Ester Villaseñor es una joven soñadora, llena de ilusiones y protegida por el poder de su familia. Pero su mundo perfecto se desmorona cuando se cruza en el camino de Vincent Vane, un hombre enigmático consumido por el dolor y la sed de venganza. Diez años atrás, un trágico accidente le arrebató al amor de su vida... y el culpable lleva el mismo apellido que Ester. Decidido a hacer pagar a la familia del responsable, Vincent utilizará a Ester como la pieza clave de su cobro. Lo que ninguno anticipó es que, en medio del odio y el engaño, nacerá una atracción prohibida que amenazará con destruirlos a ambos.
NovelToon tiene autorización de Crisbella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo VII Cavando su propia tumba
Había transcurrido un mes desde aquella velada en la galería privada de Vincet. Un mes de encuentros furtivos, llamadas a altas horas de la noche, conversaciones apasionadas sobre arte y proyectos que avanzaban a pasos agigantados. Para Ester, Vincet se había convertido en su refugio, en la única persona que la veía como una mujer inteligente y capaz, en lugar de la niña protegida de los Villaseñor.
Sin embargo, mantener esa relación en secreto bajo el mismo techo que Ismael era como caminar sobre un campo minado. Y la única que había notado las ausencias sospechosas y el brillo delator en sus ojos era Samanta.
Esa tarde, el sol caía sobre el estudio de Ester. Ella terminaba de revisar unos planos de los talleres comunitarios cuando Samanta entró sin avisar, cerrando la puerta con firmeza a sus espaldas.
—Necesitamos hablar, Ester —dijo Samanta con un tono de gravedad que de inmediato borró la sonrisa del rostro de su amiga.
—¿Qué pasa, Sam? Estás muy seria —respondió Ester, dejando el lápiz sobre la mesa.
Samanta se acercó, cruzándose de brazos, y la miró fijamente con una mezcla de preocupación y temor.
—Llevas un mes escapándote a deshoras. Dices que estás trabajando en la fundación, pero sé perfectamente cuándo me estás mintiendo. Estás viéndote con alguien... y sé exactamente de quién se trata.
Ester bajó la mirada un segundo, sintiendo una punzada de culpa, pero no tardó en erguirse.
—Si lo sabes, entonces sabes que no es nada malo, Sam. Es Vincet. Él me está apoyando como nadie lo ha hecho jamás. Gracias a él, este proyecto por fin es una realidad sin depender de Ismael ni de mi padre.
—¡Por eso mismo tienes que abrir los ojos, Ester! —exclamó Samanta en un susurro desesperado, cuidando de no elevar la voz para que nadie fuera de la habitación escuchara—. No sabes con quién te estás metiendo.
—Lo conozco —defendió Ester con vehemencia, poniéndose de pie—. Es un hombre culto, generoso, apasionado...
—¡Es un hombre despiadado! —la interrumpió Samanta, tomándola suavemente por los hombros para sacudir su ingenuidad—. En el mundo de los negocios y del arte, Vincet Vane tiene reputación de ser un tiburón. Destruye a sus competidores sin parpadear, es frío, calculador y jamás da un paso sin una intención oculta. La gente como él no ayuda a los demás por pura bondad de su corazón.
Ester se soltó del agarre de Samanta, sintiendo cómo el estómago se le comprimía en un nudo de frustración.
—Estás exagerando. A mí me trata con respeto y ternura. Si Ismael supiera de esto, reaccionaría exactamente igual que tú, ¡tratando de controlarme y de decidir qué es bueno para mí!
Samanta suspiró, sintiendo el peso de la ironía. Ella, que mantenía una relación clandestina y prohibida con Ismael, sabía lo peligroso que era guardar secretos en esa casa. Pero la mirada ciega de Ester le preocupaba aún más.
—No te lo digo para controlarte, Ester. Te lo digo porque te quiero —murmuró Samanta con voz pausada—. Solo... ten cuidado. Un hombre con tanto poder y una mirada tan oscura como la de Vincet no se acerca a alguien sin un propósito. No dejes que la fascinación te impida ver el peligro.
Cuando Samanta salió del estudio, Ester se quedó en silencio, mirando la pantalla de su teléfono. Las palabras de su amiga resonaban en su mente como un eco molesto, pero la calidez de los recuerdos del último mes con Vincet pesaba mucho más.
Sin pensarlo dos veces, tomó su teléfono y le envió un mensaje a Vincet: “¿Podemos vernos esta noche?.
Ciega por el afecto y la libertad que él le prometía, Ester acababa de dar un paso más hacia el centro de la trampa.
La respuesta a su mensaje no tardó en llegar. Vincet había aceptado verla esa misma noche. Para él, había llegado el momento de acabar con las medias tintas; los pasos que había ejecutado durante ese último mes para desmantelar el imperio de los Villaseñor estaban más firmes que nunca. Ya era hora de dar la estocada final.
En ese momento, Elías entró a la elegante oficina de la corporación llevando consigo una carpeta de documentos.
—Recuerde, señor, su cita de esta noche con los inversionistas de la familia De la Vega —comentó Elías mientras repasaba mentalmente la agenda del día.
—Cancela cualquier cita programada para hoy —ordenó Vincet sin levantar la mirada de sus papeles—. Tengo planes esta noche y no pienso cambiarlos.
Elías, secretario y mano derecha de Vincet, conocía cada uno de los movimientos de su jefe. Sabía perfectamente a qué y a quién se refería. En el fondo de su pecho, sintió una punzada de amargura y pena por Ester. A lo largo de esas semanas de gestiones y reuniones por el proyecto de la fundación, había tenido la oportunidad de tratarla y darse cuenta de que ella no tenía nada que ver con la arrogancia de Ismael; era genuina, noble e inocente.
Sin embargo, la lealtad de Elías estaba atada a Vincet desde hacía años y no podía traicionarlo, aunque la culpa empezara a carcomerlo.
—¿Pasa algo, Elías? —la voz fría de Vincet interrumpió sus pensamientos.
Elías guardó silencio un segundo, sopesando si valía la pena cruzar la línea, pero la imagen de la joven sonriendo con ilusión por su proyecto fue más fuerte.
—Solo... quiero recordarle que la señorita Ester es inocente —soltó Elías con voz firme pero cautelosa—. Ella es completamente distinta a su familia, señor.
Un golpe seco y ensordecedor retumbó en la oficina. Vincet había plantado ambas manos con violencia sobre el escritorio de caoba, poniéndose de pie de golpe. Sus ojos despedían un destello peligroso.
—¡Ella es una Villaseñor! —rugió Vincet, con la garganta apretada por una rabia contenida durante años—. Y por lo tanto, es exactamente igual al resto de su estirpe. Ya te lo dije una vez, Elías: todos los que lleven esa maldita sangre pagan la misma culpa.
Elías sostuvo la mirada cargada de furia de su jefe. No sintió miedo, sino una profunda tristeza por el hombre que tenía enfrente, consumido por la sombra de su propio pasado.
—Solo espero que no te arrepientas de lo que estás a punto de hacer —murmuró Elías en tono pausado.
Sin esperar la respuesta de su jefe, Elías dio media vuelta y salió de la oficina, cerrando la puerta tras de sí. Sintió un nudo amargo en la garganta y una frustración aplastante. No tenía el poder ni la audacia para detener la maquinaria de venganza de Vincet, y saber el trágico destino que le esperaba a Ester lo estaba torturando.
Al final supieron renacer como pareja
Dale con todo por idiota