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Corazón De Rubí: La Compañera Del Rey Vampiro

Corazón De Rubí: La Compañera Del Rey Vampiro

Status: Terminada
Genre:Vampiro / Grandes Curvas / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Alistair Vance, el temido Rey Vampiro, esperó más de trescientos años a la mujer destinada a su alma. Elena Rossi, una joven de curvas deslumbrantes y corazón cálido, ignora que el soberano de las sombras la ha protegido desde antes de nacer.
Cuando un encuentro inesperado durante una tormentosa gala nocturna los une, la atracción entre ellos es inmediata y peligrosa. Entre secretos del pasado, deseo ardiente y un destino imposible de escapar, Elena descubrirá que amar al Rey Vampiro puede ser tan adictivo como mortal.

NovelToon tiene autorización de Araceli Settecase para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 17: El Rescate bajo la Tormenta

La reconciliación en el departamento de la torre este había dejado un bálsamo de paz en los aposentos reales, pero la tranquilidad dentro del Palacio de las Sombras siempre poseía la fragilidad del cristal. Afuera, la noche había degenerado en una tempestad colosal: truenos rabiosos retumbaban contra las paredes de granito y un viento helado azotaba los ventanales con la violencia de un azote de hielo y nieve.

Elena descansaba sobre la amplia otomana de lectura junto al ventanal de la biblioteca oeste, envuelta en una túnica de terciopelo azul gótico que ceñía con elegancia la curva generosa de su cintura. Alistair había tenido que ausentarse apenas una hora antes hacia las galerías inferiores para atender la llegada de un convoy de suministros de la guardia real, asegurándose personalmente de que la fortaleza estuviera sellada ante la ferocidad del temporal.

Elena sostenía entre sus manos un manuscrito antiguo sobre las dinastías de la noche, pero el crujido repentino de la puerta de caoba hizo que levantara la vista.

No era Alistair. Tampoco era alguno de los sirvientes silenciosos del palacio.

En el umbral se alzaban cuatro figuras embozadas en capas de viaje pesadas, salpicadas de nieve y barro. Al frente caminaba Lord Malakor, el arruinado patriarca de la casa de las Sombras del Norte, flanqueado por tres guerreros vampiros de miradas vacías, con las espadas desenvainadas brillando con un reflejo verdoso y venenoso en la penumbra.

—Señorita Rossi... —dijo Malakor, su voz resonando como el raspar de huesos secos sobre piedra—. Qué deleite encontraros tan desprotegida.

Elena se puso de pie con una calma calculada. A pesar de que la presencia de los cuatro inmortales armados imponía una amenaza mortal, no retrocedió. Mantuvo la barbilla erguida, dejando que el terciopelo azul flotara alrededor de la solidez de sus caderas anchas.

—Habéis cometido un error gravísimo al romper la paz de los aposentos del rey, Lord Malakor —sentenció Elena, proyectando su voz con una autoridad regia que sorprendió a los asaltantes—. Alistair sabrá de esta intrusión antes de que deis tres pasos más.

—Lord Alistair está retenido en los niveles inferiores por una falsa alarma provocada por mis hombres —repuso el anciano vampiro con una sonrisa cruel que expuso sus colmillos alargados—. Para cuando logre liberarse de la emboscada, vos ya no estaréis en esta montaña. La facción rebelde de la Corte no va a permitir que una mortal sin linaje siga corrompiendo la mente de nuestro Monarca. Venís con nosotros... como rehén y como moneda de cambio para devolver la pureza al reino.

Malakor hizo una señal con la mano. Los tres guerreros avanzaron a una velocidad inhumana.

Elena intentó volcar la mesa de caoba para interponer una barrera, pero uno de los vampiros la sujetó por las muñecas con un agarre de hierro helado. Elena no se rindió sin pelear: usó todo el peso y la firmeza de su cuerpo para golpear al asaltante con el hombro, desestabilizándolo un segundo, pero la fuerza sobrehumana de las tres criaturas terminó por doblegarla.

Un paño impregnado en una pócima alquímica de adormecimiento cubrió sus labios. Elena luchó por mantener la conciencia, sintiendo cómo el calor de su cuerpo intentaba combatir la parálisis helada, antes de que la oscuridad la devorara parcialmente mientras los rebeldes la arrastraban hacia los pasillos secretos de la montaña.

La furia del Monarca

A trescientos metros de profundidad, en los pasillos de las criptas inferiores, Alistair decapitó al último de los mercenarios rebeldes con un solo trazo de su espada de empuñadura de rubí. El cuerpo sin vida del vampiro se convirtió en cenizas oscuras al tocar el suelo.

Alistair no necesitó que nadie le informara del peligro. En el preciso instante en que el paño con el brebaje tocó la piel del cuello de Elena, el vínculo sagrado del tuo cantante detonó en la sangre del rey como una bomba de fuego líquido.

Un rugido de furia sobrenatural brotó de su garganta, tan violento que resquebrajó las arcadas de piedra de la cripta.

Sus ojos ámbar desaparecieron por completo, sepultados bajo una llamarada de color rojo rubí absoluto. La energía de su poder milenario se desató sin ningún tipo de contención; el aire a su alrededor comenzó a distorsionarse, y las sombras de las antorchas se plegaron sobre su figura como un manto vivo de oscuridad.

Alistair no corrió: se desplazó en un borrón de sombra que atravesó las paredes y las galerías del castillo con la fuerza de un rayo, dejando a su paso un rastro de escarcha y piedra pulverizada.

En el abismo de la tormenta

Quince minutos después, en la cornisa exterior del Pico de las Lamentos —un desfiladero de piedra a quinientos metros sobre el valle helado, expuesto a la furia brutal de la tempestad—, Lord Malakor y sus guerreros arrastraban el cuerpo semiconsciente de Elena hacia un carruaje blindado tirado por cuatro corceles de la noche.

Elena intentaba mover sus extremidades, pero la toxina adormecedora mantenía sus músculos pesado. La nieve azotaba su rostro sonrosado y el viento helado abría la túnica de terciopelo azul, revelando la piel pálida de su escote y la curva de su cuello.

—Acelerad la marcha —ordenó Malakor, mirando aterrado hacia el castillo—. Si logramos cruzar el paso del risco antes de que amanezca, el rey no podrá...

Sus palabras quedaron cortadas en el aire.

Un estruendo titánico sacudió la ladera de la montaña. La parte superior de la torre de guardia explotó en una lluvia de rocas y piedra. Desde el cielo nocturno, atravesando las nubes de la tormenta iluminadas por los rayos, una figura descendió con un impacto destructivo que hizo temblar todo el desfiladero.

Alistair aterrizó en el centro del risco.

El suelo de piedra se resquebrajó bajo sus botas en un radio de diez metros. El Gran Monarca se erguía en mitad del vendaval como la encarnación misma del juicio divino. Su camisa negra de lino estaba desgarrada en los hombros, revelando la musculatura tensa y pálida de su torso; su cabello negro volaba salvaje con el viento y aura de sombra pura emergía de su piel, sofocando la luz de la luna.

Pero lo más aterrador —y extrañamente seductor— era su mirada: un fuego rojo sangriento que prometía la aniquilación total de cualquiera que hubiera osado tocar a su mujer.

—Malakor... —la voz de Alistair no resonó en el aire; resonó directamente dentro de las cabezas de los rebeldes con el volumen de un trueno—. Has tocado lo único sagrado que me queda en esta existencia.

La masacre en la nieve

Los tres guerreros rebeldes, presas de un pánico instintivo que superaba cualquier lealtad, desenvainaron sus espadas cargadas de veneno y se abalanzaron sobre Alistair al mismo tiempo.

Fue una carnicería que duró menos de tres segundos.

Alistair ni siquiera desenvainó su espada. Con una velocidad que desafiaba la percepción, el rey esquivó el primer corte, atrapó el cuello del primer vampiro con su mano desnuda y lo aplastó con la facilidad con la que se rompe una rama seca. Antes de que el cuerpo tocara la nieve, el monarca atravesó el pecho del segundo guerrero con el puño limpio, arrancándole el corazón inerte y arrojándolo al abismo.

El tercer rebelde intentó retroceder, pero Alistair apareció instantáneamente a su espalda. Le sujetó la cabeza con ambas manos y, con un movimiento seco y despiadado, le partió el cuello, dejando que las cenizas del cuerpo fueran dispersadas por el viento de la tormenta.

Lord Malakor cayó de rodillas sobre la nieve helada, soltando a Elena. El anciano patriarca temblaba de forma incontrolable, arrastrándose hacia atrás mientras Alistair avanzaba hacia él con paso lento y pesado, como la muerte misma materializada.

—¡Alistair! ¡Piedad! —suplicó Malakor, la voz rota por el terror—. ¡Fue por el reino! ¡Por la pureza de la sangre!

Alistair se detuvo sobre él. Inclinó la cabeza, exponiendo sus colmillos alargados y afilados como dagas de marfil. Su rostro, esculpido por una belleza sobrehumana y aterradora, irradiaba una dominación tan absoluta que el viejo vampiro no pudo ni levantar las manos para defenderse.

—Tu reino ha muerto, Malakor —susurró Alistair en un tono bajo que cortó el silbido del viento—. Mi único reino es Elena.

El monarca agarró al anciano por las ropas, lo elevó con un solo brazo sobre el borde del precipicio y lo lanzó hacia las rocas del fondo del abismo, terminando para siempre con la estirpe de las Sombras del Norte.

La salvación y el juramento de sangre

Alistair se giró de inmediato hacia Elena.

El fuego rojo de sus ojos comenzó a extinguirse al instante, sustituido por una luz dorada y desesperada llena de devoción pura. La ferocidad destructiva que había arrasado a los rebeldes se convirtió en la delicadeza más absoluta al aproximarse a la joven.

Alistair se hincó de rodillas en la nieve junto al cuerpo de Elena. Con manos temblorosas por la adrenalina y el miedo a perderla, la tomó en sus brazos, elevándola contra su pecho de mármol. Envolvió la túnica de terciopelo azul alrededor de sus caderas y su torso para protegerla del impacto del viento helado.

—Elena... Elena, mírame —suplicó el rey, su voz de barítono quebrándose por la emoción mientras pegaba su frente a la de ella—. Aún estás aquí... Estás a salvo, mi reina.

Elena, luchando contra los últimos efectos de la toxina alquímica, abrió lentamente sus ojos avellana. Al ver el rostro de Alistair —manchado por restos de nieve y ceniza, con la camisa desgarrada y la mirada llena de un amor salvaje e incalculable—, una lágrima de alivio rodó por su mejilla sonrosada.

—Alistair... —alcanzó a articular, acariciando la mejilla helada del vampiro con los dedos débiles de su mano derecha—. Sabía que vendrías...

Alistair dejó escapar un sobrio suspiro que resonó en el pecho de la joven. Inclinó la cabeza y comenzó a cubrir su rostro de besos febriles, desesperados y abrasadores: besó sus párpados, la comisura de sus labios, la curva de su pómulo y finalmente se hundió en la piel sonrosada de su cuello, respirando el aroma embriagador de su sangre para cerciorarse de que estaba viva y entera.

—Moriría por ti, Elena —juró el Gran Monarca contra la garganta de la joven, apretándola contra sus brazos con una fuerza posesiva que no dejaba espacio para el frío de la montaña—. Destruiría este palacio, este reino y al mundo entero antes de permitir que alguien te arrebate de mi lado. Si el destino intentara separarnos, quemaría el mismísimo cielo para traerte de regreso.

Elena sintió la sinceridad aplastante de sus palabras. La demostración de poder aterrador que acababa de presenciar no le producía espanto; le demostraba la dimensión del hombre que se había arrodillado ante su amor. No había profecía ni duda intelectual que pudiera eclipsar la certeza de que este rey milenario estaba dispuesto a entregar su existencia entera por la suya.

Elena rodeó el cuello de Alistair con ambos brazos, pegando sus curvas voluptuosas contra el torso desnudo del vampiro.

—No tienes que morir por mí, Alistair —susurró Elena contra sus labios, ofreciéndole su boca en un beso lleno de fuego, pasión y entrega absoluta en mitad de la tormenta—. Vive conmigo. Gobierna conmigo. Y hazme tuya para siempre.

Alistair aceptó el beso con un rugido ahogado de devoción. Se puso de pie sosteniendo a Elena en sus brazos como si no pesara nada, envolviéndola en su aura de sombra y calor, y emprendió el camino de regreso hacia el palacio bajo los últimos truenos de la noche, habiendo demostrado a la historia que el amor entre el rey inmortal y su reina mortal era más fuerte que cualquier amenaza de la creación.

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karen S
Hasta yoo me perdi junto con ellos
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