Sangre y Cenizas
"Te mataría si pudiera dejar de amarte"
Maya es cazadora de vampiros. Lucien es el vampiro que debería haber
muerto hace años.
Entre encuentros clandestinos y besos prohibidos, descubren que existe
un amor más peligroso que cualquier arma: uno que te envenena desde
adentro, que te hace traicionar todo lo que eres, y que solo termina
de una manera.
En la oscuridad, donde el bien y el mal se desdibujan, dos almas
rotas aprenderán que algunos fuegos nunca deberían encenderse.
Pero algunos ya arden.
NovelToon tiene autorización de NOVA07 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 2: Cicatrices del Pasado
Maya no durmió esa noche.
Se fue directo a la casa de su padre después de dejar el almacén, sus manos aún temblando de adrenalina. No por el miedo. Por algo que no quería nombrar.
La casa era una mansión antigua en las afueras de la ciudad, rodeada de un muro de piedra gris que había visto mejores días. Adentro, todo era oscuridad y silencio. Su padre estaría en el sótano, como siempre. Entrenando. Preparándose para la siguiente cacería.
Maya bajó las escaleras de piedra, sus botas resonando en el eco vacío. El sótano era enorme, una fortaleza subterránea llena de armas: cuchillos de plata, estacas de fresno, frascos de agua bendita, símbolos de protección grabados en las paredes. En el centro, bajo una lámpara de luz amarilla, su padre estaba golpeando un saco de arena con los puños desnudos.
Thomas Blackwood tenía cincuenta y dos años pero parecía diez más viejo. Su cabello era completamente gris, su cara estaba marcada por cicatrices de batallas pasadas, y sus ojos eran del mismo gris acero que los de Maya, pero más fríos. Mucho más fríos.
No se detuvo cuando ella entró. Siguió golpeando, una y otra vez, con una precisión y una furia que solo venía del dolor.
—Mataste al vampiro del almacén —dijo sin voltear.
—Sí —respondió Maya, acercándose.
Él hizo un último puñetazo y se detuvo, respirando con dificultad. Se giró hacia ella, sus ojos estudiándola.
—Pero no fue el único que estuvo allí.
No era una pregunta. Era una acusación.
Maya sintió que su garganta se cerraba. Su padre siempre sabía. Era como si tuviera algún tipo de sexto sentido para detectar cuando ella estaba mintiendo.
—Había otro. Más antiguo. Más fuerte.
Thomas se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano y caminó hacia una mesa donde había una botella de whisky y un vaso. Se sirvió un trago generoso y se lo bebió de un sorbo.
—¿Y? —preguntó, sin mirarla.
—Y nada. Se fue.
—¿Se fue? —Ahora sí se giró, sus ojos entrecerrados—. Los vampiros antiguos no se van, Maya. Matan o son matados. Es así de simple.
—Este fue diferente.
Thomas dejó caer el vaso sobre la mesa con un golpe seco.
—No existe "diferente" cuando se trata de vampiros. Son depredadores. Son monstruos. Son la razón por la que tu madre está muerta. —Su voz se quebró ligeramente en la última palabra, pero se recuperó rápidamente—. ¿O ya lo olvidaste?
Fue como un golpe en el estómago. Maya sintió que su rabia se encendía, ardiente y familiar.
—No lo olvidé —susurró.
—Entonces no vuelvas a decirme que un vampiro es "diferente". Todos merecen morir. Todos son asesinos. —Se sirvió otro whisky—. Mañana irás a la iglesia de San Miguel. Tu tía te dará una nueva misión. Hay reportes de un nido de vampiros en el barrio sur. Tres, tal vez cuatro. Los quiero a todos muertos antes del fin de semana.
Maya asintió, pero su mente estaba en otro lugar. En unos ojos rojos que brillaban en la oscuridad. En una voz que susurraba palabras que no debería haber entendido pero que resonaban en su pecho.
Subió a su habitación sin decir otra palabra.
Su cuarto era austero, casi monacal. Una cama, un escritorio, un armario. Las paredes estaban cubiertas con mapas de la ciudad, fotos de vampiros que había matado, notas sobre patrones de ataque. No había espejo. Su padre decía que la vanidad era una debilidad que los vampiros explotaban.
Se dejó caer en la cama, aún con la ropa mojada de lluvia. Cerró los ojos y lo vio de nuevo. Su rostro perfecto e imposible. Sus ojos rojos como el fuego. La forma en que se movía, como si la gravedad no le aplicara.
"Yo también busco la muerte", había dicho.
¿Qué significaba eso? ¿Era una trampa? ¿Una forma de manipularla?
Pero había algo en su voz. Algo que sonaba a verdad. Algo que sonaba a dolor.
Maya se incorporó bruscamente. ¿Qué le estaba pasando? Había sido entrenada desde los ocho años para ser una máquina de matar. Para ver a los vampiros como nada más que objetivos. Para no sentir nada excepto la necesidad de venganza.
Y sin embargo, cuando ese vampiro desapareció en las sombras, lo que sintió no fue alivio.
Sintió... pérdida.
Mientras tanto, a treinta kilómetros de distancia, en un loft abandonado en el corazón del distrito industrial, Lucien estaba sentado en la oscuridad total.
No necesitaba luz. Su vista nocturna era perfecta, como todo en él. Perfecto y maldito.
Tenía doscientos treinta y cuatro años. Había sido convertido en vampiro en 1792, durante la Revolución Francesa, por una mujer que decía amarlo. Esa mujer lo había traicionado tres años después, vendiéndolo a cazadores a cambio de dinero. Había sobrevivido, pero perdió todo lo demás.
Su nombre verdadero era Lucien Devereux. Había sido un músico en París, un compositor de sinfonías que hacían llorar a las multitudes. Tenía una prometida, una hermana, una madre. Tenía una vida.
Todo eso fue arrebatado de él en una noche.
Ahora era solo un depredador que vagaba por las noches, matando para sobrevivir, sin propósito más allá de la próxima cacería, el próximo sabor de sangre fresca.
Hasta esta noche.
Hasta que vio a la cazadora.
Lucien se pasó la mano por el cabello, frustrado. Ella tenía diecinueve años, tal vez veinte. Era joven, fuerte, furiosa. Y había algo en ella que lo hipnotizaba. No era su belleza, aunque era hermosa en ese sentido salvaje y peligroso. Era su dolor.
Podía olerlo en ella, como dijo. Era tan intenso, tan crudo, que era casi embriagador. Era el dolor de alguien que había perdido todo y había decidido que la única forma de seguir viviendo era matando.
Lucien reconocía ese dolor. Porque era el suyo.
Se levantó y caminó hacia la ventana. La lluvia seguía cayendo sobre la ciudad dormida. En algún lugar de esa ciudad, ella estaría despierta también, pensando en él.
Él lo sabía.
Porque él estaba pensando en ella.
Y eso era más peligroso que cualquier cuchillo de plata.