En el pueblo costero de Mar Azul, una antigua maldición ha permanecido oculta durante siglos: cada luna llena, una sirena de belleza deslumbrante pero esencia demoníaca emerge de las aguas, trayendo consigo desgracia, locura y muerte. Nadie se atreve a hablar de ella, pero sus susurros llegan a los oídos de quienes tienen el destino marcado. Cuando Lyssa, una joven con la capacidad de escuchar voces del más allá, llega al pueblo para investigar la desaparición de su madre, se cruza con Christhian, un hombre atormentado por un pasado oscuro y un vínculo inevitable con la criatura marina. Entre ellos nace una atracción peligrosa, mezcla de amor y odio, pasión y recelo. Pero la sirena no está dispuesta a compartir lo que considera suyo: es posesiva, cruel y ha tejido una red de hechizos que atrapa a quienes se acercan a lo que ella reclama. Lo que empieza como una investigación se convierte en una lucha por la supervivencia y el alma. La maldición no es solo una leyenda.
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Capítulo 21: Celos mortales.
Apenas habían sellado su alianza con una mirada cargada de promesas y determinación, cuando el aire cambió de golpe. Hasta ese momento, la noche había sido oscura, pesada, cargada de presagios, pero ahora se volvió densa, irrespirable, como si todo el oxígeno hubiera sido succionado de golpe. Un aullido desgarrador, que no era de viento ni de animal, sino un grito de pura furia y posesión, resonó desde el mar, recorriendo cada calle, cada casa, cada rincón de Mar Azul, metiéndose en los huesos de todos los que allí vivían.
Lyssa y Christhian corrieron hacia la ventana. Lo que vieron hizo que la sangre se les helara en las venas. El mar, que hasta hace poco se extendía oscuro y tranquilo bajo la luna roja, se había transformado en una masa de agua negra y turbulenta, que subía y bajaba con violencia, golpeando la orilla con olas inmensas que rompían con la fuerza de un terremoto. Y allí, en la cresta de la ola más alta, brillando con una luz propia, estaba Serena. No había elegancia en su postura, ni belleza serena. Sus cabellos flotaban alrededor de ella como serpientes oscuras, sus ojos lanzaban destellos rojos, y su boca estaba abierta en un gruñido furioso, revelando dientes afilados como agujas.
—Nos ha oído —susurró Christhian, con voz tensa, apretando el marco de la ventana hasta que sus nudillos se pusieron blancos—. Ha escuchado cada palabra. Ha sentido cada movimiento de nuestro vínculo. Y lo que ha visto… lo que ha sentido… es que ya no le pertenecemos. Y eso… eso es lo único que no puede soportar.
Desde su posición elevada sobre las aguas, Serena fijó sus ojos en la ventana de la posada, en ellos dos, parados juntos, hombro con hombro, sin miedo, sin sumisión. Y en esa mirada no había solo rabia. Había celos. Unos celos antiguos, voraces, mortales, de una criatura que lo había tenido todo, que había controlado vidas y destinos durante siglos, y que ahora veía cómo dos de sus posesiones más valiosas se atrevían a mirarse, a hablar, a unirse contra ella.
—¡Rivales! —retumbó su voz, no solo en el aire, sino dentro de las cabezas de todos los habitantes del pueblo, un grito que dolía, que hacía temblar los cristales y crujir las vigas de las casas—. ¡¿Creéis que podéis tener lo que es mío?! ¡¿Creéis que podéis uniros, hablar, decidir, sin mi permiso?! ¡No acepto rivales! ¡No acepto que nada ni nadie se interponga entre yo y lo que me pertenece!
Bajó los brazos con un movimiento brusco y violento, y al hacerlo, las aguas negras se abalanzaron sobre la orilla, no como una marea natural, sino como una mano gigante y destructiva. Las primeras casas, las más cercanas a la playa, fueron golpeadas con tal fuerza que sus paredes de madera se rompieron al instante, sus techos volaron, y el agua entró arrasando con todo lo que encontraba a su paso. Se escucharon gritos desesperados, llantos, el sonido de muebles rompiéndose, de puertas arrancadas de cuajo.
—¡No! —gritó Lyssa, horrorizada, viendo cómo la destrucción se extendía calle arriba—. ¡Está castigándolos a ellos! ¡Los está atacando solo porque estamos nosotros juntos!
Christhian la tiró hacia atrás, lejos de la ventana, justo cuando una ráfaga de viento cargada de sal y espuma golpeó el cristal, haciéndolo vibrar peligrosamente. Su rostro estaba deshecho por el dolor y la culpa. Él conocía este juego. Lo había visto jugarse muchas veces. Serena no atacaba directamente a quienes la desafiaban al principio. Atacaba lo que les rodeaba, lo que podían ver, lo que podían sentir, para hacerles entender que cada decisión que tomaban tenía un precio pagado en sangre ajena.
—Lo hace para hacernos daño —explicó él con amargura, con la voz rota—. Sabe que no podemos soportar ver sufrir a gente inocente. Sabe que nos sentiremos culpables. Nos está diciendo: «Miren lo que pasa cuando se atreven a ser algo que no sea míos. Miren cuánto duele su rebeldía». Ella no acepta que tengamos una alianza, Lyssa. Para ella, esto es una traición personal. Y su furia de celos es más peligrosa que cualquier otra cosa.
Serena se deslizó entonces desde las aguas hasta la arena, avanzando hacia el pueblo con pasos pesados y furiosos. A su paso, la tierra se agrietaba, las luces de las velas y faroles se apagaban de golpe, dejando todo en una oscuridad absoluta que solo ella iluminaba con su resplandor venenoso. Levantó la mano, y desde el suelo brotaron formas oscuras, sombras alargadas y retorcidas que se metían por las rendijas de las puertas y ventanas, arrastrando a los habitantes hacia fuera, hacia la calle, hacia la oscuridad.
Gritos aterradores llenaron el aire. Familias enteras salían arrastradas por fuerzas invisibles, cayendo de rodillas en el barro y el agua que ya cubría las calles. Serena se detuvo en medio de la plaza principal, rodeada de sus sombras, con la cabeza alta, brillante y terrible, y miró hacia la posada, hacia ellos dos, que observaban todo impotentes desde arriba.
—¡Miren! —ordenó ella, con una risa cortada por la ira—. ¡Miren lo que cuesta su pequeño amor! ¡Miren lo que cuesta creer que pueden ser algo sin mí! ¡Estas vidas, estas casas, este pueblo entero… es el precio por haberos atrevido a miraros con otros ojos que no sean los míos!
Se giró hacia la gente, que temblaba en el suelo, cubierta de agua y miedo, y su voz se volvió afilada y cortante como una cuchilla:
—¡Saben quién soy! ¡Saben que soy la dueña de todo lo que ven! ¡Y ahora saben también que tengo rivales! ¡Dos criaturas que creen que pueden quitarme lo que es mío! —señaló hacia arriba, hacia la ventana donde estaban ellos—. ¡Pero les demostraré, a ellos y a todos ustedes, que nada se me resiste! ¡Que nadie se atreve a tener lo que es mío sin pagar con dolor!
Con un simple movimiento de sus dedos, el agua que cubría el suelo se elevó formando columnas oscuras que envolvieron a varias personas, levantándolas en el aire, dejándolas colgando, ahogándose, sufriendo, mientras sus gritos se ahogaban en sus propias gargantas.