En un mundo salvaje donde las hembras son escasas, codiciadas y acumulan harenes de múltiples esposos para asegurar la supervivencia de la especie, Lin Mei (la antigua "hembra perezosa y fea") toca fondo tras intentar forzar al guerrero oso Boran a amarla. Al borde de la muerte tras un intento de suicidio, su cuerpo es ocupado por Mei, una brillante estudiante de agronomía y medicina alternativa del mundo moderno.
Decidida a no ser el juguete ni el parásito de nadie, Mei revoluciona la Tribu de la Roca con conocimientos de higiene, agricultura y costura. Su transformación física y mental la convierte en la hembra más hermosa y deseada del continente. Mientras rechaza los lamentos del arrepentido Boran, Mei desafía las leyes del mundo de las bestias al entregar su corazón a uno solo: Kaelen, el imponente y devoto líder de los leones, demostrando que en un mundo de poligamia, el verdadero poder radica en elegir a quién amar.
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CAPITULO 2
El eco de las pisadas pesadas de Boran se desvaneció por completo en la densidad del bosque, dejando tras de sí un silencio que, por primera vez en meses, no se sentía pesado ni opresivo, sino extrañamente pacífico.
Mei se quedó de pie en el centro de la cueva, con los brazos cruzados sobre el pecho. La adrenalina del enfrentamiento había comenzado a bajar, y el panorama real de su situación la golpeó con la fuerza de un balde de agua fría. Volvió a mirar a su alrededor, evaluando las "comodidades" de su nueva existencia.
—De acuerdo... —murmuró para sí misma, su voz resonando en las paredes de piedra—. El oso arrogante ya no es un problema inmediato, pero las infecciones bacterianas, el tifus y la disentería sí que lo son.
La cueva era un monumento a la desidia. En una esquina, las pieles de animales que servían de cama estaban tan apelmazadas por el sudor y la grasa corporal que habían adquirido un brillo amarillento y una textura rígida, similar al cartón duro. Cerca de lo que se suponía era el fogón, un montón de huesos rotos y restos de tendones resecos acumulaban una fina capa de hongo blanco. La dueña original del cuerpo simplemente devoraba lo que la tribu le daba y arrojaba los desperdicios a un lado, demasiado sumida en su obsesión por Boran y su propia pereza como para mantener el mínimo orden.
Mei sintió una oleada de náuseas. Como estudiante de agronomía, había pasado suficiente tiempo en laboratorios y granjas para saber que ese lugar era un caldo de cultivo para cualquier parásito.
—Lo primero es lo primero. Este nido de suciedad se va hoy mismo.
Con paso firme, Mei se acercó al lecho de paja y pieles podridas. A pesar de que su cuerpo todavía se sentía ligeramente débil por los remanentes del veneno, la constitución física de los habitantes de este mundo salvaje era notablemente superior a la de los humanos modernos. Sintió una fuerza inusual en sus músculos cuando se agachó, tomó las pieles apestosas con ambas manos y, de un solo tirón, las arrastró hacia la salida de la cueva.
El polvo y los ácaros volaron por el aire, haciéndola toser, pero no se detuvo. Llevó la pila de desechos hacia un barranco cercano, a unos cincuenta metros de su hogar, y los arrojó al vacío sin el menor remordimiento. Hizo lo mismo con los huesos roídos, los restos de frutas secas y cada pedazo de basura que encontró en el suelo.
Cuando terminó de evacuar los desperdicios sólidos, la cueva quedó vacía, mostrando un suelo de tierra compacta y piedra cubierto por una densa capa de polvo y ceniza vieja.
—Ahora necesito agua. Mucha agua. Y algo para fregar.
Mei salió de la cueva y miró hacia el sendero que descendía de la montaña. Sus nuevos recuerdos le indicaban que a unos diez minutos de caminata se encontraba el río de la tribu, el lugar donde los guerreros lavaban sus presas y las hembras recolectaban agua para cocinar. Era un espacio público y, muy probablemente, el epicentro de los chismes de la Tribu de la Roca.
"No importa", pensó Mei, ajustando la tosca cuerda de piel que sostenía su túnica a la cintura. "No puedo limpiar la cueva si yo misma parezco un monstruo del pantano".
Buscó entre los pocos utensilios útiles de la cueva y encontró un cuenco grande hecho de madera de roble vaciada y una calabaza seca y ahuecada que servía para transportar líquidos. Ambos recipientes estaban negros por fuera debido al hollín y grasientos por dentro. Con los artefactos bajo el brazo, Mei comenzó su descenso hacia el río.
A medida que caminaba, el aire fresco del bosque golpeaba su rostro, ayudando a despejar la pesadez de su cabeza. El paisaje era de una belleza sobrecogedora: árboles gigantescos cuyas copas tocaban el cielo, flores silvestres del tamaño de su cabeza con colores vibrantes y un cielo azul tan limpio que parecía pintado. Era un mundo primitivo, peligroso, pero indudablemente vivo.
Pronto, el sonido del agua corriendo saltó a sus oídos, acompañado por el murmullo de risas y voces agudas.
Al llegar al claro del río, la actividad se detuvo casi al instante.
Un grupo de unas cinco o seis hembras de la tribu estaban sentadas sobre las rocas de la orilla, lavando raíces comestibles y charlando alegremente. Entre ellas destacaba una figura de espaldas esbeltas, cabellera pelirroja y brillante que caía en perfectas ondas sobre sus hombros, y una túnica de piel de zorro blanco impecablemente confeccionada que resaltaba sus curvas.
Era Talia. La hembra zorro y la actual "belleza" indiscutible de la Tribu de la Roca.
Al notar la presencia de Mei, los murmullos cesaron y las miradas de desprecio no tardaron en aparecer. Una de las seguidoras de Talia, una hembra de la especie jabalí de contextura gruesa llamada Maya, soltó una carcajada ruidosa.
—Miren quién decidió arrastrarse fuera de su cueva —dijo Maya en voz alta, asegurándose de que todas la escucharan—. Pensé que la gran Lin Mei ya se había convertido en abono para el bosque después de que Boran la rechazara frente a todos.
Talia se dio la vuelta lentamente, mostrando un rostro de facciones finas, ojos rasgados y astutos de un color verde esmeralda. Su mirada recorrió a Mei de arriba abajo, deteniéndose en su cabello enmarañado y las costras de lodo que aún cubrían su cara. Una sonrisa de suficiencia y lástima condescendiente se dibujó en sus labios perfectos.
—Déjala, Maya —dijo Talia, su voz era melodiosa, pero arrastraba un veneno sutil—. Lin Mei ya debe estar sufriendo suficiente. Debe ser muy duro saber que ningún macho de la tribu, ni siquiera el más débil de los recolectores, quiere acercarse a su nido. Escuché que Boran fue a visitarla esta mañana solo para recordarle lo asquerosa que es.
Las demás hembras soltaron risitas burlonamente crueles. En la antigua vida de Lin Mei, este tipo de comentarios la habrían hecho estallar en llanto, gritar insultos incoherentes o arrojar piedras, ganándose aún más el repudio de la tribu y confirmando su reputación de "hembra loca y perezosa".
Pero esta vez, Mei ni siquiera pestañeó.
Caminó con paso firme y calmado hacia una zona del río que estaba unos metros más abajo, apartada del grupo, ignorándolas por completo como si fueran el zumbido de moscas molestas. Su rostro permanecía sereno, sus movimientos eran medidos y dignos, lo que provocó que las risas de las hembras se congelaran gradualmente en sus gargantas. La falta de una reacción dramática las desconcertó.
Mei se arrodilló junto a la orilla del río. El agua era cristalina, permitiendo ver los guijarros de colores en el fondo. Lo primero que hizo fue meter el cuenco de madera y la calabaza en la corriente, usando arena fina de la orilla como un abrasivo natural para raspar la grasa y el hollín acumulados. Sus manos se movían con eficiencia y rapidez, una técnica de limpieza básica pero efectiva que llamó la atención de las demás desde la distancia.
Una vez que los utensilios quedaron notablemente más limpios, Mei los llenó de agua limpia y los colocó sobre una roca plana. Luego, respiró hondo y miró su reflejo en el agua.
A través de la capa de lodo seco, el polvo y la mugre, Mei pudo vislumbrar la estructura ósea de su nuevo rostro. No era fea por naturaleza; de hecho, tenía unos ojos almendrados increíblemente grandes y expresivos, y unos labios carnosos que la antigua Lin Mei fruncía constantemente en muecas de desagrado. Su supuesta "fealdad" era enteramente el resultado de un abandono absoluto, una higiene inexistente y una actitud deplorable.
—Es hora de quitar esta máscara —susurró Mei.
Sumergió sus manos en el agua fría y comenzó a llevar el líquido vital a su rostro. El lodo seco resistió al principio, pero Mei frotó con paciencia, dejando que el agua ablandara las costras. Poco a poco, trozos de barro grisáceo comenzaron a desprenderse, cayendo al río y siendo arrastrados por la corriente.
Mientras se lavaba el rostro, Mei miró hacia la vegetación de la orilla del río. Sus ojos de agrónoma identificaron rápidamente una planta específica que crecía en abundancia cerca del agua: la Saponaria u hoja de jabón silvestre, una planta cuyas hojas y raíces contenían un alto nivel de saponinas naturales que generaban espuma al frotarse con agua.
Se levantó un momento, caminó hacia el arbusto bajo la mirada atónita de las otras hembras, y arrancó un buen puñado de hojas verdes y raíces gruesas. Regresó a su lugar en el río, machacó las plantas entre dos piedras lisas hasta formar una pasta jugosa y comenzó a frotarla entre sus manos húmedas.
Casi al instante, una espuma blanca, densa y de un aroma fresco y herbal comenzó a brotar de sus dedos.
Las hembras que observaban desde lejos abrieron los ojos de par en par. En este mundo, las bestias sabían que ciertas plantas servían para curar heridas o teñir pieles, pero la idea de usar una planta específica para remover la grasa y la suciedad corporal de forma sistemática no era una práctica común; la mayoría simplemente se enjuagaba con agua corriente o usaba arena áspera que lastimaba la piel.
Mei no prestó atención a su audiencia. Llevó la espuma vegetal a su rostro, frotando con cuidado cada rincón de su piel, detrás de las orejas y el cuello. Luego, metió la cabeza entera en el río, dejando que la corriente se llevara los residuos de la planta y meses de suciedad acumulada.
Cuando emergió del agua, sacudiendo su cabeza como un felino, el cambio fue inmediato.
La piel de su rostro, libre finalmente de la costra de lodo y la grasa, reveló una textura sorprendentemente suave y de un tono porcelana pálido, casi translúcido, que contrastaba hermosamente con el verde del bosque. Sus mejillas tenían un rubor natural debido al frío del agua y al estímulo de la circulación, y sus ojos almendrados, ahora completamente limpios y despejados, brillaban con una intensidad inteligente y magnética.
Talia, que había estado observando con una sonrisa burlona, sintió que el aire se le atoraba en la garganta. Sus manos, que sostenían una raíz comestible, se tensaron hasta que sus uñas se clavaron en la pulpa.
Aquel rostro que acababa de emerger del agua no tenía nada de la "hembra fea" de la que toda la tribu se burlaba. Aunque el cabello de Mei seguía siendo un desastre enredado y su ropa era una porquería grasienta, las facciones de su rostro poseían una simetría y una delicadeza que hicieron que Talia sintiera una punzada fría e inédita de inseguridad en el estómago.
Mei exhaló un suspiro de alivio, sintiendo la ligereza de tener los poros limpios por primera vez. Miró sus manos, que ahora lucían limpias y de una tonalidad clara, aunque todavía marcadas por el trabajo rudo de ese día.
Sin dirigirles una sola mirada a las espectadoras, Mei tomó la pasta de plantas restante y la guardó en su calabaza limpia. Luego, cargó el cuenco de madera lleno de agua fresca sobre su cabeza, manteniendo un equilibrio perfecto gracias a la sorprendente estabilidad física de su nuevo cuerpo, y tomó la calabaza con la otra mano.
Se dio la vuelta y comenzó el camino de regreso a su cueva con la espalda recta y paso firme. Al pasar junto al grupo de hembras, el silencio era tan espeso que se podía cortar con un cuchillo de piedra. Ninguna de ellas, ni siquiera Maya, se atrevió a decir una sola palabra.
Cuando la figura de Mei se perdió entre los árboles del sendero, Maya tragó saliva y miró a Talia.
—Talia... ¿viste eso? Esa... esa perezosa de Lin Mei... ¿qué fue lo que hizo con esas hojas? Su rostro... no se veía igual.
Talia apretó los dientes, forzando una sonrisa helada y despectiva para ocultar la agitación de su corazón. —Un poco de agua no cambia lo que es, Maya. Sigue siendo una hembra perezosa que intentó drogar a un guerrero. Ningún macho la querrá por lavar su cara. Vamos, regresemos a la tribu. Boran me prometió las mejores carnes de la caza de hoy y no quiero hacerlo esperar.
Las hembras asintieron rápidamente, intentando sacudirse la extraña sensación de asombro que les había dejado la nueva actitud de Mei, pero el ambiente relajado de la recolección se había evaporado por completo.
Mientras tanto, Mei llegó a su cueva, colocó el agua en el suelo y miró hacia el interior de su cueva vacía. El lavado de su rostro era solo el primer paso de su transformación; ahora venía el verdadero trabajo pesado. Con la pasta de saponaria y el agua limpia, estaba lista para purificar el lugar que llamaría hogar.
zorra ? ¿ q animal ?