Durante cinco años, Isabela soportó en silencio el desprecio, las humillaciones y la frialdad de su esposo Mateo, un poderoso magnate atrapado en la obsesión por una mujer que solo sabía traicionarlo. Isabela entregó su juventud y su corazón para cuidar de su hogar y de su pequeño hijo Mael, pero para Mateo ella nunca fue más que una intrusa.
Cansada de vivir bajo la sombra del dolor, Isabela decide tomar a su hijo, firmar el divorcio y marcharse para siempre. Sin embargo, una tragedia inesperada en la calle apaga sus vidas en un instante, dejando como último eco una dolorosa súplica: "Ojalá jamás te hubiera conocido, Mateo".
Consumido por una culpa devoradora, Mateo comprende demasiado tarde el valor de la mujer que destruyó. Desesperado por reparar sus errores, emprenderá un viaje hasta los confines del mundo, sometiéndose a un sacrificio extremo en un templo milenario para pedir un único milagro: devolver el tiempo.
AUTORA REGISTRADA DE NOVELTOON
Débora Camejo
NovelToon tiene autorización de Debora Camejo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
2. Capítulo 2
La prueba de la verdad y un destino impuesto
Las semanas posteriores a aquella fatídica noche en el Bar Hemingway transcurrieron como un torbellino para Isabela. Gracias al dinero que logró reunir trabajando turnos dobles, su madre finalmente había comenzado la primera fase del tratamiento contra la hepatitis C crónica. Aunque ver la leve recuperación en el rostro de su madre le devolvía el aliento, el cuerpo de Isabela empezaba a pasarle una factura extraña y agotadora.
Al principio pensó que se trataba simplemente del cansancio acumulado. Pasar las noches de pie en el bar y las mañanas cuidando a su madre la tenía al borde del colapso físico. Sin embargo, cuando los mareos matutinos se convirtieron en episodios diarios y el simple olor del café hirviendo le provocaba náuseas insoportables, la duda comenzó a sembrarse en su cabeza como un temblor helado.
Una mañana particularmente fría, mientras intentaba servir un vaso de agua, la vista se le nubló por completo y las piernas le fallaron, haciéndola caer de rodillas contra el suelo de la cocina.
—Isabela, mi niña, ¿qué te pasa? —preguntó su madre preocupada desde la cama, intentando levantarse.
—No es nada, mamá... solo estoy un poco mareada por el insomnio —mintió Isabela, sosteniéndose del borde del mesón mientras el corazón le martillaba el pecho.
Sabiendo que no podía seguir ignorando los síntomas, Isabela aprovechó la tarde para acudir al centro médico. Sentada en la sala de espera, jugaba nerviosamente con los bordes de su abrigo. Cuando el médico la llamó a su consultorio y le realizó los exámenes de laboratorio correspondientes, la espera de los resultados se sintió como una eternidad.
El doctor volvió con un sobre en la mano y una sonrisa serena.
—Buenas noticias para tu salud general, Isabela, tus niveles están estables... pero los malestares tienen un motivo muy claro —dijo el médico, extendiéndole los folletos de control prenatal—. Estás embarazada. Tienes aproximadamente seis semanas de gestación.
El mundo de Isabela se detuvo en un instante. El ruido del tráfico parisino al otro lado de la ventana se apagó y el aire pareció escaparse de sus pulmones.
—¿Embarazada? —susurró con la voz quebrada—. Doctor, eso... eso no puede ser...
—La prueba de sangre es cien por ciento segura, Isabela. Felicitaciones, vas a ser madre.
Isabela salió del hospital caminando como un autómata. El frío de la calle le quemaba las mejillas. Su mente repasaba una y otra vez su vida. Jamás había tenido una pareja formal, jamás había entregado su intimidad a nadie por decisión propia; el único contacto íntimo que había tenido en toda su existencia había sido aquella noche nebulosa con el cliente del reservado VIP.
El pánico inicial dio paso a una firme determinación. A Isabela no le interesaba si aquel hombre era rico, pobre, importante o un desconocido; lo único que su sentido de la moral y su nobleza le exigían era que el padre del hijo que llevaba en el vientre supiera la verdad y asumiera su responsabilidad.
Esa misma noche regresó al Bar Gemini. Aprovechando un momento de descanso, buscó al gerente del local en la oficina principal.
—Señor, necesito pedirle un favor muy grande... y muy discreto —dijo Isabela con la voz firme pero respetuosa.
El gerente la miró con severidad a través de sus lentes.
—Sabes que la política del hotel es la privacidad absoluta de los clientes, Isabela. ¿Qué ocurre?
—Necesito saber el nombre completo del caballero que estuvo en el reservado VIP la noche del mes pasado... el señor al que atendí hasta la madrugada. Necesito contactarlo por un asunto de extrema urgencia personal.
El gerente dudó por un segundo, pero al ver los ojos cristalinos de Isabela y la palidez de su rostro, suspiró y buscó en el libro de reservas ejecutivas.
—Se llama Mateo. Mateo Mercier. Es el heredero principal de la Corporación Mercier, uno de los grupos empresariales más poderosos del país. Pero te advierto algo, muchacha: hombres como él no suelen responder a llamadas de empleadas de bar. Ten cuidado con dónde te metes.
Con la información en la mano, Isabela no dudó. Dos días después, se presentó en la imponente torre de la Corporación Mercier. Los pisos de mármol y los grandes ventanales de cristal reflejaban un mundo de lujo al que ella jamás había pertenecido. Apretando el informe médico dentro de su bolso, logró que la secretaria de la presidencia le concediera unos minutos tras insistir en que se trataba de un tema familiar indelegable.
Cuando la puerta de la oficina principal se abrió, Mateo estaba de pie junto al ventanall, revisando unos documentos. Lucía impecable en un traje hecho a medida, pero sus ojos mantenían la misma frialdad distante.
Al ver entrar a la joven del bar, Mateo frunció el ceño con irritación.
—¿Tú? ¿Qué haces aquí? —preguntó Mateo con voz dura—acomodándose los lentes . Si vienes a pedir una propina extra por aquella noche, habla con mi asistente. No tengo tiempo para esto.
Isabela tragó saliva, manteniendo la dignidad intacta a pesar del tono despectivo.
—No vengo por su dinero, señor Mateo. Vengo porque hay algo que usted debe saber —dijo Isabela sacando el documento médico y colocándolo sobre el amplio escritorio de caoba—. Estoy embarazada. Y usted es el único hombre con el que he estado en mi vida.
Mateo se quedó petrificado por un segundo. Luego, soltó una risa amarga y llena de incredulidad, tomando el papel apenas para ojearlo antes de tirarlo de nuevo sobre la mesa.
—¿Crees que soy estúpido? —dijo acercándose a ella con paso amenazante—. Una camarera de bar que aparece semanas después diciendo que lleva a mi hijo... ¡Es el truco más viejo del mundo para sacarle dinero a un hombre de posición!
—¡No le estoy pidiendo ni un solo euro! —interrumpió Isabela con los ojos llenos de lágrimas de indignación—. No me importa su apellido ni sus empresas. Solo quería que supiera que esta vida existe y que es suya. No voy a permitir que me trate como a una vividora.
La firmeza en la mirada de Isabela hizo dudar a Mateo por un segundo. Para salir de dudas y evitar un escándalo público que empañara el nombre de su familia, Mateo la obligó a someterse a pruebas médicas privadas bajo la supervisión de los doctores de su confianza. Días después, los resultados científicos fueron contundentes e irrefutables: el bebé que esperaba Isabela era legítimamente un heredero de la familia Mercier.
Acorralado por los hechos y sabiendo que sus padres jamás le perdonarían abandonar a un nieto, Mateo no tuvo más opción que asumir la situación. Esa misma semana, llevó a Isabela a la mansión familiar para presentarla formalmente.
La reacción de los padres de Mateo fue completamente opuesta a la de él. Al conocer a Isabela, al notar su timidez sincera, la educación con la que se expresaba y el profundo amor con el que cuidaba a su propia madre enferma, los padres de Mateo quedaron cautivados. Vieron en ella a una mujer noble, auténtica y transparente, muy diferente a las mujeres interesadas que solían frecuentar los círculos de su hijo. La acogieron con los brazos abiertos, brindándole todo el apoyo y el cariño de un verdadero hogar.
Sin embargo, para Mateo, aquella aceptación solo fue la confirmación de su propia prisión.
El amor de su familia hacia Isabela no hizo más que alimentar el rencor en el corazón del joven empresario. Durante los cinco años que siguieron a ese día, el matrimonio que pactaron por compromiso se convirtió en una pesadilla silenciosa. Aunque Isabela renunció de inmediato a su trabajo en el bar para dedicarse por completo a ser ama de casa y criar a su pequeño hijo, Mael, Mateo jamás le ofreció una mirada de afecto.
Para Mateo, Isabela no era más que una intrusa que le había robado la libertad. Cada vez que Regina —quien volvía a su vida de forma intermitente solo para traicionarlo y sacarle provecho— lo rechazaba o le jugaba sucio, Mateo regresaba a casa lleno de furia contenida. Desquitaba todo su despecho y rabia con Isabela, humillándola verbalmente, recordándole cruelmente el lugar donde se habían conocido y sembrando dudas sobre su fidelidad, a pesar de que Isabela vivía consagrada únicamente a su hogar y a la crianza de Mael.
Así, bajo el techo de una mansión helada por el desamor, Isabela soportó cinco largos años de maltratos emocionales, entregándolo todo por un hombre que solo tenía ojos para la mujer que siempre lo destruía.
Nuestro protagonista (Mateo).