Celeste Marín fue abandonada frente a toda la manada el día de su ceremonia. Sin Alpha, sin voz y con su madre agonizando en una clínica privada, quedó marcada como la esposa muda que nadie quería proteger.
Dos años después, Damián Valcárcel regresa a Silver Crown decidido a cerrar un matrimonio político que nunca deseó. Pero en cuanto se acerca a Celeste, su lobo reconoce un aroma imposible: jazmín nocturno, lluvia fría y una promesa de luna que ningún contrato puede romper.
Celeste no quiere un dueño. Quiere recuperar la voz que le arrebataron, destruir a la familia que la usó y descubrir por qué su madre desapareció al despertar. Damián no quiere otra Luna. Quiere a la mujer que su lobo ya eligió, aunque los Ancianos, una falsa salvadora y una manada entera intenten separarlos.
Cuando la verdad del incendio salga a la luz, Celeste tendrá que decidir si acepta el vínculo que la consume o si rechaza al Alpha que una vez la dejó sola ante todos.
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Capítulo 2
Capítulo 2: El aroma que no debía existir
Dos años después, Celeste aprendió que una jaula podía tener sábanas limpias, vajilla de plata y ventanas enormes hacia los pinos.
Seguía siendo jaula.
La Hacienda Valcárcel brillaba esa noche como si nunca hubiera visto una ceremonia rota. Luces cálidas sobre los arcos de cantera. Música suave en los jardines. Camionetas negras entrando por el camino principal una tras otra. Humanos invitados al evento privado del Grupo Valcárcel sonreían con copas de vino en la mano, convencidos de estar en la bienvenida de un heredero empresarial.
La manada sabía la verdad.
El Heredero Alpha había vuelto.
Damián Valcárcel estaba en casa.
Y Celeste Marín, su esposa política sin privilegios de Luna, llevaba una bandeja de copas vacías hacia la cocina porque Inés había decidido que “mantenerse útil” le haría bien a su carácter.
—Más rápido, Celeste —murmuró una de las empleadas, sin mirarla de frente—. La señora Valcárcel pidió que el salón lateral esté impecable antes de que el Alpha entre.
Alpha.
La palabra rozó el aire como una mano cerrándose alrededor de todos los cuellos.
Celeste asintió. No porque aceptara. Porque discutir sin voz era regalarles otra escena.
Su garganta ardía menos que antes, pero el dolor nunca se iba por completo. Vivía ahí, bajo la piel, junto con el rastro viejo de acónito que Dr. Elías no había logrado limpiar del todo. Dos años de tratamientos habían estabilizado su cuerpo. No su loba. La loba seguía encerrada, más despierta que antes, más furiosa también.
*No cargues eso.*
La voz llegó débil, como si hablara desde un cuarto cerrado.
Celeste apretó la bandeja.
Estoy bien, pensó.
La loba no respondió. Solo dejó un golpe sordo bajo sus costillas.
En el salón principal, los lobos de Silver Crown inclinaban la cabeza cuando Inés pasaba. Nadie la llamaba Luna, porque la Luna anterior había muerto años atrás y Damián nunca había marcado a nadie. Aun así, Inés ocupaba el espacio como si la casa, la manada y el aire le pertenecieran.
Celeste no.
A ella le abrían paso como se le abre paso a un mueble incómodo.
—Mira nada más —susurró Bianca Serrano desde el arco que conectaba el salón con la terraza—. Dos años y todavía no entiende la diferencia entre esposa y servidumbre.
Celeste no levantó la mirada.
Bianca llevaba un vestido color champagne y una sonrisa que le había costado horas frente al espejo. A su lado, Marcela Ríos fingía revisar un arreglo floral.
—No seas cruel —dijo Marcela, usando el mismo tono dulce de siempre—. Al menos tiene techo. Después de todo, Damián pudo pedir la anulación del contrato.
Pudo.
No lo hizo.
Tampoco volvió.
Ese era el castigo perfecto. Ni libre ni aceptada. Ni viuda ni esposa. Ni Omega de Red Thorn ni Luna de Silver Crown.
Celeste colocó la bandeja sobre una mesa auxiliar. Sacó su teléfono y escribió:
El salón lateral está listo. Iré a ver a mi madre cuando termine el evento.
Se lo mostró a la encargada de servicio.
La mujer leyó y tragó saliva.
—La señora dijo que hoy no saldrás.
Celeste sostuvo la pantalla.
Mi madre.
—Lo siento.
No lo sentía. Su aroma lo dijo antes que su boca: miedo agrio, obediencia vieja.
Celeste guardó el teléfono. Las paredes de la hacienda parecieron acercarse un poco más.
Elena seguía en la Clínica Santa Luna. Viva. Dormida. A veces movía un dedo. A veces su pulso subía cuando Celeste le leía en silencio los guiones de La Pluma de Luna, ese nombre secreto que nadie en la hacienda conocía. Nadie excepto Dr. Elías.
El difusor con acónito seguía guardado.
La venganza también.
—Celeste.
La voz de Inés cortó el salón.
Todas las conversaciones bajaron un tono.
Celeste se giró.
Inés estaba en el centro del salón, perfecta en un vestido verde oscuro, con el crest de Silver Crown prendido al pecho. Sus ojos no pidieron. Ordenaron.
—El ala norte necesita revisión. La habitación de Damián debe estar lista. Nadie ha entrado ahí en dos años.
Bianca sonrió detrás de su copa.
Celeste sintió que el golpe de su loba se convertía en arañazo.
El ala norte. La suite del Heredero Alpha.
El cuarto que, según el contrato político, también era la suite matrimonial.
Inés lo sabía.
Todos lo sabían.
Celeste asintió una sola vez y caminó hacia las escaleras antes de que alguien pudiera disfrutar demasiado de su silencio.
Arriba, el ruido de la bienvenida se volvió un rumor elegante. La suite del ala norte olía a madera cerrada, cuero oscuro y sábanas recién cambiadas. También a algo más antiguo: cedro, humo limpio, tormenta esperando detrás de una puerta.
Celeste se quedó quieta en el umbral.
No conocía ese aroma.
No debería conocerlo.
Su loba despertó de golpe.
No libre. No fuerte. Pero despierta.
*Aléjate.*
Celeste llevó una mano a la garganta.
El aire se le espesó. El olor era demasiado masculino, demasiado denso, como si la habitación hubiera estado respirando por él durante dos años y ahora acabara de llenar los pulmones. No era perfume. No era jabón. Era un rastro de lobo dominante, marcado en las paredes, en el respaldo de la silla, en la tela oscura de un abrigo que alguien había dejado sobre la cama.
Damián Valcárcel.
Celeste dio un paso atrás.
Tarde.
La puerta del baño privado se abrió.
El hombre que salió no era el muchacho de las fotografías familiares ni el nombre frío en un contrato. Era alto, ancho de hombros, vestido con camisa negra abierta en el cuello y el cabello húmedo como si acabara de lavarse la sangre del camino. Sus ojos, de un café tan oscuro que casi parecían negros, se clavaron en ella.
La habitación cambió de temperatura.
Damián se detuvo.
Celeste también.
Durante un segundo, ninguno respiró.
Después él lo hizo.
Inhaló.
Y algo salvaje se quebró en su rostro.
Damián apretó una mano contra el marco de la puerta. La madera crujió bajo sus dedos. Sus pupilas se dilataron. Un brillo dorado, rápido y peligroso, cruzó sus ojos.
*Nuestra.*
La palabra no salió de su boca.
Pero Celeste la sintió.
No como un pensamiento propio. Como un golpe de calor contra su piel, una orden antigua que no entendía y que su cuerpo, traidor, reconoció antes que su mente. La cicatriz invisible de su garganta ardió. Sus dedos se abrieron sobre la nada. Por primera vez en años, su loba no raspó desde lejos.
Se lanzó contra la pared interna de su prisión.
*Corre.*
Celeste obedeció a medias.
Retrocedió.
Damián dio un paso.
No fue rápido. No necesitó serlo. El peso de su presencia llenó la suite. El aura Alpha, contenida apenas, presionó el aire hasta que a Celeste le costó mantener la barbilla levantada. Su cuerpo quiso inclinar el cuello. Exponerlo.
No.
Clavó las uñas en la palma.
No se arrodillaría.
El gesto pareció despertar algo en él. Damián parpadeó, como si acabara de recordar que había una persona frente a él y no solo un aroma imposible.
—¿Quién eres? —preguntó.
Su voz era baja. Ronca. Peligrosamente tranquila.
Celeste sacó el teléfono con dedos rígidos. La pantalla tardó demasiado en encender. Escribió:
Disculpe. Me pidieron revisar la habitación. Me voy.
Se la mostró.
Damián no miró la pantalla de inmediato. Miró su cuello.
La zona donde la voz se le había roto años atrás.
Luego sus manos.
Luego el anillo discreto con el escudo de Silver Crown que Inés le había permitido conservar porque quitárselo habría generado preguntas legales.
El silencio se volvió más pesado.
—Marín —dijo él.
No fue pregunta.
Celeste sostuvo el teléfono entre ambos como un escudo.
Damián leyó al fin. Su mandíbula se tensó.
—Tú eres Celeste Marín.
Ella asintió.
El aroma de él cambió.
Cedro oscuro. Humo limpio. Hierro antes de la tormenta.
Rabia.
No contra ella.
Eso fue lo que la confundió.
Damián apartó la vista hacia la puerta abierta, hacia el pasillo, hacia la música lejana de una bienvenida que se celebraba mientras su esposa política limpiaba habitaciones. Cuando volvió a mirarla, el dorado seguía ahí, contenido a la fuerza.
—¿Quién te mandó aquí?
Celeste no respondió.
No por miedo.
Porque si escribía Inés, la noche explotaría antes de que ella entendiera qué acababa de pasar con su propio cuerpo.
Damián dio otro paso.
La reacción fue inmediata. Un hormigueo le subió a Celeste desde las muñecas hasta los hombros, como electricidad bajo la piel. El aire entre ellos se tensó. Su cicatriz en la garganta ardió con un dolor extraño, no del todo desagradable. Eso la asustó más que la furia de él.
*No es seguro.*
Su loba sonó rota.
Damián se detuvo al oír el pequeño cambio en su respiración.
—No voy a tocarte.
La frase fue simple.
Pero su lobo gruñó por debajo de la voz, contradiciéndolo con una posesividad que erizó la piel de Celeste.
Ella bajó el teléfono y escribió más rápido.
No debería estar aquí.
Él leyó.
—Eso parece una frase que te enseñaron a repetir.
Celeste levantó los ojos.
Por primera vez, Damián Valcárcel no parecía el hombre que la había dejado sola ante toda la manada. Parecía un Alpha que acababa de encontrar sangre en su propia casa y no sabía aún a quién iba a matar por ella.
El golpe de unos tacones sonó en el pasillo.
—¿Damián? —llamó Inés, cada vez más cerca—. Necesitamos bajar. El Consejo espera verte.
Celeste retrocedió hacia la puerta lateral.
Damián giró apenas la cabeza.
—Quédate.
No fue un comando Alpha.
No del todo.
Pero la palabra cayó sobre la habitación con suficiente peso para que las rodillas de Celeste se tensaran. Su loba, esa sombra enferma, respondió con un gemido furioso.
*No obedezcas.*
Celeste dio un paso más.
La mirada de Damián volvió a ella, más aguda.
Había sentido la resistencia.
Inés apareció en la entrada y se quedó inmóvil al verlos juntos.
Su aroma cambió a flores secas quemándose.
—Celeste —dijo, demasiado rápido—. ¿Qué haces aquí?
La pregunta era una trampa.
Celeste levantó el teléfono, pero Damián habló antes.
—Eso mismo quiero saber.
Inés sonrió sin mostrar los dientes.
—Hubo una confusión con el personal. Ella ya se iba.
Ella.
No esposa. No miembro de la casa. No mujer vinculada a su nombre.
Ella.
Damián inhaló otra vez.
El aire se volvió peligroso.
Su lobo rugió tan cerca de la superficie que incluso Celeste, bloqueada, lo sintió como un trueno contra las costillas.
*Miente.*
Esta vez la voz no era de su lobo.
Era de él.
Damián no apartó los ojos de Celeste.
—No —dijo.
Inés perdió un grado de color.
—¿Perdón?
El Heredero Alpha dio un paso hacia la puerta, colocándose entre Celeste e Inés sin tocar a ninguna.
—Ella no se va.
Celeste dejó de respirar.
Abajo, la música seguía sonando. La manada seguía esperando al heredero que había vuelto después de dos años.
Y en la suite del ala norte, Damián Valcárcel miraba a la mujer que había abandonado como si su lobo acabara de reconocer una verdad que nadie le había contado.
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que víva los novios
vamos tu puedes
siempre
luchando
Que lindo
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