Perséfone renació con un único propósito: corregir el error que destruyó su vida anterior. Pero no esperaba que la misma familia que juró protegerla volviera a condenarla.
Una mentira de Afrodita despierta la furia de Apolo, el dios del sol. Ciego de rabia, la golpea hasta dejarla al borde de la muerte, mientras Zeus y Deméter permanecen en silencio.
Cuando Perséfone cree que volverá a morir, alguien detiene el golpe.
Hades.
El temido dios del inframundo desafía a los olímpicos, descubre la mentira y salva a la mujer que todos abandonaron. Herida y desesperada, Perséfone toma una decisión que cambiará su destino: seguirlo voluntariamente al reino de la muerte.
Allí descubrirá que el monstruo que todos temen puede convertirse en su refugio, mientras ella devuelve flores a su oscuridad y vida a su corazón.
Pero Apolo descubrirá demasiado tarde a quién perdió.
Y esta vez, Perséfone no piensa regresar, porque allí encontró el amor que siempre mereció de verdad.
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El veneno y la mentira final
El sueño se volvió pesado, denso, cargado de un olor amargo a hierbas quemadas y traición. Perséfone vio cómo llegaba aquel día, el último de todos, el que selló su destino en aquella vida que no fue. Era una tarde como cualquier otra, pero el aire estaba cargado de una tensión que solo Afrodita parecía sentir, esperando, tramando, con una sonrisa fría y calculadora dibujada en los labios.
Todo empezó con la infusión. Como siempre, Perséfone la había preparado con cuidado, con las mismas hierbas, con las mismas manos, con la misma intención de sanar. La dejó sobre la mesa, tal como hacía cada tarde, y se apartó, bajando la mirada, dispuesta a desaparecer para que no estorbara. Pero Afrodita la detuvo con un gesto suave, una mano sobre su brazo, que ella retiró de inmediato por instinto.
—Espera, hermana —le dijo con voz dulce, demasiado dulce—. Déjame probarla primero. No vaya a ser que algo haya salido mal. Yo me preocupo tanto por él…
Perséfone no contestó. Solo asintió, mientras Afrodita tomaba la taza, daba un sorbo pequeño, hacía una mueca de fingida duda, y luego se la entregó a Apolo, que llegaba en ese momento, imponente y hermoso, ciego y sordo a todo lo que no fuera ella.
—Está perfecta, mi amor —le dijo Afrodita, acercándola a sus labios—. Bebe. Para que te sientas mejor. Todo lo hago pensando en ti.
Apolo bebió. Y en cuanto las últimas gotas bajaron por su garganta, el mundo se rompió.
Su cuerpo se tensó de golpe. La taza cayó al suelo y se hizo añicos, el sonido seco y cruel resonando en todo el salón. Se llevó ambas manos al pecho, abriendo la boca sin poder respirar, con los ojos muy abiertos, llenos de un dolor feroz que lo dobló por la mitad. Su piel, siempre cálida y dorada, se volvió pálida, grisácea, y el sudor frío brotó de inmediato en su frente.
—¿Qué… qué me has dado? —jadeó, con la voz rota, mirando a todos lados, confundido, aterrorizado.
Afrodita soltó un grito desgarrador, una actuación perfecta, tan real que habría engañado a cualquiera. Se arrodilló junto a él, lo abrazó, y levantó la vista hacia Perséfone con ojos llenos de lágrimas fingidas y un brillo de triunfo cruel que heló la sangre de la otra diosa.
—¡Tú! —gritó Afrodita, señalándola con un dedo tembloroso—. ¡Fuiste tú! ¡Lo envenenaste! ¡Lo hiciste a propósito! ¡Dijiste que nos odiabas! ¡Dijiste que si no podía ser tuyo, no sería de nadie!
—¡No! —gritó Perséfone, dando un paso hacia ellos, horrorizada, sin poder creer lo que estaba escuchando—. ¡Yo no hice nada! ¡Es la misma infusión de siempre! ¡Tú misma la probaste! ¡Tú la diste a él!
—¡Mentira! —sollozó Afrodita, apretándose contra Apolo mientras él luchaba por cada respiración—. ¡La preparaste tú! ¡Tú sabes de hierbas, tú sabes de venenos! ¡Yo solo la llevé! ¡Tú la envenenaste por celos! ¡Porque no puedes soportar que él me ame a mí!
Apolo, luchando contra un dolor que lo estaba consumiendo poco a poco, levantó la cabeza lentamente. Sus ojos, antes llenos de indiferencia, ahora estaban llenos de un odio puro, ardiente, absoluto. La miró a ella, a la mujer que lo había salvado cien veces, a la que lo había cuidado en silencio durante años, y en esa mirada no quedó ni un solo rastro de duda. Ni un ápice de recuerdo. Solo asco. Solo certeza.
—Tú… —susurró él, con voz quebrada por el dolor—. Siempre fuiste… oscura. Siempre… tuviste veneno en el alma.
—¡No, Apolo, por favor, escúchame! —suplicó ella, acercándose más, con las manos levantadas en un gesto de inocencia desesperada—. ¡Ella miente! ¡Mira cómo actúa! ¡Tú sabes que yo nunca te haría daño! ¡Tú sabes que te amo!
—¡Amor… no es esto! —gritó él, y el sonido de su voz fue como un trueno—. ¡Esto es odio! ¡Eres una serpiente! ¡Te di mi techo, te di mi perdón, y así me lo pagas! ¡Con la muerte!
—¡No! —lloró ella, cayendo de rodillas a unos pasos de él, sintiendo cómo el corazón se le despedazaba—. ¡Jamás! ¡Daría mi vida por ti! ¡Tómalo! ¡Toma mi vida y déjalo a él! ¡Por favor, créeme!
Pero él ya no escuchaba. El dolor lo cegaba, y la mentira era más cómoda que la verdad. Afrodita lo sostenía, le susurraba palabras de consuelo y de venganza, le decía que la matara, que la hiciera pagar, que no merecía vivir. Y él, en su furia, en su dolor, en su estupidez, le creyó. Le creyó a ella, la mentirosa, la envenenadora, y no a la que lo había amado en silencio toda su vida.
—Te odio… —escupió él, y esas dos palabras fueron más mortales que cualquier veneno—. Te odio con toda mi alma. Y si sobrevivo… te haré pagar cada gota de dolor que me estás causando.
Perséfone se quedó allí, arrodillada, viendo cómo él se debilitaba más y más, viendo cómo la mujer que había hecho todo eso lo abrazaba y sonreía por encima de su hombro, sonreía con una satisfacción terrible, sabiendo que había ganado, que había destruido a ambas sin levantar un solo dedo.
—¿Por qué? —susurró Perséfone, mirando a su hermana, con lágrimas cayendo sin control—. ¿Por qué lo haces? ¿No es suficiente con que me hayas quitado todo?
Afrodita inclinó la cabeza hacia ella, sin dejar de sostener a Apolo, y le respondió con una voz que solo ella pudo escuchar, fría y venenosa:
—Porque él te quería a ti, aunque no lo supiera. Porque cuando te miraba sin darse cuenta, había algo en sus ojos que no tenía conmigo. Y yo no comparto. Yo no permito sombras. Así que te destruí. Y lo destruí conmigo. Pero al final… él me odiará a mí, pero te odiará más a ti. Y eso es suficiente para mí.
Perséfone sintió que el mundo se desmoronaba. No por el veneno. No por la acusación. Sino por la certeza absoluta de que nada de lo que había hecho importaba. Ningún cuidado, ninguna infusión, ninguna noche de insomnio velando su sueño. Nada. Porque él había elegido creer lo peor de ella sin dudar ni un segundo. Y eso… eso era la muerte antes de la muerte.
En la cama, en el presente, Perséfone gimió de dolor, apretando los puños con tanta fuerza que las uñas se clavaron en la carne, y las lágrimas brotaron con violencia, calientes y amargas, por la injusticia que ardía en su pecho.
—¡No era verdad! —susurró con voz quebrada, temblando de rabia impotente—. ¡Yo no hice nada! ¡Él lo sabía… en el fondo lo sabía… y aun así eligió odiarme!
Hades se removió a su lado, sintió su dolor y la atrajo hacia sí sin despertar del todo, murmurando algo ininteligible, un refugio, un consuelo. Y ella se aferró a él, con el alma hecha pedazos por una vida que no vivió, pero que dolía como si la hubiera vivido entera. Pero sabía que esto no era lo peor. Sabía que la traición era solo el preludio del final. Y el corazón se le encogió al saber que lo que venía era la muerte. Su muerte. A manos del hombre que decía amarla.