Valeria Wiranata creía saberlo todo sobre su vida: un matrimonio estable, un hogar donde creció, una familia que la aceptó. Pero la noche de Año Nuevo, todo se derrumba cuando descubre a su esposo Adrián en la cama con su propia hermanastra, Ámbar.
Divorciada y despojada de todo, Valeria se enfrenta a una verdad todavía más devastadora: la familia que la crió jamás la quiso. Roberto Kusuma, el hombre al que llamó padre durante años, solo la acogió por interés. Patricia, su madrastra, la trató como sirvienta. Y Ámbar, la hija consentida, le robó al marido sin remordimiento alguno.
Cuando la vida de Valeria parece tocar fondo, aparece Dominic Alexander: el CEO más temido del mundo empresarial, frío como un témpano ante todos... excepto ante ella. Dominic no solo le ofrece un puesto como directora de una empresa recién adquirida, sino que empieza a desmantelar, una por una, las vidas de quienes la lastimaron.
Pero Dominic guarda un secreto: conoce a Valeria desde la infancia. Y sabe algo sobre su verdadero origen que cambiará para siempre el tablero de poder.
Detrás de cada movimiento corporativo hay una jugada personal. Detrás de cada acto de venganza, un acto de amor. Y detrás de la mujer que todos subestimaron, se esconde la heredera de una de las fortunas más grandes del país.
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El despido
Valeria escuchó con seriedad las presentaciones de cada departamento.
Por casualidad, Ricardo se había sentado a su derecha y Laura a su izquierda.
—Señora, me enteré de que es usted divorciada —le susurró Ricardo. Valeria se sobresaltó, pero un segundo después ya había recuperado la compostura.
Le devolvió una sonrisa fugaz, sin hacer comentario alguno. Laura, sentada a su izquierda, le clavó la mirada al descarado que tenía enfrente.
Valeria se puso de pie para responder a todas las presentaciones que acababa de escuchar.
—Todos sabemos que esta empresa opera en el sector minorista —dijo Valeria con firmeza.
—No somos los únicos que hemos retrocedido. Muchas otras empresas enfrentan la misma situación. Pero, ¿por qué la competencia sigue a flote? —continuó.
Su mirada recorrió uno a uno a los presentes en la sala de juntas.
Valeria le pidió a Laura que proyectara el plan estratégico para el crecimiento de la empresa.
—¿Qué va a saber ella? —una voz cargada de sarcasmo brotó desde el fondo de la sala.
—De seducir sí que sabe. Ahí está la prueba: hasta el señor Dominic cayó —replicó Ricardo, alzando el volumen a propósito.
Valeria golpeó la mesa con fuerza.
—¿Pueden tomarse esto en serio? Si quieren charlar, la puerta está abierta —sentenció Valeria.
—Estoy aquí como la nueva directora. Y necesito que todos entiendan una cosa: yo no hice nada de lo que me acusan —añadió con firmeza.
—A Adrián lo abandonó usted. Si no fuera porque encontró una presa con más dinero, ¿qué otra razón habría? —contraatacó Ricardo.
Valeria soltó una risa sarcástica. Ahora debía mantener sus emociones bajo control.
Con soltura y elegancia, se acercó a Ricardo.
—Señor Ricardo, ¿qué le parece si hago que revisen a fondo el informe financiero que usted presentó? —le dijo Valeria justo al oído.
—¿Está seguro? —insistió.
—Por supuesto —respondió Ricardo con plena convicción.
—¿Está preparado para las consecuencias? —lo retó Valeria.
—¿Me está amenazando? —Ricardo la miró con dureza.
—Por supuesto. La verdad saldrá a la luz. Ya tengo muchas pruebas en mis manos —le susurró Valeria.
—¿Cuántos años quiere pasar en prisión? ¿Veinte como mínimo o cadena perpetua? —las palabras de Valeria dejaron a Ricardo en silencio.
—Si alguien más quiere seguir los pasos del señor Ricardo, adelante. Aceptaré todas sus cartas de renuncia con los brazos abiertos —declaró Valeria.
Para ella, era preferible formar gente nueva que lidiar con veteranos arrogantes.
El primero que había iniciado todo aquello se puso de pie.
—Renuncio. Aquí tiene mi carta de dimisión —dijo.
—Gracias, señor. Me ahorra la molestia de despedirlo —respondió Valeria.
—¿Qué quiere decir con eso? —la miró con hostilidad.
—Encontré una gran cantidad de proveedores ficticios en su división. ¿Eso qué significa? Usted lo sabe mejor que nadie, ¿no cree? —Valeria volvió a sentarse con toda calma.
El hombre golpeó la mesa.
—No se haga el importante, señor. Disfrute su libertad mientras pueda —dijo Valeria con tranquilidad.
El hombre se acercó hacia ella.
Un estruendo.
La puerta se abrió de golpe.
Varios agentes de la ley entraron a la sala.
—Señor Ricardo, señor Andrés, ambos quedan detenidos. Si tienen algo que declarar, pueden hacerlo en nuestras oficinas —anunció el oficial.
Ricardo y Andrés forcejearon.
—¡Maldita seas, Valeria! Ya verás cuando salgamos de esta —gritaron los dos mientras eran sacados a rastras.
—¿Alguien más quiere correr la misma suerte que esos dos? —los ojos de Valeria recorrieron uno a uno a los que quedaban en la sala.
—Quiero que les quede claro: no toleraré ningún tipo de fraude —sentenció.
—Quien esté de acuerdo, bienvenido a mi ritmo de trabajo.
Valeria se puso de pie de nuevo y continuó la presentación del plan de la empresa Wijaya. Todos los presentes escucharon y observaron con atención.
Como si nada hubiera ocurrido.
* * *
Al día siguiente.
Valeria se levantó de su asiento tras colgar la llamada del asistente Bruno.
—Laura, cancélame todo lo de hoy —dijo Valeria al acercarse al escritorio de Laura.
—¿A dónde vas? —preguntó Laura.
Toda la agenda de Valeria estaba en manos de Laura. Pero ese día, de verdad se le había olvidado.
Valeria le dio un coscorrón cariñoso en la frente.
—Ay, eso duele —se quejó Laura.
—Bruno acaba de llamar. Los dos me esperan en el vestíbulo —le informó Valeria.
—Qué raro que no hayan subido —Laura de verdad parecía haberse olvidado.
—¿Te acuerdas de la invitación del señor Dom de hace dos días? —le dijo Valeria.
—¿De qué hablas?
—Qué desmemoriada estás —se burló Valeria entre carcajadas, y se fue sin dar más explicaciones.
—Tsk, menos mal que es mi jefa. Si no, ya le habría dado un coscorrón de vuelta —refunfuñó Laura.
—Ah, ¿cómo no me acordé antes? Seguro van a la Empresa W —murmuró Laura al caer en cuenta de que Valeria tenía razón. La desmemoriada era ella.
* * *
Valeria caminaba al lado de Dominic al entrar a la Empresa W.
—Señor Dom, todavía no entiendo por qué me trajo aquí —preguntó Valeria, movida por la curiosidad que la carcomía desde hacía dos días.
La Empresa W era tan grande como la de Dominic.
—Ya lo verás —respondió Dominic, escueto.
Quería ver la reacción del viejo al conocer a Valeria.
Hacía mucho que Dominic aprendía de Ernesto Wiranata, aunque a estas alturas ya estaba a la par del empresario de mediana edad.
Desde el momento en que conoció a Valeria, Dominic supo que no existían las coincidencias en este mundo.
El apellido Wiranata que Valeria llevaba no tenía nada que ver con el de su padre adoptivo ni con el de su madre.
Desde el principio, Dominic había investigado el pasado de Valeria, porque sentía atracción por aquella mujer hermosa.
Tuvo que tragarse la decepción al descubrir que estaba casada. Como hombre de principios, Dominic jamás quiso ser de esos que le quitan la esposa a otro. Pero ahora las circunstancias eran distintas. Valeria estaba sola.
El hombre de mediana edad esperaba la llegada de Dominic en su despacho. A pesar de los años que le pesaban encima, el aura de autoridad en el rostro de Ernesto Wiranata seguía intacta.
—Buenos días, Dom —lo saludó con una amplia sonrisa, y lo abrazó con afecto. El joven obsesionado con llegar a ser como él.
—¿Quién te acompaña? —preguntó Wiranata al reparar en Valeria.
Se quedó observándola durante un buen rato.
Luego le extendió la mano para saludar a la joven que tenía delante.
—Wiranata —se presentó.
—Valeria —respondió ella, estrechándole la mano.
—Qué nombre tan bonito —la elogió Wiranata.
—¿Y tu asistente? Normalmente ustedes dos son inseparables —bromeó Wiranata con Dominic, aunque su mirada no se apartaba de Valeria.
—Bruno se quedó cuidando el estacionamiento —respondió Dominic sin darle importancia.
—Por cierto, señorita Valeria, ¿cómo se llamaba tu madre? —preguntó Wiranata.
Un vuelco en el pecho.
¿Para qué quiere saber Wiranata el nombre de mi madre?, se preguntó Valeria.
—Disculpa... disculpa. No tienes que responder si no quieres. Es algo muy personal, señorita Valeria —Wiranata soltó una risita.
Valeria se quedó inmóvil un instante. Qué hombre tan prudente.
—Mi madre se llamaba Isabel Wijaya, señor —respondió Valeria, conmovida por la delicadeza del viejo.
—¿Isabel Wijaya? —inquirió Wiranata. Valeria asintió.