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El Mafioso Que Me Eligió

El Mafioso Que Me Eligió

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Traiciones y engaños / Mafia / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria del Rosario González

Soraya es una estudiante común cuya vida se rompe cuando la deuda de su padre la vincula con un mundo peligroso dominado por intereses ocultos. Entre Víctor, su novio, y Sebastián, un hombre enigmático ligado a esa deuda, su realidad comienza a distorsionarse.
Lo que parece un triángulo amoroso pronto revela algo más profundo: fuerzas invisibles que intentan influir en su vida, definir quién es y controlar sus decisiones.
Cuando todo contacto con su pasado empieza a cortarse, Soraya descubre que no está eligiendo entre dos hombres, sino entre ser moldeada por otros o reconstruirse desde cero.
Al final, su mayor decisión no es amorosa… es identitaria: dejar de ser definida por todos para convertirse en sí misma.

NovelToon tiene autorización de Maria del Rosario González para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8: Entre el fuego y el acero

​El sonido de los cristales estallando era como el desgarrar de una seda fina, un eco agudo que se perdía en la inmensidad de la mansión. Los pasillos, antes impolutos y silenciosos, ahora estaban llenos de humo acre y el destello intermitente de luces de emergencia rojas que pintaban las paredes de un carmesí sangriento. Sebastián no la soltaba; su agarre era firme, una ancla de acero en medio de aquel naufragio. Cada uno de sus movimientos era fluido, carente de titubeo, como si hubiera nacido para habitar la violencia.

​—¡Muévete, Soraya! —gritó él sobre el estruendo de los disparos que resonaban en el ala oeste—. ¡No mires atrás!

​Ella corría, sus pies descalzos sobre el mármol frío sintiendo la vibración de las explosiones. Su mente, aún intentando procesar la revelación de la carta, funcionaba con una lucidez gélida. Ya no era la chica que se refugiaba en los colores de sus lienzos; era una pieza de ajedrez que, tras descubrir que el tablero estaba trucado, había decidido volcar la mesa. La belleza de Sebastián, ese rostro de mármol que parecía inalterable, estaba ahora salpicado por una mota de polvo gris, y una pequeña herida en su frente manaba un hilo de sangre que descendía por su sien como una línea de tinta sobre un papel inmaculado. En ese momento, él no parecía un dios o un monstruo; parecía un hombre herido luchando por algo que iba más allá del poder.

​Doblaron una esquina hacia el garaje subterráneo, pero un estallido frente a ellos los obligó a retroceder. Varios hombres armados, siluetas oscuras contra la luz de las bengalas, avanzaban por el pasillo. Víctor estaba entre ellos. Su rostro, aquel que Soraya había besado con ternura, era ahora una máscara de eficiencia asesina. Sus ojos, fríos y distantes, ni siquiera se detuvieron en ella al verla. Ella era, para él, un activo que debía ser reclamado o destruido.

​—¡Sebastián! —gritó Víctor, su voz distorsionada por el caos—. ¡Entrégala y tu linaje terminará hoy! ¡Sabes que no puedes ganar esta batalla solo!

​Sebastián se detuvo tras un pilar de hormigón, empujando a Soraya detrás de él para protegerla con su propio cuerpo. La belleza de ambos, en aquel escenario de horror, creaba un contraste surrealista: la delicadeza de ella contra la brutalidad del entorno, y la elegancia de él contra la crudeza de la muerte.

​—Él no te ama, Soraya —susurró Sebastián, con la respiración entrecortada, sus ojos grises buscando los de ella con una intensidad que le quemó el alma—. Nunca lo hizo. Somos dos espejos de la misma moneda, y él siempre ha odiado su reflejo.

​—¿Por qué? —preguntó ella, con la voz ahogada por el humo—. ¿Por qué yo? ¿Por qué mi sangre?

​Sebastián no respondió con palabras, sino con un gesto. Se quitó un anillo de sello que llevaba en el meñique y lo presionó contra la mano de ella.

​—Si algo me pasa, este anillo abre la bóveda en la caja fuerte de tu padre. Ahí está la respuesta que ni siquiera yo he podido descifrar del todo. Ahora, corre hacia el coche de la salida trasera. ¡Es una orden!

​Antes de que ella pudiera protestar, él salió de detrás del pilar, disparando con una precisión quirúrgica que parecía coreografiada. La intensidad de la pelea era absoluta, un baile de acero y sombras. Soraya, impulsada por un instinto que no sabía que poseía, corrió hacia el vehículo blindado. El motor rugía en la oscuridad del estacionamiento. Al llegar, se subió al asiento del conductor, sus manos temblando tanto que apenas podía encender el contacto.

​Justo cuando estaba a punto de arrancar, una figura bloqueó la puerta. Era Víctor. La golpeó a través del cristal con la culata de su arma, agrietándolo. Su rostro estaba desencajado, una rabia animal afloraba bajo su máscara de perfección.

​—Bájate, Soraya —exigió él, con una voz cargada de una posesividad que le resultó nauseabunda—. No entiendes lo que tienes. No es una herencia, es un arma. Y si no la tengo yo, no la tendrá nadie.

​Ella lo miró a los ojos. En ese instante, la belleza de Víctor, su sonrisa perfecta, sus rasgos esculpidos, le parecieron horribles. Era el vacío absoluto. Levantó el coche con una marcha atrás brusca, golpeando a Víctor y lanzándolo contra la pared. El impacto hizo que su cuerpo reaccionara por sí solo. Sin mirar atrás, aceleró hacia la salida.

​El coche salió a la carretera de la montaña con las luces apagadas, fundiéndose con la oscuridad de la noche. Solo cuando estuvo a varios kilómetros, con el corazón martilleando como un martillo neumático, Soraya se detuvo. El silencio del bosque a su alrededor era absoluto.

​Estaba sola. Sebastián se había quedado atrás, peleando una batalla que, según la carta, era también la de ella. Sacó el anillo del bolsillo de su falda. Bajo la luz de la luna, el metal brillaba con un grabado extraño, casi orgánico, que parecía moverse cuando ella lo miraba fijamente.

​La belleza de su rostro, reflejada en el retrovisor, estaba manchada de hollín y miedo, pero había algo nuevo en ella: una resolución feroz. Había aprendido que en este juego no se trataba de ser amada ni de ser protegida. Se trataba de quién controlaba el final de la historia. Sebastián le había dado la llave, y Víctor le había mostrado el rostro del enemigo.

​Arrancó de nuevo, pero no para huir hacia la nada. Condujo hacia la casa de su padre. Si ella era la llave, iría a buscar la puerta. El narrador invisible le había dado un nuevo guion, y por primera vez, Soraya estaba decidida a escribir sus propias líneas, sin importar cuánta sangre tuviera que manchar sus manos antes de que amaneciera.

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pryz
Hola belleza, leí y no entendí nada pero parece buena, sigamos adelante 😉
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