Dante Lam era un fantasma.
Tres explosiones, veintisiete fragmentos de cristal extraídos de su cuerpo y una cirugía de reconstrucción facial después, el agente de élite de Interpol aceptó la misión más peligrosa de su carrera: asumir la identidad de Dean Yang, heredero de la Joyería Yang, e infiltrarse en el corazón del imperio criminal más poderoso del mundo.
El problema fue que Anderson Lorenzo ya lo estaba esperando.
Heredero de la dinastía militar-industrial Lorenzo, magnate de armas con contactos en cada gobierno del planeta, Anderson es un hombre que consigue todo lo que desea. Y desde el momento en que estrechó la mano de "Dean Yang", supo exactamente quién se escondía detrás de esa cara nueva. No dijo nada. No lo delató. En cambio, compró el edificio donde Dante vivía. Instaló cámaras en su departamento. Aprendió su sabor favorito de helado. Y cada noche, mientras Dante dormía inconsciente en un sótano del que no sabía que era prisionero, Anderson besaba su nuca sin que él lo supiera.
Obsesivo. Peligroso. Irresistible.
Pero Dante no es una presa fácil. Francotirador de élite, políglota, entrenado para resistir cualquier forma de tortura, tiene una regla inquebrantable: nunca mezclar la misión con los sentimientos. Y hay alguien más esperando su corazón——Leslie Avis, su compañero de armas en Interpol, el hombre que lo protege en silencio y jamás pide nada a cambio.
Entre un agente de la ley y un señor de las armas no debería existir nada. Pero cuando Dante descubre que Anderson recibió tres balazos por salvarlo y cruzó un puente en llamas cargándolo en su espalda, la línea entre el deber y el deseo se quiebra.
Y luego está Marlin——el joven vulnerable que Dante rescató de un casino, el amigo inocente que siempre sonríe con dulzura. Nadie sospecha lo que Marlin esconde. Ni siquiera Dante. Hasta que es demasiado tarde.
NovelToon tiene autorización de Mía Ríos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 2
Capítulo 2: Oscuridad con nombre
Dante abrió la puerta de su departamento con la mano derecha. La izquierda la llevaba pegada al costado, inmovilizada por un cabestrillo que el cirujano le había puesto con la advertencia de que si se lo quitaba antes de diez días, los puntos se abrirían solos. El pasillo olía a humedad y a pintura vieja, como siempre. Pero adentro, algo era distinto.
No encendió la luz.
Se quedó en el umbral, con la puerta entreabierta a su espalda, y respiró. El aire del departamento tenía una nota que no le pertenecía. Algo limpio, caro, con un fondo de madera y especias. Loción para después de afeitar. No la suya — él usaba la de supermercado, la que venía en envase de plástico. Esta era otra cosa. Esta costaba más que su renta.
Dante dejó las llaves en el bolsillo y sacó la Beretta del interior del cabestrillo. El movimiento le arrancó un tirón en el hombro izquierdo — los puntos protestando — pero el arma quedó firme en su mano derecha, apuntando hacia la oscuridad de la sala.
—Sé que estás ahí —dijo, sin alzar la voz.
Silencio. El refrigerador zumbaba en la cocina. Afuera, un perro ladraba a intervalos irregulares. El aire acondicionado no funcionaba desde hacía tres meses, y el calor de julio convertía el departamento en un horno lento. Pero el olor estaba ahí. Vivo. Reciente.
—Si pensabas sorprenderme —continuó Dante—, deberías haber apagado tu loción.
Una risa baja salió de la esquina más oscura de la sala, junto a la ventana. La clase de risa que no pide permiso.
—No quería sorprenderte —dijo Anderson Lorenzo—. Quería que supieras que estoy aquí.
Dante no bajó el arma. Sus ojos se ajustaron a la penumbra: la silueta de Anderson recortada contra la ventana cerrada, sentado en la única silla decente del departamento — la que Dante usaba para limpiar armas. Piernas cruzadas. Manos visibles, descansando sobre los muslos. Sin abrigo, sin saco. Solo una camisa blanca remangada hasta los codos.
—¿Cómo entraste?
—Tu cerradura es un insulto. Richard la abrió en once segundos. —Anderson ladeó la cabeza—. ¿Vas a dispararme?
—Depende de lo que digas en los próximos treinta segundos.
—Vine sin armas. Puedes revisarme si quieres. —Anderson extendió los brazos a los lados, palmas abiertas—. Aunque preferiría que lo hicieras con las manos, no con la pistola.
Dante no se movió. El cañón de la Beretta apuntaba al centro del pecho de Anderson, a cuatro metros de distancia. La mano derecha de Dante no temblaba. No había temblado en once años de servicio, ni temblaba ahora, ni iba a temblar aunque sostuviera el arma hasta el amanecer.
Los minutos pasaron. Anderson no habló. No se movió. Se quedó sentado en la silla de Dante, en el departamento de Dante, en el barrio de Dante, mirándolo con esa atención concentrada que no era amenaza pero tampoco era paz. Era algo intermedio: un depredador que ha decidido no atacar todavía, no porque no pueda, sino porque quiere ver qué hace la presa.
Dante contó. Diez minutos. Once. El hombro izquierdo latía bajo el cabestrillo, un dolor sordo que se filtraba entre los analgésicos, pero la mano derecha seguía firme. Sesenta y dos latidos por minuto. Igual que frente al cuadro que explotó.
—¿Cómo lo supiste? —preguntó Anderson, rompiendo el silencio con la misma naturalidad con que habría pedido más vino—. El temporizador. ¿Cómo lo escuchaste?
—Tengo buen oído.
—Tenías a seis personas hablando, un sistema de ventilación industrial y música ambiental. Nadie más lo oyó. Ni siquiera Richard, y Richard sobrevivió dos guerras. —Anderson se inclinó hacia adelante, los codos sobre las rodillas—. ¿Qué eres, LAM?
—Alguien que debería haberte dejado en el suelo.
—Pero no lo hiciste.
Dante no respondió. Porque era verdad, y las verdades incómodas se manejan mejor en silencio.
Anderson se puso de pie. Despacio, las manos siempre visibles, como si supiera exactamente cuánta presión necesitaba un gatillo. Caminó hasta la mesa de la cocina — tres pasos — y sacó algo de una bolsa de plástico que Dante no había notado. Una botella. La puso sobre la mesa con un golpe suave.
—Te traje esto.
Dante miró la botella sin bajar el arma. Etiqueta barata. Vino tinto de supermercado. De los de cuarenta y nueve pesos.
—¿Un vino de cuarenta y nueve pesos? —dijo Dante.
—Revisé tu refrigerador cuando entré. Tienes tres cervezas, un trozo de queso vencido y salsa Valentina. —Anderson metió las manos en los bolsillos—. No eres hombre de Château Margaux, LAM. Eres hombre de esto.
Era un insulto disfrazado de observación. O una observación disfrazada de insulto. Con Anderson Lorenzo, la diferencia era decorativa.
—Sal de mi casa.
—Ya me voy. —Anderson caminó hacia la puerta. Al pasar junto a Dante, se detuvo. Demasiado cerca. Dante podía sentir el calor de su cuerpo, el olor a loción mezclado con algo más — algo que no venía de ningún frasco, algo que era simplemente Anderson—. Solo quería verificar algo.
—¿Qué?
Anderson bajó la mirada hacia la Beretta, que seguía apuntándole al pecho a treinta centímetros de distancia. Luego la subió hasta los ojos de Dante.
—Que eres exactamente lo que pensé que eras.
Salió sin decir más. Sus pasos se perdieron por el pasillo, escaleras abajo, hasta que el sonido del Bentley arrancando en la calle confirmó que se había ido.
Dante cerró la puerta con llave. Luego el pasador. Luego arrastró la silla contra la puerta, porque las cerraduras de Iztapalapa no valían nada y eso acababa de quedar demostrado.
Revisó el departamento. Cada rincón. Debajo de la cama, detrás del refrigerador, dentro del ducto de ventilación, en los marcos de las ventanas. Buscaba micrófonos, cámaras, cualquier cosa que Lorenzo hubiera dejado además de la botella y su olor. No encontró nada.
Las cámaras que Anderson había instalado medían cuatro milímetros de diámetro. Estaban incrustadas en el marco de plástico del espejo del baño y en la esquina superior del marco de la puerta de la cocina. A simple vista, parecían tornillos. Dante pasó los dedos sobre el espejo dos veces y no las detectó.
Se quitó el cabestrillo con cuidado. Se sacó la camiseta. Los vendajes cubrían su hombro izquierdo, parte del costado y un tramo del muslo. El cirujano le había prohibido mojarse durante dos semanas. Dante abrió el grifo del lavamanos, humedeció una toalla y se limpió la cara, el cuello, el brazo derecho, el torso donde los vendajes no cubrían. Cada movimiento era medido, preciso, como si desactivara una bomba en lugar de asearse. El agua tibia le bajó por la espalda en líneas delgadas. Cerró los ojos un momento. Solo un momento.
A veintidós kilómetros de distancia, en el estudio del tercer piso de la residencia Lorenzo, Anderson se reclinó en su silla frente a tres pantallas. La señal era nítida. Resolución de cuatro megapíxeles en un dispositivo del tamaño de la cabeza de un clavo. Richard, de pie junto a la puerta, sostenía una copa de Château Margaux que Anderson no había pedido.
En la pantalla central, Dante Lam se pasaba una toalla húmeda por el cuello. La luz del baño le recortaba los hombros, los vendajes, las líneas del torso donde la piel terminaba y las heridas empezaban. Tenía los ojos cerrados.
Anderson no se movió durante un minuto entero. Luego habló, más para sí mismo que para Richard.
—Es mucho más atractivo de lo que imaginaba.
Richard no comentó. Dejó la copa sobre el escritorio y se retiró en silencio, cerrando la puerta con el mismo cuidado con el que se cierra la tapa de un ataúd.
Anderson tomó la copa. En la pantalla, Dante abrió los ojos, miró directamente al espejo — directamente a la cámara — y por un instante pareció que sabía. Pero solo se secó la cara con la toalla y apagó la luz.
Anderson bebió un trago de vino que costaba más que el departamento entero de Dante, y no apartó los ojos de la pantalla oscura.