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Pecado Clandestino

Pecado Clandestino

Status: En proceso
Genre:Romance / Posesivo
Popularitas:6.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Miliarias

Julián Zaragoza lo tiene todo bajo control, excepto su propia vida. A sus 30 años, es el frío y respetado director de una firma de administración aduanera internacional, viudo y padre soltero de una rebelde joven de 18 años. El estrés corporativo y la rutina lo están asfixiando por dentro.
​Entonces conoce a Esther Molina.
​Ella tiene 27 años, una hija pequeña a la que proteger y un pasado oscuro que dejó atrás: años atrás, trabajó en un prostíbulo. Cuando Julián descubre su secreto, no la juzga. Ve en ella la vía de escape perfecta.
​La propuesta de Julián es tan directa como indecente: una relación puramente física. Sin citas, sin preguntas sobre sus vidas personales, sin involucrar a sus hijas y, sobre todo, sin enamorarse. Un pacto donde la única regla es el placer absoluto para olvidar el mundo exterior.

NovelToon tiene autorización de Miliarias para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Mis fantasmas

El calor de la noche se colaba por las rendijas de la cafetería, pero el verdadero incendio lo llevaba por dentro.

Hacía dos días que Julián Zaragoza había entrado por esa puerta y, desde entonces, no había podido concentrarme. Su mirada gris, tan afilada como el cristal y cargada de una oscura promesa, se me había quedado grabada a fuego bajo los párpados. Un hombre como él, que respiraba poder, dinero y peligro en cada movimiento, no tenía nada que buscar en la vida de una mujer como yo.

Yo no era una chica común. Tenía veintisiete años, una hija de seis que era mi universo entero y un pasado que intentaba enterrar con cada piso que tallaba y cada café que servía. Había pasado años en un prostíbulo, vendiendo fantasías para comprar mi libertad. Ahora que la tenía, no podía permitirme flaquear.

—Ya casi termino, mi amor —le susurré a la pequeña Sofía, que dormitaba en la pequeña mesa del fondo, acurrucada con sus lápices de colores.

Faltaban diez minutos para la medianoche. Comencé a apagar las luces principales, dejando el local en una penumbra suave, íntima. Me desaté el delantal negro, estirando los músculos de la espalda. Al hacerlo, la blusa se pegó a mi cuerpo, y un escalofrío me recorrió la espina dorsal. De pronto, la campana de la entrada tintineó.

Sentí un vuelco en el estómago, pensando que era él. Que Julián había vuelto para reclamar la tensión que dejamos flotando en el aire. Pero cuando levanté la vista, la sangre se me congeló en las venas.

No era Julián.

—Vaya, vaya... Miren a quién me encontré. La joya de la corona jugando a la mesera noble —la voz áspera y burlona de Mario llenó el espacio.

Mario. El maldito capataz del prostíbulo donde solía trabajar. Un tipo alto, con olor a tabaco barato y los ojos inyectados de malicia. Avanzó hacia la barra con pasos lentos, acorralándome con la mirada.

—Mario, vete. Este lugar está cerrado —dije, tratando de mantener la voz firme, aunque mis manos temblaban detrás del mostrador. Miré de reojo a Sofía; por suerte, seguía profundamente dormida.

—No me hables así, Esther. ¿Ya te olvidaste de quién te daba de comer? —se inclinó sobre la barra, acortando la distancia. Su aliento agrio me revolvió el estómago—. Te fuiste debiendo favores, preciosa. Y tu antiguo jefe quiere su corte. O vuelves a trabajar el fin de semana para pagar la deuda, o tendré que contarle a los dueños de este bonito local de dónde sacabas los billetes antes.

—¡Yo no debo nada! Pagué cada centavo —siseé, con las lágrimas de la rabia agolpándose en mis ojos. El miedo a perder la custodia de mi hija, a que mi vida limpia se desmoronara, me estaba asfixiando—. Vete, por favor...

Mario estiró la mano y me tomó bruscamente del mentón, obligándome a mirarlo. Sus dedos se enterraron en mi piel.

—Vas a venir conmigo ahora misma, perra, y vamos a arreglar las cuentas a mi manera...

—Suéltala. Ahora mismo.

La voz no llegó como un grito, sino como un latigazo de autoridad pura, frío y letal.

Giré la cabeza como pude. En el umbral de la puerta, bañado por la penumbra del local, estaba Julián. Llevaba el abrigo oscuro desabrochado y la camisa blanca ligeramente abierta en el cuello. Sus ojos grises estaban fijos en la mano de Mario, inyectados de una furia asesina que transformó el ambiente por completo. El aire se volvió pesado, eléctrico.

Mario lo miró de arriba abajo, intimidado de inmediato por el porte impecable y la corpulencia de Julián.

—¿Y tú quién eres, imbécil? No te metas en asuntos de pareja. Esta mujer es una...

—Te he dicho que la sueltes —Julián avanzó tres pasos. No dudó. Con un movimiento rápido y preciso, tomó la muñeca de Mario y la torció hacia atrás. Un gemido de dolor escapó de los labios del tipo, obligándolo a soltarme.

Julián lo empujó contra la pared con una fuerza brutal, acorralándolo con su propio cuerpo. La diferencia de poder era ridícula. Julián exudaba el control de un hombre acostumbrado a someter a los demás con una sola orden.

—Si vuelves a tocarla, si vuelves a acercarte a este lugar o a pronunciar su nombre, me encargaré personalmente de que termines flotando en el puerto. ¿Te queda claro? —le susurró Julián al oído, con una calma que daba pánico.

Mario, pálido y temblando, asintió con la cabeza. Julián lo soltó de golpe, abriendo la puerta para él.

—Lárgate.

El tipo corrió perdiéndose en la oscuridad de la calle. La cafetería quedó en un silencio absoluto, solo interrumpido por el sonido de nuestras respiraciones agitadas.

Me abracé a mí misma, temblando, con el corazón golpeándome el pecho como un animal enjaulado. Mi pasado estaba expuesto. Julián lo había escuchado. Ahora sabía perfectamente qué clase de mujer había sido. Esperaba ver asco en sus ojos, el juicio frío de un hombre de la alta sociedad.

En lugar de eso, Julián cerró la puerta con llave y se giró hacia mí. Sus pasos fueron lentos, seguros, hasta quedar a escasos centímetros. El calor que desprendía su cuerpo me envolvió de inmediato. Su mirada recorrió mi rostro, deteniéndose en la marca roja que los dedos de Mario habían dejado en mi mandíbula.

—¿Estás bien? —preguntó. Su voz ya no era fría; era un murmullo ronco, cargado de una preocupación que me caló hondo.

—Tú... escuchaste lo que dijo —logré articular, bajando la cabeza, avergonzada—. Ya sabes lo que soy. De dónde vengo.

Julián dio un paso más, rompiendo cualquier barrera invisible. Estiró su mano grande y me tomó con una delicadeza infinita del mentón, obligándome a levantar la vista. El contacto de su piel contra la mía encendió una corriente eléctrica que me hizo jadear. Sus dedos acariciaron la zona lastimada, borrando el dolor con su calidez.

—No me importa una mierda tu pasado, Esther —susurró, con los ojos oscurecidos por un deseo feroz que me encendió las venas—. Lo único que veo aquí es a una mujer que me está volviendo loco.

Nuestras respiraciones se mezclaron. Su boca estaba tan cerca de la mía que podía sentir el calor de sus labios. La atracción era insoportable, una fuerza magnética que nos empujaba a devorarnos allí mismo, en la penumbra de la cafetería, ignorando el peligro, el pasado y las reglas del mundo exterior.

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Rita Coba
cómo está es embarazo de aldo riesgo no pueden tener relaciones sexual 🤣
Rita Coba
ojalá ke se estén cuidando si embarazo en la puerta 🤣🤣
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