Una simple coincidencia fue suficiente para cambiar el destino de dos mundos.
Zea nunca debió cruzarse en el camino del Rey Alfa.
Él es el gobernante más poderoso de todos los clanes. Un hombre cuya sola presencia inspira obediencia. Frío. Implacable. Incapaz de amar. Su vida siempre ha estado regida por una única ley: el deber está por encima de cualquier sentimiento.
Hasta que la conoce.
Desde el primer instante, algo en Zea despierta un instinto que creía muerto. Por primera vez, el Rey Alfa desea algo para sí mismo... y está dispuesto a desafiar al destino para conseguirlo.
Pero Zea también es un misterio.
Su familia ha vivido escondiendo una verdad tan antigua como peligrosa. Un secreto que ha pasado de generación en generación con una única regla: jamás acercarse a un alfa... y bajo ninguna circunstancia, a un Rey.
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Capítulo 18 La Mansión de los Ducker
La mansión Ducker era un monumento a la opulencia y el poder. Situada en la colina más alta de la ciudad, sus torres de piedra blanca se elevaban hacia el cielo como dedos acusadores, y sus jardines, meticulosamente cuidados, eran la envidia de todas las familias nobles de la manada. Pero esa tarde, el ambiente en su interior no era de celebración, sino de conspiración y lágrimas.
Briana paseaba por la sala principal, su rostro tenso y sus ojos brillando con una furia apenas contenida. A sus pies, arrodillada en el suelo de mármol, Caterina sollozaba desconsoladamente. Sus ropas aún estaban manchadas, y el recuerdo de la humillación en la universidad ardía en su piel como una marca imborrable.
—¡Basta de llorar! —exclamó Briana, deteniéndose frente a su sobrina menor—. Tus lágrimas no van a resolver nada. ¡Levántate y actúa como una loba de verdad!
Caterina levantó la cabeza, su rostro manchado de lágrimas y su maquillaje corrido. "Tía, estoy arruinada. El Rey Alfa me vio... me vio orinada. Todos me vieron. Mi reputación está destruida. ¡Nadie querrá casarse conmigo ahora!"
—Eso no es cierto —intervino una voz suave pero firme desde el otro lado de la sala.
Isabel, la hermana mayor de Caterina, se levantó lentamente de su butaca. Era una omega de belleza fría y calculadora, con cabello rubio platino y ojos de un azul helado que rara vez mostraban emoción. Su porte era impecable, su vestido de seda blanca caía sobre su cuerpo como una segunda piel, y cada uno de sus movimientos estaba medido para proyectar elegancia y control.
Isabel caminó hacia su hermana menor y se arrodilló frente a ella, tomándole el rostro entre sus manos con una suavidad que contrastaba con la frialdad de sus ojos.
—Escúchame, Caterina —dijo Isabel, su voz baja y serena—. Lo que pasó en la universidad fue humillante, sí. Pero no es el fin del mundo. La gente olvida. Los rumores se desvanecen. Y tú, con el tiempo, podrás reconstruir tu reputación. Pero para eso, necesitas dejar de llorar y empezar a pensar.
Caterina sollozó, pero asintió débilmente. "¿Y qué se supone que debo hacer? El Rey Alfa me odia. Me amenazó. Dijo que si volvía a molestar a esa omega, me... me..."
—Lo sé —la interrumpió Isabel, con un tono que no dejaba lugar a dudas—. Pero yo hablaré con él. Pediré clemencia para ti. Diré que solo seguiste mis órdenes, que todo fue culpa mía. Y él, aunque no le agrado, respeta a las familias nobles. Me escuchará.
Briana sonrió con satisfacción. Su sobrina mayor siempre había sido la más astuta, la más calculadora. Sabía que Isabel no decía esas palabras por amor a su hermana, sino porque veía en Caterina una pieza útil en su tablero.
—Bien, Isabel —dijo Briana, asintiendo con aprobación—. Pero no admito errores. Quiero que el consejo de lobos ancianos te elija como Reina. Y si Bruno se opone, debe quedar claro que tú te sacrificarás por el bien de la manada. Que no te interpondrás entre la omega y él. Promete, acepta. Luego nos encargaremos del resto.
Isabel se levantó lentamente, su rostro imperturbable. "Prometo, tía. Haré lo que sea necesario para asegurar mi lugar como Reina. Y si eso significa fingir que acepto a esa omega, lo haré. Pero solo por ahora."
Briana la miró con orgullo, luego dio media vuelta y salió de la sala, dejando a las dos hermanas solas.
El silencio se extendió entre ellas durante un largo momento. Finalmente, Isabel se giró hacia Caterina, y su expresión cambió. La máscara de serenidad se desvaneció, y por un instante, sus ojos mostraron una sombra de preocupación genuina.
—Caterina, ten cuidado —dijo Isabel, su voz baja y seria—. Tengo un mal presentimiento con esa tal Zea. Hay algo en ella, algo que no puedo explicar. Los alfas no se sienten atraídos por omegas comunes sin razón. Y un Rey Alfa, menos aún.
Caterina levantó la cabeza, sus ojos aún rojos por el llanto. "¿Qué quieres decir, hermana?"
Isabel caminó hacia la ventana, mirando el horizonte con sus ojos helados. "No lo sé aún. Pero hay algo en esa chica que la hace especial. Algo que puede atraer a un gran Alfa como Bruno. Y eso no es poca cosa."
Se volvió hacia su hermana, y su mirada se endureció. "Voy a hablar con Zea. Quiero saber quién es. Quiero saber qué tiene que la hace tan especial. Quiero saber... qué es."
Caterina se levantó temblorosamente, secándose las lágrimas con el dorso de la mano. "¿Y qué harás cuando lo sepas?"
Isabel sonrió, pero su sonrisa no llegó a sus ojos. "Entonces decidiré cómo eliminarla. Porque, hermana, no importa lo especial que sea. Yo seré la Reina. Y no permitiré que una omega cualquiera me arrebate lo que es mío por derecho."
La determinación en su voz heló la sangre de Caterina. Sabía que su hermana, cuando se proponía algo, no descansaba hasta lograrlo. Y esa determinación, mezclada con la frialdad de su corazón, la convertía en una enemiga temible.
Mientras tanto, en la casa de los Durlin, Zea estaba en su habitación, acariciando el mechón de pelo negro que había encontrado en el jardín. Aún sentía la calidez de la protección de Bruno, la certeza de que su lobo había velado por ella durante la noche.
Pero en su corazón, también sentía un presentimiento. Algo le decía que la tormenta no había terminado. Que lo peor estaba por venir.
Y, de alguna manera, sabía que estaba en lo cierto.