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La dote del silencio

La dote del silencio

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / Amor eterno / Enfermizo / Completas
Popularitas:509
Nilai: 5
nombre de autor: Santi Suki

Valeria creció entre los surcos de una plantación de té, sin padres, con una pierna que nunca sanó del todo y unos tíos que la trataban como sirvienta. El día que Don Alejandro Montemayor, el patriarca más poderoso de la región, ofrece un millón de dólares de dote para casar a su nieto, los tíos de Valeria no dudan en venderla al mejor postor.

Sebastián Montemayor es el heredero de un imperio del té. Es brillante, observador y reservado. También es sordo desde los diez años, cuando un accidente que nadie ha logrado explicar le arrebató la audición y a su padre. Todas las mujeres que le han presentado lo han rechazado. Cuando Valeria aparece frente a él con un vestido prestado y una marca roja en la mejilla, Sebastián no ve a una novia sumisa: ve a alguien que esconde heridas.

Lo que comienza como un matrimonio arreglado entre dos personas rotas se transforma en algo inesperado. Poco a poco, entre torpezas, silencios elocuentes y pequeños actos de valentía cotidiana, Valeria y Sebastián descubren que sus vidas estuvieron entrelazadas mucho antes de conocerse.

Pero el pasado guarda secretos peligrosos. Un hombre poderoso lleva décadas ocultando una verdad que podría destruirlo todo, y hará lo que sea necesario para que esa verdad no salga a la luz. Cuando la búsqueda de justicia pone en la mira a quienes Sebastián más quiere, el silencio deja de ser refugio y se convierte en campo de batalla.

NovelToon tiene autorización de Santi Suki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9

El sol se hundió poco a poco tras las colinas. El cielo, que primero se tiñó de naranja, fue virando al azul y después oscureciéndose lentamente. Los invitados comenzaron a despedirse uno a uno. La música que había acompañado la fiesta desde el mediodía dejó de sonar. Los empleados se afanaban recogiendo mesas, mientras varios trabajadores apilaban las sillas desperdigadas por el patio.

La casona de Don Alejandro, que desde la mañana había desbordado risas y celebración, recobró su quietud. Dentro de la casa, una empleada se acercó a Valeria con una sonrisa amable.

—Señora, permítame llevarla a su habitación.

Valeria se estremeció al escuchar aquel tratamiento: "señora". Apenas unas horas antes seguía siendo una simple recolectora de té. Ahora la gente empezaba a dirigirse a ella con un título que le resultaba completamente ajeno.

Valeria siguió los pasos de la empleada por un largo pasillo. El piso de mármol, reluciente, reflejaba la luz de las lámparas de cristal que colgaban del techo. Cuadros antiguos decoraban las paredes y jarrones con flores frescas ocupaban varios rincones.

Todo rezumaba lujo.

Al detenerse ante una puerta grande, la empleada la abrió con cuidado.

—Descanse, por favor.

Valeria asintió. —Gracias.

La empleada sonrió y cerró la puerta tras ella.

Una vez a solas, Valeria se quedó inmóvil. Sus ojos recorrieron cada rincón de la habitación. Era mucho más amplia de lo que jamás habría imaginado. Una cama enorme se alzaba imponente en el centro, vestida con sábanas blancas inmaculadas y pétalos de rosa esparcidos sobre la colcha.

Junto a la ventana había un sofá largo color crema con una mesita delante. Una estantería cubría una de las paredes, mientras que un armario de madera tallada ocupaba con solidez uno de los rincones. Un aroma suave a jazmín flotaba en el aire, envolviendo el espacio en una calidez serena.

Valeria soltó el aire despacio. Sentía como si hubiera cruzado a un mundo completamente distinto. Caminó unos pasos con cautela, casi temiendo ensuciar aquel piso tan limpio. Sus dedos rozaron la orilla del edredón.

—Qué suave —murmuró.

Antes de que la admiración se le pasara, el sonido de la puerta la hizo girarse.

Sebastián entró y cerró con cuidado a sus espaldas.

Un silencio denso llenó la habitación. Se miraron. Fueron apenas unos segundos, pero se sintieron eternos.

Valeria fue la primera en bajar la cabeza. Sebastián se llevó la mano a la nuca sin necesidad.

El momento se volvió incómodo. Era la primera vez que estaban solos en una misma habitación como marido y mujer. Ninguno de los dos sabía por dónde empezar a hablar.

Valeria se quedó de pie junto a la cama, retorciéndose los dedos. Sebastián prefirió quedarse a unos pasos de la puerta.

Pasaron varios instantes. El único sonido era el tictac del reloj de pared.

Al fin, Sebastián carraspeó. Señaló el sofá y la cama alternadamente.

—Siéntese.

—Ah, sí.

Valeria se sentó en el borde de la cama. Sebastián eligió el sofá, no muy lejos de ella.

La distancia entre ambos no era mucha, pero el silencio la hacía sentir inmensa. Valeria lo observó de reojo. Desde la tarde, una pregunta no dejaba de rondarle la cabeza. Quería formularla, pero temía que resultara impertinente.

Varias veces separó los labios y volvió a cerrarlos.

¿Debería preguntar? ¿Y si lo ofendo?, pensó.

Pero la curiosidad le ganó la batalla.

—Señor Sebastián —llamó con cautela.

Sebastián, que tenía la vista en la ventana, se volvió hacia ella. —¿Sí?

—¿Puedo preguntarle algo?

—Claro.

Valeria vaciló. Su mirada se deslizó hacia la oreja de Sebastián.

Él la miró extrañado. —¿Qué pasa?

Valeria sonrió con timidez. —Perdone si la pregunta le parece rara.

—No hay problema.

Valeria respiró hondo antes de atreverse. —Todo el mundo en el pueblo dice que usted es sordo.

Sebastián asintió. —Así es.

—Bueno, eso es justamente lo que me confunde.

—¿Por qué?

Valeria ladeó la cabeza con expresión ingenua. —Desde que nos conocimos, usted siempre contesta cuando le hablan. Incluso esta tarde, cuando la señora Patricia lo llamó desde atrás, usted se dio la vuelta enseguida.

Valeria lo observó con genuina curiosidad. Señaló despacio hacia la oreja de su esposo.

—Entonces, señor Sebastián, ¿realmente es sordo o no?

Sebastián la contempló unos instantes. Los ojos de Valeria rebosaban de curiosidad, sin el menor rastro de burla.

Sin darse cuenta, la comisura de sus labios se elevó. Y una risa breve escapó de su boca.

La risa fue queda, pero bastó para que Valeria abriera los ojos como platos. —¿Por qué se ríe?

Sebastián negó con la cabeza, aún sonriendo. —Disculpa. Tu pregunta es graciosa.

Las mejillas de Valeria enrojecieron. —Estoy hablando en serio.

—Yo también.

Sin perder la sonrisa, Sebastián levantó la mano hacia un costado de la cabeza. Apartó un mechón de cabello por encima de la oreja derecha.

—Mira esto.

Valeria se inclinó hacia adelante sin pensar. Los ojos se le agrandaron. Detrás del cabello de Sebastián, un pequeño dispositivo del mismo tono que su piel se ajustaba con precisión tras la oreja.

—¿Qué es eso? Es diminuto —exclamó, sorprendida.

—Es un audífono. Está diseñado así de pequeño para que sea cómodo de llevar —explicó Sebastián con paciencia.

Valeria lo examinó con fascinación. —Con razón no lo había notado.

—Si no te fijas de cerca, es casi imposible verlo. —Sebastián se acomodó el cabello de nuevo—. Es cierto que no puedo oír como las demás personas. Pero con este aparato todavía capto los sonidos, aunque no todos con total claridad.

—Ah... —Valeria asintió despacio. La curiosidad que la había atormentado quedó resuelta. Sonrió con algo de vergüenza y bajó la cabeza—. Perdone. Yo creía que...

Sebastián enarcó una ceja. —¿Creías qué?

Valeria se rascó la mejilla con suavidad. —Creía que su oído se había curado solo.

La ocurrencia fue tan inocente que Sebastián volvió a reír. Esta vez la risa sonó más abierta. Hacía mucho que no se reía por una conversación tan sencilla.

Al verlo reír, Valeria también sonrió. Sin que ninguno de los dos se diera cuenta, la incomodidad que llenaba la habitación se fue disolviendo poco a poco.

Aquella conversación simple se convirtió en el primer momento cálido entre dos desconocidos que acababan de unirse en matrimonio.

El audífono que usa Sebastián es pequeño, como este. Por eso no se nota a simple vista.

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