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LA HEREDERA QUE NO DEBIÓ VOLVER

LA HEREDERA QUE NO DEBIÓ VOLVER

Status: En proceso
Genre:Malentendidos / Traiciones y engaños / Venganza
Popularitas:2.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Yesid Cabas

El día de su boda, Camila Duarte descubrió tres cosas: que su prometido nunca la amó, que su hermana tenía una relación con el, y que la familia que la crio la había estado usando desde el principio.

NovelToon tiene autorización de Yesid Cabas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 6: EL DÍA QUE LE ARRANCARON EL CORAZÓN

Antonella nació a las 4:47 de la madrugada, en la enfermería del Centro Penitenciario Femenino de Altavista, con un llanto tan fuerte que, según le contaría después una de las enfermeras, se escuchó hasta el pasillo de la administración.

Camila la sostuvo apenas cuarenta minutos.

Cuarenta minutos que se convertirían, con el paso de los años, en el recuerdo más preciado y más doloroso de toda su vida. Cuarenta minutos en los que memorizó cada detalle de ese rostro diminuto y arrugado: la nariz pequeña que ya intuía idéntica a la suya, los mismos ojos color café oscuro que ella había heredado de su padre, el peso exacto de ese cuerpo minúsculo contra su pecho, la forma en que sus deditos se cerraron instintivamente alrededor de uno de los suyos, como si ya supiera, incluso a los cuarenta minutos de vida, que debía aferrarse a algo antes de que se lo arrebataran.

—Señorita Duarte. —La voz de la funcionaria de servicios sociales rompió el momento con la frialdad burocrática de quien ha hecho esto demasiadas veces—. Necesito que me entregue a la menor. Hay una orden judicial de custodia temporal a favor del señor Sebastián Roig, presentada y aprobada esta misma semana.

—No. —Camila apretó a la niña contra su pecho, con una fuerza que sorprendió incluso a la enfermera que la asistía—. No, todavía no. Denme un poco más de tiempo, por favor, solo un poco más...

—Lo lamento. La orden es efectiva de inmediato.

—¡Es mi hija! —La voz de Camila se quebró en un grito que resonó por toda la enfermería—. ¡Acabo de tenerla, no pueden quitármela así, no pueden...!

Dos guardias entraron a la sala. Camila jamás olvidaría, mientras viviera, la sensación exacta de esos brazos ajenos separando a su hija de su pecho, el llanto de Antonella intensificándose ante el cambio brusco, sus propios brazos extendiéndose en el aire vacío durante un segundo que se sintió como una eternidad completa, buscando algo que ya no estaba ahí.

—¡Antonella! —gritó, aunque su hija todavía no tenía nombre oficial, aunque ese nombre —el que Camila había elegido en secreto durante meses de embarazo, en honor a la abuela paterna que la había criado con más cariño que su propia madre— ni siquiera constaría en el acta de nacimiento que Sebastián y Renata redactarían semanas después con un nombre distinto, uno que a Camila jamás le informarían.

La funcionaria salió de la sala con la niña en brazos. Y Camila se quedó ahí, tendida en la camilla de la enfermería, con el cuerpo todavía desgarrado por el parto y el alma desgarrada por algo infinitamente peor, incapaz de moverse, incapaz de gritar, incapaz de hacer absolutamente nada más que llorar en un silencio que ninguna de las funcionarias presentes se molestó en consolar.

Gabriel llegó dos horas después, cuando ya era demasiado tarde.

—Camila... —Se acercó a la camilla con el rostro descompuesto, con la misma expresión de derrota que Camila había empezado a asociar, en los últimos meses, con cada mala noticia que ese hombre bueno se veía obligado a entregarle—. Lo siento tanto. Presenté una apelación de emergencia esta misma mañana, en cuanto me enteré de la orden, pero el juez ya había...

—Se la llevaron, Gabriel. —La voz de Camila salió plana, vacía, absolutamente desprovista de la histeria que cualquiera hubiera esperado—. Se llevaron a mi hija antes de que yo pudiera siquiera ponerle su nombre en un papel oficial.

—Vamos a seguir peleando. En cuanto cumplas tu condena, en cuanto puedas demostrar estabilidad, vamos a solicitar...

—¿Cuántos años, Gabriel? —Camila lo miró fijamente, con unos ojos que ya no contenían ni una sola lágrima, secos por completo, como si el llanto de las últimas dos horas hubiera agotado hasta la última gota que su cuerpo era capaz de producir—. ¿Cuántos años va a tardar mi hija en olvidar que alguna vez tuvo otra madre? ¿Cuántos cumpleaños, cuántas primeras palabras, cuántos primeros pasos me va a robar esa mujer mientras yo sigo encerrada aquí?

Gabriel no tuvo respuesta. No existía ninguna respuesta que pudiera ofrecerle en ese momento que no sonara hueca, insuficiente, absolutamente inadecuada frente a la magnitud de lo que Camila acababa de perder.

Esa noche, de vuelta en su celda, con el cuerpo todavía dolorido y los brazos vacíos donde apenas horas antes había sostenido a su hija, Camila se sentó en el borde del catre metálico y se permitió, por última vez, llorar sin ninguna contención. Lloró por su hija, arrebatada antes de conocerla de verdad. Lloró por Sebastián, el hombre que le había jurado amor eterno y que ahora criaría a esa niña con la mujer que la había traicionado. Lloró por su madre, que ni siquiera había preguntado por el nacimiento de su propia nieta. Y lloró, sobre todo, por la Camila Duarte que había existido antes de esa boda, esa mujer ingenua que había confiado ciegamente en cada una de las personas que ahora la habían destruido de manera sistemática, calculada, casi quirúrgica.

Cuando finalmente las lágrimas se agotaron, algo distinto ocupó su lugar.

No fue un proceso gradual. No fue una decisión meditada durante semanas. Fue, más bien, un clic instantáneo, definitivo, como el sonido de una cerradura al cerrarse para siempre. Camila se secó el rostro con el dorso de la mano, se puso de pie, y se miró en el pequeño espejo de metal pulido atornillado a la pared de la celda —el único espejo que Altavista permitía, por razones de seguridad— y por primera vez desde que había llegado a ese lugar, no vio a una víctima.

Vio a alguien completamente distinto.

—Se acabó —susurró, mirando fijamente su propio reflejo, con una voz tan fría, tan ajena a la Camila que había sido hasta esa noche, que ni ella misma la reconoció del todo—. Se acabaron las lágrimas. Se acabó la niña ingenua que confiaba en su familia. Se acabó Camila Duarte.

Cerró los ojos un instante, y cuando volvió a abrirlos, la decisión ya estaba tomada, tan firme y tan definitiva como una sentencia propia.

—Tengo cuatro años por delante. —Su voz ya no temblaba—. Los voy a usar cada uno de esos días para convertirme en alguien que ninguno de ustedes va a ser capaz de reconocer cuando yo vuelva. Y cuando salga de aquí, no voy a venir a suplicar que me devuelvan lo que me quitaron.

Se sentó de nuevo en el catre, con la espalda recta, con una determinación que empezaba a asentarse en cada fibra de su cuerpo como un fuego lento y controlado.

—Voy a venir a quitárselo todo.

Afuera, más allá de los muros de Altavista, la vida seguía su curso implacable: Sebastián y Renata anunciarían su boda para la primavera siguiente, el Grupo Duarte cerraría formalmente la fusión con la empresa Roig bajo la dirección conjunta de ambas familias, y Doña Perla Duarte firmaría, con mano firme y sin una sola duda, cada documento necesario para asegurar que Camila jamás recuperara ni su nombre, ni su fortuna, ni a su hija.

Ninguno de ellos sabía todavía que, en una celda a cuarenta minutos de la ciudad, la mujer a la que creían haber destruido por completo acababa de tomar la decisión más peligrosa de toda su vida.

Y que el reloj, a partir de esa noche, empezaba a correr en su contra.

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Cecilia Hoyos Serna
excelente narrativa , da al lector el poder de ir encajando los sucesos y acomodando la trama perfectamente.
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