, mirando a su hermano con dureza.
—Joaquín, si ese perro sale corriendo a mitad de la ceremonia con los anillos de mi casamiento, te prometo que te tiro a la piscina con traje y todo.
—Tranquilo, todo está bajo control. La novia está lista. Las madres están llorando desde las dos de la tarde y el cura ya repasó la lectura. Es la hora, hermano.
Cuando Leónidas caminó por la alfombra blanca hacia el altar, un murmullo de admiración corrió entre los invitados. Su figura erguida, su porte aristocrático y la intensidad de su mirada reflejaban al hombre maduro y seguro que finalmente había encontrado a su destino.
Pocos minutos después, la música de la orquesta de cuerdas cambió a una melodía suave y profunda.
Todos los presentes se pusieron de pie.
Mía apareció en el extremo de la alfombra, tomada del brazo de su padre. Lucía sencillamente espectacular. Su vestido de novia, de corte sirena en tono marfil con encaje delicado en la espalda y un velo largo que arrastraba sobre el césped, acentuaba cada curva de su figura. Su rostro irradiaba una belleza deslumbrante, con los labios pintados de un rojo suave y los ojos fijos únicamente en el hombre que la esperaba al final del camino.
Leónidas sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Durante los pocos metros que Mía caminó hacia él, los tres años de historia, los celos, las discusiones, las noches de pasión furtiva y las dudas familiares se disiparon por completo, dejando únicamente la certeza absoluta de que esa mujer era su vida entera.
Cuando el padre de Mía le entregó la mano de su hija, Leónidas la tomó con una firmeza reverencial.
—Estás hermosa, mi amor —susurró él con la voz quebrada por la emoción.
—Tú tampoco estás nada mal, arquitecto —respondió Mía en un susurro pícaro, regalándole una sonrisa que le derritió el corazón.
La ceremonia se desarrolló de manera impecable hasta el momento del intercambio de alianzas.
Cuando el sacerdote solicitó los anillos, Joaquín hizo una seña hacia el pasillo lateral. El pequeño caniche Duque avanzó a trote lento por la alfombra blanca, luciendo orgulloso el almohadón en su lomo. Sin embargo, a mitad de camino, el perro divisó un mozo que llevaba una bandeja con canapés de salmón.
Duque cambió de rumbo drásticamente, trotando hacia el mozo con entusiasmo.
Un murmullo de risas ahogadas corrió entre los invitados.
Leónidas cerró los ojos un segundo, respirando profundo, mientras Joaquín se lanzaba en una maniobra digna de un jugador de fútbol americano, deslizándose de rodillas sobre el césped para atrapar al perro antes de que llegara a la bandeja.
—¡Lo tengo! ¡Tengo las alianzas! —gritó Joaquín desde el suelo, levantando al perro en el aire como si fuera un trofeo.
Los invitados estallaron en aplausos y risas, disipando la solemnidad del momento y llenando el lugar de una calidez familiar única.
Mía reía a carcajadas, apoyando la cabeza en el hombro de Leónidas, quien no pudo evitar soltar una carcajada sincera ante el espectáculo de su hermano.
Tras el intercambio de votos y la bendición final, el sacerdote declaró:
—Los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.
Leónidas no esperó un segundo más. Tomó a Mía por la nuca con una mano y por la cintura con la otra, la atrajo hacia su cuerpo y la besó con una intensidad, una posesividad y una pasión que hicieron que los trescientos invitados estallaran en vítores y aplausos de pie.
La fiesta posterior en el gran salón de la estancia fue una maratón de baile, brindis y emoción.
Durante el momento de los discursos, Joaquín se subió al escenario con un micrófono y una copa de champán en la mano, luciendo una sonrisa triunfante.
—Bueno... para los que no me conocen, soy Joaquín, el hermano menor del novio y el mejor amigo de la novia —comenzó—. Durante años tuve que aguantar a Mía hablándome de lo 'increíble' que era mi hermano grande, mientras aguantaba a Leónidas poniendo cara de piedra cada vez que Mía salía con algún compañero de la facultad. Les llevó tres años darse cuenta de lo que todos en esta sala ya sabíamos desde el primer día: que están locos el uno por el otro. Leónidas, cuidala. Mía, tenéle paciencia cuando se ponga aburrido con sus planos. ¡Salud por los novios!
El brindis fue unánime. Elena y Sofía lloraban abrazadas en la mesa principal, secándose las lágrimas con servilletas de tela.
Ya entrada la madrugada, aprovechando que los invitados bailaban frenéticamente en la pista de baile, Leónidas tomó a Mía de la mano y la guio discretamente hacia la suite nupcial reservada en el piso superior de la casona.
Al cerrar la puerta de la suite, aislando el ruido de la fiesta, Leónidas apoyó la espalda de Mía contra la madera. La penumbra de la habitación, iluminada únicamente por la luz de la luna que entraba por el balcón, creó una atmósfera íntima y ardiente.
—Por fin a solas, Sra. Benavídez —murmuró Leónidas, desabrochando el velo de novia con dedos expertos y dejándolo caer al suelo.
—Llevaba toda la noche esperando que me trajeras aquí, Sra. de Benavídez suena bastante bien —respondió Mía, desabrochando la corbata de mozo de él y tirando suavemente hacia abajo.
Leónidas comenzó a bajar el cierre invisible del vestido marfil con una lentitud tortuosa, besándole los hombros desnudos y descendiendo por la columna vertebral mientras ella jadeaba de placer. La noche nupcial fue la culminación de su amor: un encuentro profundo, apasionado y lleno de entregas mutuas donde el arquitecto dominante y la joven rebelde se unieron para siempre como marido y mujer.