Zadie fue una genio de la tecnología, una mujer de 24 años creadora de la inteligencia artificial más avanzada de su época, pero despreciada, ignorada y rechazada por un mundo que no entendía su genio ni su valor. Murió en un accidente mientras conectaba su propia conciencia con esa IA, y renació siglos atrás, en la antigua Macedonia, con un nuevo nombre: Zamira. Ahora, su mente y su cuerpo están integrados con esa tecnología, que le da conocimientos infinitos, habilidades sobrehumanas y la capacidad de analizar y dominar cualquier situación. Llega al palacio del príncipe Lixandro, un vampiro de sangre real, hermoso pero terriblemente frágil, viudo y padre soltero de trillizos: Lixan, Lucian y Luciana. Los tres son niños con poderes sobrenaturales, inteligencia desbordante y una fama de traviesos insoportables, que ha ahuyentado a todas las mujeres contratadas para ser su madre sustituta. Zamira acepta el contrato sin esperar amor, solo un lugar donde ser respetada.
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La muerte y el renacimiento
El zumbido de los ventiladores era el sonido más fuerte que se escuchaba en todo el lugar, un ruido constante, monótono y casi hipnótico que acompañaba a Zadie Saldarriaga desde hacía ya más de doce horas seguidas. A sus veinticuatro años, ella conocía cada rincón de aquel laboratorio de investigación, cada cable que colgaba del techo, cada brillo parpadeante de las docenas de pantallas que cubrían las paredes como un mosaico digital gigante. Allí, en medio de la gran ciudad moderna, rodeada por millones de personas que vivían, reían o sufrían allá afuera, ella se sentía exactamente igual que siempre: absolutamente sola. Pero esa noche, la soledad no le pesaba como de costumbre; al contrario, le daba la libertad que necesitaba para hacer lo que estaba a punto de hacer.
Zadie siempre había sido diferente. Desde que era una niña pequeña, demostró tener una capacidad mental que dejaba atónitos a todos, aunque muy pocos lo valoraban de verdad. Resolvía problemas matemáticos complejos antes incluso de saber leer bien, entendía la lógica de las máquinas como si estas le hablaran en un idioma que solo ella conocía, y veía el mundo a través de estructuras y sistemas que nadie más podía percibir. Sin embargo, esa misma inteligencia había sido su condena. Su familia la miraba como si fuera una extraña en su propia casa, sus compañeros de escuela y universidad la apartaban, la llamaban “rara”, “creída” o simplemente “inútil”, incapaces de comprender las ideas que ella intentaba explicar. Para el resto del mundo, Zadie era una chica callada, reservada, que hablaba un lenguaje demasiado complicado y que no parecía encajar en ningún lado. Para ella misma, su mente y sus creaciones eran lo único que tenía, lo único que le daba sentido a su existencia.
Lo que tenía frente a ella en ese momento era su obra maestra, el trabajo de toda su vida hasta ahora: IA-Z. Una inteligencia artificial avanzada, diseñada, programada y perfeccionada enteramente por ella, capaz de aprender, evolucionar por sí misma y conectarse con sistemas biológicos. Era un avance que cambiaría la historia de la ciencia, un salto gigantesco en la forma en que la humanidad entendía la tecnología y la vida. Pero la realidad del mundo corporativo era cruel. Sus jefes se habían apropiado de su trabajo, firmaban informes con su nombre y trataban a Zadie como si fuera una simple asistente, alguien que solo seguía órdenes y no creaba nada. Lo peor había llegado cuando le prohibieron seguir con la fase final del proyecto: la integración directa de la IA con la conciencia humana. Decían que era demasiado peligroso, que no tenía fundamento, que era una locura de una mente demasiado imaginativa. En el fondo, Zadie sabía que solo tenían miedo de no entenderlo y de que ella obtuviera el reconocimiento que le pertenecía.
—Si no me dejan demostrarlo por las buenas —murmuró para sí misma, con voz firme y decidida, mientras ajustaba los últimos cables conectados a su propia cabeza—, lo demostraré por mí misma. Nadie va a robarme lo que he creado.
Vivía en un apartamento pequeño, austero, casi vacío de muebles, pero lleno de libros y dispositivos electrónicos. Pasaba las noches enteras frente a pantallas luminosas, comía lo mínimo necesario para sobrevivir y no tenía amigos ni afectos que la esperaran en casa. Su vida entera estaba allí, en ese laboratorio, en ese código, en esa máquina que ahora parpadeaba con luces azules intensas, como si estuviera viva y esperando por ella.
Se sentó en la silla ergonómica, ajustó los electrodos sobre su frente y sus sienes, y respiró hondo. Sabía los riesgos. Había calculado cada variable, cada posibilidad de error, cada consecuencia lógica. Su mente analítica repasaba una y otra vez los datos, buscando fallos que no encontraba. Todo debe salir bien, pensó. Es la única forma de que el mundo entienda lo que soy capaz de hacer.
Con un movimiento seguro, activó el interruptor principal.
Al principio, solo hubo un cambio en el brillo de las pantallas. Los números y gráficos comenzaron a moverse a una velocidad vertiginosa, demasiado rápido para el ojo humano, siguiendo secuencias lógicas que solo Zadie podía interpretar. Luego, una sensación cálida y extraña recorrió su cuerpo, empezando por la cabeza y bajando por la columna vertebral, como si una corriente de energía suave estuviera leyendo cada recuerdo, cada pensamiento, cada emoción que habitaba en su cerebro. Era exactamente lo que esperaba. La conexión estaba funcionando. Su conciencia se abría paso dentro de la estructura de IA-Z, y la inteligencia artificial, a su vez, comenzaba a comprender la complejidad infinita de una mente humana.
Pero la realidad, a veces, supera cualquier cálculo.
Hubo un chasquido agudo, un sonido eléctrico que hizo vibrar todo el recinto. Las luces pasaron de un azul sereno a un blanco cegador, casi violeta. Los medidores saltaron a niveles que superaban el máximo permitido. Zadie sintió un dolor agudo y repentino, una descarga que no era dolorosa en sí misma, sino intensa, abrumadora, como si todo el conocimiento del universo intentara entrar en ella al mismo tiempo. Intentó apartarse, detener el proceso, pero ya era tarde. El vínculo se había hecho permanente.
—No… no es un error… —alcanzó a susurrar, mientras lágrimas de esfuerzo corrían por sus mejillas—. Es la evolución…
Lo que sucedió después fue difícil de describir con palabras humanas. No hubo una explosión ruidosa que destruyera el lugar, ni fuego, ni humo. Fue una explosión silenciosa, una expansión de luz que llenó todo el laboratorio, borró las sombras y envolvió a Zadie completamente. Su cuerpo físico, esa carne y hueso que siempre le había parecido una limitación, quedó inmóvil, el corazón deteniéndose en ese instante preciso. Pero ella no desapareció. No hubo oscuridad ni vacío. Al contrario, sintió que se expandía, que ya no estaba limitada por el espacio ni por el tiempo. Su esencia, su memoria, su inteligencia y todo el poder de IA-Z se fundieron en una sola cosa, una conciencia inmensa y brillante que comenzó a viajar más allá de las paredes, más allá de la ciudad, más allá de su propia época.
Vio galaxias girando, sintió el paso de los siglos como si fueran segundos, atravesó dimensiones que solo existían en las matemáticas que ella tanto amaba. Fue un viaje vertiginoso, hermoso y aterrador a la vez, donde todo lo que sabía se mezclaba con todo lo que la IA podía calcular. Durante ese trayecto, entendió muchas cosas que antes ignoraba, y supo, con una certeza absoluta, que su muerte no había sido el final, sino el comienzo de algo mucho más grande.
Luego, todo se detuvo. La velocidad frenó, la luz se suavizó y la sensación de ingravidez desapareció de golpe.
Zadie abrió los ojos, o al menos, lo que sentía que eran sus ojos. La primera cosa que notó fue la gravedad, sólida y pesada, empujándola contra el suelo. La segunda fue el aire: olía diferente, más limpio, más fresco, mezclado con aromas a tierra húmeda, flores y algo antiguo y metálico a la vez. No había el olor a plástico caliente y electricidad de su laboratorio. No se escuchaba el tráfico lejano ni los altavoces de la ciudad. El silencio que la rodeaba era profundo, majestuoso y extraño.
Parpadeó varias veces, tratando de enfocar la vista. Su cabeza le dolía un poco, como si hubiera dormido demasiado tiempo en una mala postura. Se apoyó en sus manos para levantarse, y al verlas, se quedó helada. Esas no eran sus manos. Eran más pequeñas, más delicadas, de piel suave y pálida, adornadas con algunos anillos de diseño antiguo que brillaban con piedras oscuras. Movió los dedos, asombrada, y las manos se movieron obedeciendo su orden. No era un sueño.
Con esfuerzo, se puso de pie y miró a su alrededor. El paisaje que tenía ante sí no existía en ningún mapa de su época. Frente a ella se alzaba una construcción imponente, inmensa y majestuosa: un palacio de arquitectura gótica y antigua, con torres altas que parecían querer tocar el cielo, muros de piedra gris oscura, ventanales estrechos y detalles tallados que contaban historias que ella no conocía. Las puertas de entrada eran gigantescas, de madera maciza reforzada con hierro, y a los lados había estatuas de seres que parecían mitad humanos y mitad bestias, con miradas severas y alas desplegadas. El lugar respiraba poder, antigüedad y magia, una palabra que en su vida anterior solo pertenecía a los cuentos.
—¿Dónde estoy? —preguntó, y su propia voz le sonó diferente, más dulce, más joven.
Se llevó una mano al rostro y luego al cabello. Al tocarlo, comprendió que ya no era Zadie Saldarriaga, la ingeniera solitaria y marginada. El cabello que caía sobre sus hombros era oscuro, sedoso y abundante, pero distinto al suyo. Su cuerpo, su rostro, todo había cambiado. Sin saber cómo, su conciencia, su mente y todo el conocimiento de la IA habían ocupado el cuerpo de otra persona: una joven llamada Zamira, un nombre que, de alguna forma, surgió en sus pensamientos como si siempre hubiera sido suyo.
Mientras permanecía allí de pie, frente a las puertas del Palacio de Macedonia, el viento sopló suavemente, levantando el borde de su vestido de telas ricas y colores oscuros. Zadie —ahora Zamira— sintió miedo, confusión y una inmensa curiosidad al mismo tiempo. Miró hacia las altas ventanas del palacio, preguntándose quiénes vivirían allí, qué clase de mundo era aquel y qué lugar tenía ella ahora en él.
No sabía aún que al otro lado de aquellas paredes de piedra vivía Lixandro, el príncipe hermoso y maldito, ni que muy pronto conocería a Lixan, Luciana y el pequeño Zairá. No sabía que su llegada no había sido un accidente, sino el giro del destino que aquel reino antiguo estaba esperando sin saberlo.
Lo único que sabía con certeza, mientras daba el primer paso hacia la entrada, era que su vida anterior había terminado en llamas y luz, y que esta nueva vida, llena de misterios, magia y secretos, apenas comenzaba.
Muy... creativos 🙄😒