“Cuando el pasado guarda sus secretos, dos destinos chocan entre el odio, el poder y una promesa que cambiará todo.”
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CAPÍTULO 15
⚠️ PARA MAYORES DE 18 AÑOS ⚠️
Si no estás preparado/a para leer contenido con temas fuertes y situaciones de tensión, no continúes.
—Isabella
Entré al casino de la universidad sintiendo que cada paso pesaba una tonelada.
El dolor de lo que había pasado en el hotel todavía recorría cada rincón de mi cuerpo, latente y vivo, pero tenía que ocultarlo todo.
Tenía que caminar derecha, sonreír, actuar como si nada hubiera sucedido, como si no me hubieran roto en mil pedazos pocas horas antes.
Me senté en una mesa apartada, lejos de las miradas más curiosas, y dejé la bandeja delante de mí sin tener fuerzas para tocar nada.
Solo miraba hacia la entrada, con el corazón en la garganta, esperando no sé qué, pero sabiendo que él aparecería en cualquier momento.
Al rato la vi:
Adriella venía caminando despacio de la mano de mi mamá, que no estudia aquí pero la había traído para que pasara un rato con nosotros.
La niña miraba todo con ojos brillantes, curiosa por la gente, por el ruido, por el lugar.
Pero en cuanto me vio, soltó la mano de mi mamá de inmediato y corrió hacia mí con sus piececitos pequeños.
Se acercó a la silla y se trepó con agilidad, sentándose muy pegada a mi costado y abrazándome del brazo con fuerza.
—Te vi y quise estar contigo —me dijo con su vocecita dulce—.
Mi abuelita me dijo que sí, que podía venir.
Yo le acaricié el cabello con mucho cuidado, temblando apenas, y le sonreí con todo el cariño que me quedaba:
—Me alegro muchísimo, mi princesa.
Quédate aquí todo el rato que quieras.
Y pensé en lo rápido que pasaba el tiempo:
la semana que viene cumpliría cuatro años, y todavía no teníamos claro si podría entrar a prekínder, si todo saldría bien, si habría un lugar para ella.
No tardó mucho en aparecer él.
Caminaba con paso firme y tranquilo, con esa apariencia impecable que engañaba a todo el mundo:
Ropa ordenada, porte seguro, una sonrisa que parecía sincera.
Al vernos, esa sonrisa se ensanchó, y se acercó despacio, como si disfrutara de vernos así.
Se sentó al otro lado de la niña, y al instante pasó su mano sobre la mía, apoyada en la mesa, apretándola con una presión sutil que solo yo pude sentir:
Una advertencia silenciosa, un recordatorio de quién manda.
—Ahí están mis dos tesoros más grandes —dijo con voz suave, cálida, tan convincente que cualquiera habría creído que era el hombre más feliz del mundo—.
¿Y tú, mi amor?
¿Ya estás ansiosa por tu gran día?
La semana que viene cumples cuatro años…
Y veremos si entras a pre kínder.
¿te gusta la idea?
Adriella empezó a hablar emocionada, contando qué quería para su fiesta, qué colores le gustaban, qué juegos quería tener.
Él la escuchaba con atención, asentía, le hacía preguntas, le acariciaba la cabeza con una ternura que parecía real.
De vez en cuando me miraba a mí, me preguntaba algo sobre la comida, sobre mis clases, y yo tenía que responder con voz tranquila, tenía que sonreír, tenía que fingir que todo era perfecto.
La gente que pasaba por al lado nos miraba y sonreía también:
Veían a un hombre atento, a una mujer enamorada, a una niña feliz, a una familia que se quería de verdad.
Nadie podía imaginar lo que escondían esas miradas, esas caricias, esas palabras.
Nadie sabía que yo estaba sentada allí con el alma destrozada, obligada a representar un papel que no era mío.
—Adrián
La vi llegar y vi cómo la niña se aferraba a ella con toda su inocencia.
Y supe que tenía que mantener el juego a la perfección.
No podía fallar, no podía mostrar ni un solo rastro de lo que había pasado entre nosotros.
Tenía que ser el padre cariñoso, el novio entregado, el hombre que todos envidiaban.
Mientras hablábamos del cumpleaños, de la escuela, de cosas simples y cotidianas, sentía cómo ella temblaba apenas bajo mi mano.
Sabía que entendía cada mensaje oculto, cada presión, cada mirada.
Sabía que esta felicidad aparente no era más que otra de mis reglas:
que teníamos que parecer unidos, que teníamos que parecer felices, aunque por dentro estuviéramos en una guerra sin fin.
Todos ven lo que yo quiero que vean.
Nadie sospecha nada.
Nadie sabe que cada sonrisa, cada abrazo, cada palabra es una mentira que ella se ve obligada a sostener.
Y mientras todos crean que somos la pareja perfecta, yo sigo avanzando en mi camino… y ella sigue siendo mía, en público y en secreto, sin ninguna escapatoria.
—Isabella
Me quedé allí sentada, escuchándolos, asintiendo, fingiendo, mientras el tiempo pasaba despacio.
Y solo podía pensar en una cosa:
nadie ve lo que yo veo.
Nadie sabe que detrás de esta mesa, de estas risas y de esta aparente calma, yo soy solo una prisionera obligada a actuar como si fuera libre.