el dolor del alma
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2
El gran salón de gala seguía vibrando con la música y las risas de la celebración, pero para Taras, el verdadero peso del mundo se concentraba en los pasillos adyacentes, lejos del brillo de las lámparas de cristal. Había dejado la terraza tras despedirse de Roberta, sintiendo que un ciclo de dolor puro e insufrible finalmente se cerraba , dejando en su lugar el eco frío de su realidad . Caminaba con paso lento pero firme, buscando un momento de aislamiento con un vaso de vodka en la mano, cuando una voz familiar interrumpió su monólogo interno.
—Aquí estás. ¿Por qué te escondes?
Taras se detuvo y giró el rostro, encontrándose con la mirada Dmitriy, el recién casado. A pesar del impecable traje y el aire de triunfo que conllevaba el día de su boda, el lenguaje corporal de su primo delataba la fatiga de quien ha estado bajo el escrutinio de toda la Bratva durante horas. Taras alzó apenas el vaso, dedicándole una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—Yo no me escondo —respondió el ruso, con esa voz grave que ahora infundía pánico —. ¿No se supone que deberías estar con Azul?
Dmitriy exhaló un suspiro, relajando los hombros por primera vez en toda la noche, despojándose por un instante de la rigidez del líder que la organización exigía.
—Está despidiendo a Roberta —explicó, desviando la mirada un segundo hacia el fondo del pasillo—. Regresa a México mañana a primera hora.
Un silencio denso se instaló entre los dos hombres. La sola mención del nombre de la mexicana y de su inminente partida de suelo ruso flotó en el aire helado como una sentencia definitiva. Taras guardó silencio, limitándose a sostener el vaso con una fijeza que delataba la tensión contenida en sus nudillos.
—Mmm —fue todo lo que articuló . Una respuesta gutural, gélida, el sonido de un hombre que había aprendido a enterrar sus impulsos bajo capas de hielo .
Dmitriy lo observó en silencio, analizando el semblante de su primo. Ya no quedaba nada del joven que dejó ir a su Méxicana; frente a él estaba el ejecutor implacable de los negocios del norte, una extensión perfecta y despiadada de la Bratva. Una sombra de culpa cruzó su rostro , quien dio un paso al frente y bajó el tono de voz.
—Lo siento.
Taras, que en ese preciso instante llevaba el trago a la boca para ahogar los últimos residuos de nostalgia, detuvo el movimiento de su brazo de forma abrupta. Dejó el vaso a medio camino, suspendido entre el aire y sus labios . La pregunta salió de su boca con la precisión de un disparo.
—¿Por qué?
—Yo pensé que tú y ella... — Dmitry hizo una pausa, buscando las palabras correctas para expresar un anhelo familiar que el destino se había encargado de destrozar—. Que nuestros hijos serían como nosotros... Lo siento, Taras. De verdad.
Aquella confesión golpeó pero no desató la furia . En su lugar, una madurez sombría y una profunda resignación tiñeron sus facciones. Taras bajó lentamente el vaso, miró el líquido transparente y luego clavó su vista en su primo, esbozando una sonrisa ligera, casi imperceptible, desprovista de cualquier amargura.
—En otra vida , sí fuimos felices —murmuró, con una calma que helaba la sangre pero que al mismo tiempo transmitía una paz ganada a sangre y fuego—. No te preocupes. Yo estoy bien.
El primo lo evaluó durante unos segundos, buscando cualquier grieta en la armadura del demonio , cualquier indicio de que el dolor seguía devorándolo por dentro. Sin embargo, la mirada de Taras era un muro infranqueable de madurez absoluta. Dmitriy asintió con solemnidad.
—Ok... Te creo.
—Bueno —continuó Taras, cambiando el tono de inmediato para devolver la conversación al terreno práctico que dominaba tan bien—. Hablando de otras cosas, te ayudaré en lo que regresas de tu luna de miel. Me encargaré de mantener las líneas limpias y de que ningún bastardo intente aprovechar tu ausencia.
Su primo sonrió, agradecido por la lealtad inquebrantable de quien seguía siendo su mano derecha, sin importar los kilómetros de distancia ni la leyenda de crueldad que lo precedía.
—Mamá va a estar feliz de que estés aquí... Aunque sea por un tiempo —comentó con una pequeña risa.
Taras enarcó una ceja, y por primera vez en toda la velada, un destello de genuina ironía humana cruzó sus ojos grises.
—Lo dices como si te doliera —respondió, soltando una risa corta y ronca.
—Esa señora es una traidora —replicó Dmitriy, sacudiendo la cabeza con fingido drama—. Desde que mi pequeña Camila llegó, se olvidó de mí. Ya no existo para ella. Soy su hijo, pero parece que eso no importa en absoluto.
—Bueno, Camila es su nieta —le recordó Taras, permitiéndose un momento de ligereza familiar que contrastaba drásticamente con la reputación sanguinaria que se había labrado —. Es normal. Además, no olvides al tío Luke.
El rostro del novio se contrajo en una mueca de resignada diversión al pensar en los patriarcas y las dinámicas de poder de la familia.
—Ese señor es exactamente igual que mi madre —dijo Dmitriy, suspirando—. Él y la señora Nadenka... Un día de estos me desenredan entre los dos, te lo juro. Tienen el control absoluto de todo lo que pasa en esta casa, y con la niña en medio, son un frente unido indestructible.
Taras bebió finalmente el trago de vodka, sintiendo el ardor familiar bajar por su garganta, un recordatorio de que estaba vivo, de que el pasado estaba enterrado en perfecta tregua y de que su destino pertenecía irremediablemente a las sombras de la Bratva. Miró a Dmitriy, el hombre que ahora cargaba con el peso del imperio y con la bendición de una familia feliz, y le dio una palmada firme en el hombro. El "Espectro del Norte" estaba listo para volver a su territorio , la oficina central de Moscú volvería a temblar bajo el mando del demonio que alguna vez amó con locura y que ahora gobernaba con absoluta y gélida razón.