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Me Enamoré del Hermano Equivocado

Me Enamoré del Hermano Equivocado

Status: Terminada
Genre:Romance / Pérdida de memoria / Amor platónico / Completas
Popularitas:10.9k
Nilai: 5
nombre de autor: maria

Valentina despierta sin recuerdos después de una caída. Lo único que tiene para entender su pasado es un diario lleno de pistas sobre el hombre que la cuidó desde niña.
Todos creen que ese hombre es Nico Montero, el chico que creció a su lado y que durante años pareció destinado a quedarse con ella. Pero Nico ya está cansado de cuidarla. Ahora ama a otra mujer y decide dejar a Valentina en manos de su hermano mayor, Sebastián.
Sebastián es serio, frío y demasiado protector. Valentina empieza a creer que las páginas de su diario hablan de él… y sin darse cuenta, se enamora del hombre equivocado.
O quizá del único correcto.

NovelToon tiene autorización de maria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2

Capítulo 2

El diario verde

Valentina no durmió.

Cada vez que cerraba los ojos, la primera frase del diario volvía a encenderse detrás de sus párpados: "Querido hermano mayor, hoy me miraste y sentí que el mundo dejó de girar".

Era ridículo. También era suyo.

Se sentó en la cama con la espalda apoyada en las almohadas, el diario sobre las rodillas y la lamparita de noche encendida. La habitación seguía oliendo a sábanas limpias, medicina y algo suave que tal vez era lavanda. Afuera, La Hacienda Montero estaba en silencio. Un silencio demasiado grande para una casa donde ella debía haber vivido tanto tiempo.

Pasó la página.

"Hoy hermano mayor me amarró las agujetas porque yo llevaba prisa. No dijo nada. Solo se arrodilló frente a mí, serio como siempre, y me dejó el nudo perfecto. Me dio tanta pena que casi me caigo otra vez."

Valentina miró sus propios pies bajo la cobija.

No recordaba eso.

Pero pudo imaginarlo con una facilidad peligrosa: Sebastián de rodillas, las manos grandes trabajando sobre las agujetas, la cara seria como si amarrar zapatos fuera una decisión empresarial.

El calor le subió al cuello.

—Ay, Valentina —se regañó en voz baja—. ¿Qué clase de cosas escribías?

Pasó otra página.

"Cuando estudio tarde, hermano mayor siempre me deja algo caliente en el escritorio. A veces dice que no debo depender de nadie. Pero deja la taza igual. Yo creo que no sabe ser amable con palabras, así que usa las manos."

Valentina apoyó los dedos sobre la tinta.

Las manos.

La palabra aparecía muchas veces. Manos grandes. Manos frías cuando le tocaban la frente. Manos que quitaban vasos de camarón porque ella era alérgica. Manos que le acomodaban la bufanda. Manos que firmaban documentos, abrían puertas, sostenían paraguas, apartaban peligros.

En una página, la frase la dejó inmóvil.

"Hermano mayor tiene las manos grandes. Cuando me toca la cabeza, siento que todo va a estar bien."

Valentina cerró los ojos.

Durante un segundo, algo se movió al fondo de su memoria. Un jardín. Luz en el pasto. Una palma sobre su cabello. Ella era más pequeña. O tal vez no. La cara de quien la tocaba estaba borrosa, pero la sensación era nítida: seguridad.

Sebastián.

Tenía que ser Sebastián.

¿Quién más?

Se abrazó el diario contra el pecho y sonrió sola, luego se tapó la cara con la manta como si alguien pudiera verla.

Al amanecer, Nana Carmen tocó la puerta con dos nudillos.

—Niña, ¿estás despierta?

Valentina escondió el diario debajo de la almohada con la rapidez culpable de una adolescente.

—Sí.

—El señor Sebastián pidió que bajaras solo si te sentías con fuerzas.

Ese nombre tuvo un efecto absurdo en su estómago.

Bajó veinte minutos después, con una bata clara sobre la pijama y las piernas todavía débiles. Nana Carmen quiso ayudarla, pero Valentina se aferró al barandal.

—Puedo sola. Despacito, pero puedo.

—Terquita como siempre —murmuró la nana, y se le humedecieron los ojos.

La cocina era amplia, llena de luz. Y en medio de esa luz estaba Sebastián.

No llevaba traje.

Ese detalle la golpeó primero.

Tenía una camiseta gris, pantalón oscuro de casa y las mangas remangadas hasta los antebrazos. Frente a él había una sartén. A un lado, pan tostado, papaya cortada, avena y una taza de té. Nana Carmen entró detrás de Valentina y se quedó mirando con una expresión rara, mitad ternura, mitad dolor.

—Buenos días —dijo Sebastián sin girarse.

Valentina se detuvo.

—¿Cómo supiste que era yo?

Él apagó la estufa.

—Tus pasos son más lentos que los de Nana Carmen.

La respuesta fue tan práctica que debería haberla tranquilizado. En cambio, le apretó el pecho.

Él conocía sus pasos.

Sebastián colocó el desayuno en la mesa.

—Sin camarón, sin chile fuerte, sin café. Tu estómago no está listo.

Valentina se sentó y bajó la mirada a sus manos.

Las de él se movían con una precisión tranquila: dedos largos, nudillos marcados, uñas limpias y cortas. Las mismas manos del diario. O al menos, las únicas manos que su corazón quería reconocer.

Él dejó una cuchara junto a su plato.

—¿Qué pasa?

Valentina levantó la cabeza demasiado rápido.

—Nada.

Sebastián sostuvo su mirada un segundo.

—Estás roja.

—Debe ser la medicina.

Nana Carmen tosió para ocultar una sonrisa y se dio vuelta hacia la cafetera.

Sebastián no insistió. Se sentó frente a ella, pero no comió. Tenía una carpeta delgada junto a su taza. Cuando Valentina terminó la mitad de la avena, él la abrió y sacó varias hojas impresas.

—No vas a ir a la universidad esta semana.

—¿Qué?

—El Dr. Bergmann fue claro. Nada de estrés. Nada de multitudes. Nada de preguntas.

—Pero si estudio en una universidad privada, seguro falté a mil cosas. ¿Y si repruebo?

Él deslizó las hojas hacia ella.

—Tus horarios. Las materias. Los temas que estaban pendientes antes del accidente. Ya hablé con coordinación académica. Te darán prórroga médica.

Valentina miró los papeles.

Había marcas con resaltador amarillo, rosa y azul. Notas al margen. Fechas. Lecturas.

Ella tocó una de las líneas.

—Este color...

—Usas amarillo para exámenes, rosa para entregas y azul para dudas que quieres preguntarle al profesor.

Valentina levantó la vista.

—¿Yo te conté eso?

Sebastián cerró la carpeta con suavidad.

—Una vez.

—¿Y lo recordaste?

Él tomó su taza.

—Me servía para revisar tus pendientes.

Otra respuesta práctica.

Otra cosa que no sonaba práctica en absoluto.

Después del desayuno, Nana Carmen insistió en que Valentina caminara un poco por el jardín. El aire de la mañana estaba fresco, con olor a tierra húmeda. Sebastián salió con ellas aunque llevaba el celular en la mano y la pantalla encendiéndose cada pocos segundos.

—Puedes trabajar —dijo Valentina—. No tienes que vigilarme.

—No te estoy vigilando.

—Entonces, ¿qué haces?

—Camino.

Ella miró sus zapatos impecables sobre el sendero de piedra.

—¿Conmigo?

Sebastián no respondió de inmediato.

—Con Nana Carmen también.

La nana, varios pasos atrás, fingió interesarse muchísimo por un rosal.

Valentina apretó los labios para no reír.

Caminaron hasta una banca bajo una bugambilia. A mitad del sendero, ella sintió que las fuerzas se le iban un poco. No quería admitirlo. Menos frente a él. Pero Sebastián ya había extendido el brazo antes de que ella perdiera el equilibrio.

—Despacio.

Su mano quedó cerca de la manga de la camiseta de él.

Valentina pensó en el diario. En las manos. En "todo va a estar bien".

Con un valor que no sabía si era suyo o prestado de las páginas verdes, levantó dos dedos y tomó apenas el borde de su manga.

No fue un abrazo. Ni siquiera fue una caricia.

Fue un gesto pequeño.

Sebastián bajó la mirada.

Valentina dejó de respirar.

Él pudo apartarse. Pudo decirle que caminara sola. Pudo explicarle, con esa voz de adulto sensato, que estaba confundida.

No lo hizo.

Solo se quedó quieto, con la mandíbula tensa y los ojos demasiado oscuros.

—¿Te duele algo? —preguntó.

—No.

—Entonces, ¿por qué me sujetas?

Valentina miró sus propios dedos en la tela.

—Porque puedo caerme.

Sebastián sostuvo el silencio.

—No te vas a caer.

La frase era simple. Pero su mano se colocó debajo del codo de ella, firme, exacta, como si su cuerpo supiera el lugar de Valentina mejor que su memoria.

Esa tarde, cuando volvió a su habitación, Valentina cerró la puerta y sacó el diario de debajo de la almohada. Lo abrió con una urgencia nueva, buscando más pruebas, más pedazos de esa historia que al parecer ella misma había escrito y perdido.

Casi al final del cuaderno encontró una página doblada.

Arriba había un título con letras pequeñas y un corazón mal dibujado:

"Cosas que quiero hacer con hermano mayor antes de graduarme".

Valentina se sentó en la cama.

La primera línea decía:

"Tomarnos de la mano en público."

Se mordió el labio.

Luego miró hacia la puerta, como si Sebastián pudiera aparecer por arte de magia para descubrirla.

No apareció.

Valentina sonrió de todos modos.

—Bueno, hermano mayor —susurró—. Empezamos mañana.

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Glen
Parecía bueno pero a mitad ya te parece q no va a ningún lugar y después con un final raro, no me gusto
Glen
Ocosadora la niña, con razón nico huyó 😂😂😂😂😂😂
Glen
Ocosadora la niña, con razón nico huyó 😂😂😂😂😂😂
Marisa Rodriguez de Cuello
es muy densa la trama y simple. también se pueden leer repeticiones del relato que confunden la lectura
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