Mariam fue, en su época, la hechicera más poderosa, temida y adorada de todo el continente. Con un ego tan grande como su magia y una belleza que hizo caer a reyes y dioses por igual, vivió mil años disfrutando de su poder, su riqueza y su libertad. Cuando finalmente su cuerpo antiguo decidió rendirse, ella esperaba ascender a un plano superior o, al menos, descansar en un palacio de nubes digno de su grandeza. Pero el destino, que siempre ha tenido un sentido del humor cuestionable, le tenía preparada una sorpresa: despertó siglos después, en un mundo donde la magia parece haber desaparecido, donde hay cajas que hablan, carruajes que corren sin caballos y ropa que se lava sola. Para su sorpresa, no renació en una choza ni en un reino olvidado. Mariam volvió a la vida como la única hija de una de las familias más ricas e influyentes del siglo XXI: los De la Vega. Con padres que la adoran, le dan todo lo que pide y la miran como si fuera la luz del sol.
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Capítulo 2: Magia oculta y un enemigo que me provoca
La cena continuaba en el gran salón de mi casa, rodeada de cristales finos, comida exótica y el murmullo agradable de las conversaciones de los adultos. Yo estaba sentada en uno de los extremos de la mesa, con la postura recta y elegante que había perfeccionado hace siglos, sosteniendo mi copa de agua como si fuera el cáliz de una diosa. Mis padres y los señores Ferrer hablaban de negocios, de viajes y de esas cosas aburridas que a los adultos les fascinan, mientras yo no podía apartar la mirada de la persona que tenía al otro lado de la mesa: Alexandro.
Él comía con una calma exasperante. Ni muy rápido, ni muy lento, sin hacer ruido, con esa expresión de que nada le importaba lo suficiente como para emocionarse. Cada vez que nuestros ojos se cruzaban, él no bajaba la mirada, ni se sonrojaba, ni se quedaba embobado como hacían todos los demás chicos. No, él simplemente me miraba, levantaba una ceja con esa media sonrisa suya que parecía saber todos mis secretos, y seguía comiendo. Era una afrenta directa a mi grandeza. Yo, que acostumbraba a ser el centro absoluto del universo, me sentía como si estuviera compitiendo con una estatua hermosa y arrogante.
¿Cómo se atreve? pensé, mientras acariciaba el borde de mi copa con el dedo índice. Soy Mariam, la dueña de los elementos, la mujer que ha vivido mil años y que es, objetivamente, la criatura más fascinante que ha existido jamás. Debería estar rindiéndome homenaje, o al menos admirando mi belleza en silencio, no mirándome como si fuera una niña caprichosa que rompe juguetes.
De repente, una idea brillante cruzó por mi mente. Una idea que hizo que mis ojos brillaran con malicia y diversión. En mi vida anterior, mi magia fluía por todo mi ser, era parte de mi respiración. Pero al llegar a este siglo, al ver que nadie más la usaba, que todo funcionaba con electricidad, motores y cables, había asumido que la magia había desaparecido del mundo, o que mi nueva sangre humana era demasiado débil para sostenerla. Pero… ¿y si me equivocaba?
Miré disimuladamente alrededor. Todos estaban distraídos. Entonces, concentré toda mi atención en la pequeña vela decorativa que había justo frente a mí, en el centro de la mesa. Cerré los ojos apenas una fracción, recordando la sensación, el calor, la conexión con la energía que siempre había estado ahí, esperando a ser llamada. No pronuncié palabras antiguas, no hice gestos exagerados; solo pensé con toda la fuerza de mi voluntad: Crece. Arde más alto. Muéstrame que sigo siendo yo.
Al principio, nada. Pero luego, muy despacio, la llamita pequeña y amarilla comenzó a cambiar. Se volvió azul, luego violeta, y creció hasta alcanzar casi medio metro de altura, delgada y elegante, bailando al ritmo de mis pensamientos sin consumir la cera, sin derretir nada, flotando suavemente en el aire. Sentí ese cosquilleo familiar recorrer mis venas, esa sensación de poder absoluto que me hacía sentir invencible. ¡Allí estaba! No se había ido. La magia no dependía del mundo, dependía de mí. Yo la traía conmigo, fuera la época que fuera. Este mundo moderno lleno de luces y máquinas no era más que un escenario nuevo donde yo seguía siendo la protagonista con poderes divinos.
Me sentí tan eufórica que estuve a punto de reír a carcajadas, pero me contuve justo a tiempo. Abrí los ojos con una sonrisa triunfal, lista para admirar mi obra maestra… y me encontré con que Alexandro me estaba mirando fijamente. Y lo peor de todo: él no miraba el fuego flotante, me miraba a mí. Y en sus ojos oscuros no había sorpresa, ni miedo, ni confusión. Había reconocimiento. Y una advertencia casi imperceptible, cuando movió muy levemente la cabeza de lado a lado, como diciendo: “No lo hagas, te están mirando”.
En un parpadeo, la llama volvió a su tamaño normal, como si nada hubiera pasado. Mis padres ni siquiera se dieron cuenta, demasiado ocupados hablando de sus cosas. Pero yo sentía el calor en las mejillas, y no era por el hechizo. Era la rabia y la confusión mezcladas. ¿Cómo lo había visto? ¿Cómo no había gritado ni se había asustado? ¿Quién era realmente este chico?
La cena terminó y los adultos decidieron pasar al salón principal para tomar café y seguir charlando. Yo me levanté con toda la gracia de la reina que soy, ajusté un poco mi ropa para asegurarme de que seguía viéndome espectacular —porque uno nunca sabe cuándo hay que impresionar— y caminé hacia la terraza, necesitando aire fresco y un momento para procesar que, efectivamente, seguía siendo una hechicera poderosa en un siglo que no está preparado para mí.
Apenas salí y cerré la puerta tras de mí, apoyé las manos en la barandilla de cristal y solté una risa baja y llena de satisfacción. —¡Por supuesto que todavía tengo magia! —dije en voz alta, mirando las luces de la ciudad que brillaban allá abajo—. ¿Cómo iba a ser posible que alguien tan maravillosa y extraordinaria como yo perdiera algo tan esencial? Soy perfecta en todos los sentidos, en esta vida y en la anterior.
Me giré, dispuesta a planear cómo usar este nuevo (o viejo) poder para dominar todo lo que quisiera, hacer que la gente me amara aún más y conseguir todas las cosas hermosas que existen en el mundo… y me llevé la mano al pecho, sorprendida. Alexandro estaba recostado en el marco de la puerta, con las manos en los bolsillos, observándome con esa calma suya que me desesperaba.
—Hablas sola muy seguido —dijo él, con esa voz grave que parecía acariciar las palabras—. Y te das muchos halagos. ¿Te lo dicen los demás o tienes que recordártelo tú misma?
Lo miré con los ojos entrecerrados, caminando hacia él con pasos lentos y seguros, la cabeza bien alta, desafiante. Medía casi lo mismo que él, gracias a mis tacones, y me encantaba la sensación de estar tan cerca, cara a cara.
—No necesito que nadie me diga lo que ya es obvio, Alexandro —respondí con una sonrisa dulce y venenosa—. Pero si te refieres a que recuerdo mi propia grandeza, sí, lo hago constantemente. Es imposible olvidar lo maravillosa que soy. Deberías probar a admirarme un poco más, te haría bien para el carácter. Estás muy amargado.
Él soltó una risa corta, seca, y se separó de la puerta para caminar hacia la barandilla, parándose a mi lado, pero dejando una distancia prudente. —No estoy amargado, Mariam. Solo veo las cosas tal como son. Y lo que veo es a una chica que cree que el mundo gira a su alrededor. Que tiene suerte, dinero, padres que la adoran y… —se detuvo, me miró de reojo y bajó la voz lo suficiente para que solo yo lo oyera—… y habilidades que no deberían existir en este tiempo.
Mi corazón dio un salto, pero mantuve mi expresión impasible. Si había algo que había aprendido en mil años de vida era a no mostrar miedo ni sorpresa.
—No sé de qué hablas —dije, con tono de aburrimiento total—. ¿Habilidades? ¿Te refieres a que soy más inteligente, más guapa y más talentosa que el promedio? Sí, lo soy, gracias por notarlo. Es genético, supongo. Aunque en mi caso, la naturaleza se excedió con generosidad.
Alexandro negó con la cabeza, divertido por mi actitud, y por primera vez vi algo más en su mirada: curiosidad y… ¿reto? —Puedes seguir fingiendo si quieres. Pero vi lo que hiciste con la vela. Y sé que no fue un truco de magia de escenario.
Me giré bruscamente hacia él, apoyando una mano en mi cadera, indignada y a la vez fascinada. —Y ¿qué si lo fue? ¿Vas a ir corriendo a contárselo a tus padres? ¿O me vas a decir que tú también tienes secretos? Porque déjame decirte algo, cariño: yo soy muy buena guardando secretos, especialmente los míos. Y si crees que eso me hace diferente, te equivocas. Simplemente soy superior. Como todo en mí.
Él se acercó un paso más, rompiendo la distancia que había dejado antes. Su presencia era fuerte, intensa, y por un segundo sentí esa electricidad extraña que había sentido en la escalera. Era como si dos imanes iguales se estuvieran acercando: atracción y rechazo al mismo tiempo.
—No voy a contarle nada a nadie —dijo él, muy serio ahora—. Al contrario, te advierto: ten cuidado. Este mundo es diferente al que… bueno, al que estás acostumbrada. Aquí no puedes ir lanzando fuego por ahí pensando que eres invencible. Aunque tengas razón en una cosa: definitivamente no eres como los demás.
Me quedé boquiabierta, no porque me hubiera asustado, sino porque tenía la absoluta certeza de que él sabía todo. Sabía quién había sido, sabía de dónde venía. Y lo más loco de todo: yo también sentía que él no era un chico normal. Había algo antiguo, profundo y poderoso en sus ojos negros.
—¿Y tú qué eres entonces? —le pregunté, bajando el tono de voz, olvidando por un segundo mi orgullo para dejar salir mi curiosidad milenaria—. ¿El guardián de las reglas? ¿El policía de la magia perdida?
Alexandro sonrió, y esta vez fue una sonrisa verdadera, amplia y encantadora que hizo que, por un segundo, se me olvidara cómo respirar. —Digamos que soy el único que puede verte tal como eres, Mariam. Y créeme… eso es tanto una bendición como una pesadilla. Porque si vas a hacer locuras con tus poderes, entonces supongo que tendré que estar ahí para asegurarme de que no destruyas la ciudad… o para ver cómo lo haces.
Me eché a reír, una risa sonora, divertida y llena de desafío. Di media vuelta y comencé a caminar de regreso hacia la puerta, pero me detuve antes de entrar y lo miré por encima del hombro, con esa mirada que había hecho caer imperios.
—¡Oh, querido Alexandro! —le dije con dulzura mortal—. Yo no destruyo cosas… yo las transformo en algo mejor. Y si crees que puedes controlarme o vigilarme, te aviso desde ya: vas a perder. Yo hago lo que quiero, cuando quiero y con quien quiero. Y si estarás ahí para verlo… bueno, supongo que me servirá para tener a alguien que reconozca mi genialidad. Aunque seas un poco lento para entenderla.
Él se quedó allí parado, bajo la luz de la luna, mirándome con esa mezcla de fascinación y exasperación que pronto se convertiría en su expresión habitual cuando estaba conmigo. —Estoy seguro de que será un infierno estar cerca de ti —murmuró él, pero sonreía.
—Por supuesto —respondí, abriendo la puerta—. El cielo es para los aburridos. Yo soy puro fuego, y tú ya te quemaste solo con acercarte.
Entré de nuevo a la casa con la cabeza bien alta, sintiendo el poder recorrer mis venas, sabiendo que tenía magia, riqueza, belleza y ahora… un compañero de juegos que era mucho más interesante de lo que esperaba. Mi vida en el futuro no solo era buena, era espectacular. Y si Alexandro pensaba que podía ganarme, tenía otra cosa muy distinta esperándolo. Porque yo no solo era una hechicera reencarnada, era la hechicera, y este chico misterioso, guapo y molesto, estaba a punto de descubrir que enamorarse de mí y pelear conmigo eran la misma cosa.