Cal murió solo, arruinado y consumido por el recuerdo de Rose. Pero, contra toda lógica, despierta diez años antes, a bordo del Titanic, justo cuando su antigua historia está a punto de repetirse.
Esta vez no piensa cometer los mismos errores.
Rompe su compromiso, deja de financiar las deudas de Rose y Ruth y decide construir una vida completamente diferente. Entonces conoce a Amaya, una joven de buena familia caída en desgracia que viaja en tercera clase para casarse con un hombre al que no ama.
Lo que comienza como un acuerdo termina convirtiéndose en un amor verdadero.
Pero Cal sabe que el Titanic está condenado.
Cuando llega la noche del desastre, utilizará todo lo que recuerda para intentar salvar vidas.
¿Podrá cambiar el destino?
¿Y qué ocurrirá cuando el hombre que una vez lo perdió todo descubra que su verdadera riqueza nunca estuvo en el dinero… sino en Amaya, su familia y la vida que eligió?
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Ya conozco el guion
El pasillo estaba en silencio cuando Cal regresó a su suite. Cerró la puerta y se apoyó contra ella un instante, respirando hondo. No era enojo lo que sentía, sino una fría claridad que le recorría todo el cuerpo. Ya había vivido este momento. Ya había dudado, ya había sentido culpa, ya había creído que podía razonar con ellas. Eso le costó años de su vida, su fortuna, su dignidad. Esta vez, cada paso lo tenía planeado. Cada movimiento era una respuesta a algo que ya había ocurrido antes.
Tocó el timbre y su asistente entró al poco tiempo, con su cuaderno en la mano, listo para anotar.
—Escúchame con atención, porque esto no cambia —dijo Cal, sentándose tras su escritorio con los dedos entrelazados—. Se acabó todo apoyo económico a la señorita Rose y a su madre. Ningún pago, ningún adelanto, ninguna cuenta que se pague por ellas. Se terminó. Y no me mires con esa cara de sorpresa. Ya sabes que tarde o temprano me arrepentiría de ser tan generoso con quien no lo merece. Solo que esta vez… no me arrepiento. Simplemente abrí los ojos.
El asistente dudó un momento.
—Pero señor… hay sumas importantes que ya les han sido entregadas. Y ellas no parecen dispuestas a devolverlas por su cuenta. ¿Qué hacemos si simplemente… se niegan a pagar?
Cal esbozó una media sonrisa, afilada y serena.
—Por eso tienes los pagarés. Cada firma, cada fecha, cada cantidad. Todo está ahí, perfectamente documentado. Y sé exactamente qué van a intentar. Primero dirán que no tienen dinero. Luego intentarán conmoverme con lágrimas y promesas. Después dirán que yo les debo más, que el compromiso roto las perjudica, que no es justo. Y al final… intentarán huir sin pagar al llegar a Nueva York, cambiando de dirección, desapareciendo entre la multitud, esperando que sea demasiado tarde para reclamar. Lo hicieron en mi otra vida. Casi lo logran. Pero esta vez, yo estoy un paso por delante.
Se inclinó un poco hacia adelante, con voz firme y clara.
—Establece un calendario de pagos estricto. Nada de "cuando pueda". Si quieren gastar, que vendan lo que no necesitan. Ya sé qué joyas empeñaron en secreto, qué vestidos pidieron a crédito, qué deudas ocultas tienen con otros. No les falta dinero. Solo que siempre esperaron que yo lo resolviera por ellas. Si te amenazan con hablar mal de mí, con difamarme o inventar historias… diles con calma que si abren la boca, yo presento esas deudas públicamente antes de que pongan un pie en tierra. Que todos sepan que la distinguida familia DeWitt Bukater no puede pagar sus cuentas. Que elijan: respeto y calendario de pagos, o vergüenza pública. Yo no tengo nada que perder. Ellas sí.
—¿Y si aun así insisten? —preguntó el asistente.
Cal se puso de pie y miró por la ventana hacia el mar oscuro.
—Que insistan. Que cometan cada error que ya conozco. Cuanto más se esfuercen por salirse con la suya, más fácil será demostrar su mala fe ante un juez. No tengo prisa. Tengo tiempo. Y lo más importante… tengo paciencia. En mi otra vida fui impaciente, quise resolver todo con generosidad, pensando que eso bastaba. Aprendí que con gente así, la bondad se interpreta como debilidad. Y la debilidad… eso es lo que devoran.
Se giró hacia su asistente.
—Solo asegúrate de que cada comunicación quede registrada. Cada negativa, cada excusa. Que construyan su propia ruina con sus propias palabras. Yo solo estaré allí, esperando con los documentos en la mano. No soy su enemigo. Soy simplemente el hombre al que le deben dinero. Y esta vez, nadie se ríe de mí. Nadie me usa. Nadie me lleva a la ruina.
—Entendido, señor. Se hará exactamente como dice.
Cuando la puerta se cerró, Cal se quedó solo. Se sirvió una copa de vino y la levantó levemente hacia su reflejo en el cristal de la ventana.
—Brindo por lo que ya saben que va a pasar —murmuró—. Y por lo que no saben: que yo ya vi cómo termina esta historia. Y esta vez, el final será muy diferente.