Elena, una joven de veinte años que ha crecido sola y enfrentando el rechazo constante, busca desesperadamente una oportunidad para sobrevivir tras abandonar la universidad. Su camino la lleva a una mansión solitaria como sirvienta, donde su única responsabilidad es Dante, un hombre de treinta y dos años devastado por un accidente que le arrebató su movilidad y su fe en el amor.
Abandonado por su esposa cuando más la necesitaba, Dante se oculta tras un antifaz y un profundo cinismo, decidido a hundirse en su propia miseria. Sin embargo, Elena no ha llegado a su vida para compadecerlo, sino para desafiar su oscuridad. En medio del silencio y el dolor, ambos descubrirán que, a veces, la única forma de sanar las cicatrices del pasado es permitiendo que alguien más, contra todo pronóstico, se atreva a mirar nuestras heridas sin miedo.
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13.
DANTE SPENSCER
El sonido de los golpes en la puerta nos despertaron.
— Señor Dante, puedo pasar — era la voz de Gerald.
Elena saltó de la cama.
— Tranquila — ella revisó si celular.
— Son las 10 de la mañana. Perdón.
— Joven Dante — insistió.
Elena se fue a encerrar al baño.
— Puedes entrar — respondí.
Gerald entró viendo a todos lados con disimulo.
— Buenos días, joven. Pensé que aquí estaba Elena. No la he visto y en su cuarto no está.
— ¿Por qué te preocupas por ella? Ella debe andar por ahí, seguro limpiando algún cuarto.
— Me disculpa que solo lo vine a molestar.
— Prepara el auto, iremos a la Boutique de Gabriela.
— ¿Usted va a salir? Wao joven, me alegra.
— Llevaré a Elena — la mencioné para ver la reacción de él.
No dijo nada.
— Voy a preparar el auto.
— En media hora bajo.
— Está bien — Gerald salió de la habitación. Su semblante había cambiado.
Elena salió.
— Ve y alístate. En 30 minutos salimos — ella muy obediente salió del cuarto.
ELENA DUARTE
Al salir de la habitación de Dante, Gerald estaba ahí como esperando que yo saliera.
Lo miré unos segundo. No dije nada. Me dirigí a mi cuarto. Caminé muy de prisa. Justo cuando iba a abrir la puerta, Gerald me tomó de la mano.
— No te importa si es un discapacitado, solo quieres su dinero. Te estás aprovechando de sus carencias.
— Yo no quiero su dinero. Y no me aprovecho de nada. Yo lo quiero — se tiró una carcajada.
— No mientas. No pensé que fueras así. ¿Te hace sentir mujer por lo menos?
Le di bofetada.
— No me faltes el respeto y no se lo faltes a él. Dices que te criaste con él y él es tu jefe, pero te comportas como si le tuvieras envidia.
— Tú no eres lo que yo pensaba.
— No tú tampoco. Para ser un hombre que ya tienes casi 40 o los 40 te comportas como un estúpido hombre sin cerebro, ¿no que eras maduro? — abrí la puerta, entré y la cerré con seguro.
Me di un baño rápido. Me puse una camisa rosa bebe y una falda con florecita. Me dejé el cabello suelto.
Fui a buscar a Dante. Él llevaba ropa deportiva y su antifaz. Se veía muy nervioso.
— Listo para dar un paseo.
— Eso creo respondió.
Bajamos al jardín. Gerald tenía listo el auto. Ayudó a Dante a subirse al asiento trasero. Me senté junto a Dante.
Cuando Gerald echó a andar el auto, Dante puso una cara como si quisiera llorar y empezó a hiperventilar. Le tomé la mano y fijé mi mirada en sus ojos. Le sonreí. Él me devolvió la sonrisa aunque fue muy forzada.
— Calma — llevé mi mano a su cara — eres un hombre valiente.
Una lágrima rodó por su mejilla.
Le tomé la mano con fuerza.
Gerald solo mirada por el espejo con total repugnancia.
— Llegamos — dijo Gerald.
— Puedes bajarte y darme un minuto — le dije sin vacilar.
Gerald se bajó.
— ¿Estás bien? — le pregunté
— Es difícil para mí, no me gustan los autos — estaba llorando.
Lo abracé.
— Yo estoy aquí contigo — le susurré al oído — Te felicito por ser valiente.
Limpié sus lágrimas. Volví a abrazarlo. Doña Gabriela abrió la puerta del auto.
— ¿Estás bien, Dante? Te ayudo a salir. Gerald y Gabriela lo ayudaron. Entramos a la Boutique. Gerald regresó al auto.
— No me has avisado que venían. Sinceramente, estoy sorprendida de que estés aquí, que te hayas subido a un auto y que estés fuera de tu casa.
— Tú quieres que vaya a esa cena, así que quería ponerme algo decente y que ayudes a Elena a escoger un vestido.
— Hermanito lindo — Gabriela le sonrió.
— Elena escoge varios vestidos y quiero verlos puestos para ver cuál es el indicado para ti.
— Está bien, señor Dante — quise disimular el romance que teníamos.
— Ya te dije que me digas solo Dante.
Gabriela me miró y yo solo bajé la mirada al piso.
Gabriela me ayudó a escoger varios vestidos y uno a uno me los iba probando hasta que el vestido indicado salió.
La mirada de Dante cambió. Gabriela solo observaba sin decir nada. Me sentía mal, porque no quiero que ella piense que es por interés.
— Verdad que se ve hermosa Elena — Gabriela hizo el comentario.
— Totalmente bella. Hermana, estoy enamorada de ella — el celular que tenía en las manos se me cayó.
En un momento sentí demasiadas emociones.
— Elena, solo espero que cuides a Dante. Si lo haces sufrir no lo dejaré pasar — me dio esa advertencia entre risita.
Dante escogió su traje, su corbata combinaba con mi vestido. Regresamos a casa, todo el viaje fui en silencio, tomada de la mano para darle seguridad a Dante.
Le dijo a su hermana que está enamorado de mí. Pero al final, ¿qué somos? ¿Amantes?
Llegamos a casa. Gerald llevó a Dante al cuarto. Yo me fui a mi cuarto a dejar la bolsa donde estaba el vestido. Me puse mi uniforme y fui a la cocina. Preparé algo para comer.
Dejé la comida de Gerald en el microondas.
Subí al cuarto de Dante. Gerald ya no estaba.
—¿Por qué le dijiste eso a tu hermana? Y si me corre.
— No importa, te quedas como mi mujer.
— Pero yo no soy tu mujer. Ni siquiera soy lo más básico.
— Es cierto, no te he pedido que seas mi novia. No es que no quiera que seas mi novia, no he encontrado el momento propicio. Pero desde hoy tenemos una relación de novios. Te parece.
— Así no es — puse la comida en la mesa — me retiro señor Dante.
Salí del cuarto algo decepcionada.
Quería que me pidiera ser su novia con flores, con un plan, no que me reclamara como parte de sus muebles frente a su hermana.