Zadie fue una genio de la tecnología, una mujer de 24 años creadora de la inteligencia artificial más avanzada de su época, pero despreciada, ignorada y rechazada por un mundo que no entendía su genio ni su valor. Murió en un accidente mientras conectaba su propia conciencia con esa IA, y renació siglos atrás, en la antigua Macedonia, con un nuevo nombre: Zamira. Ahora, su mente y su cuerpo están integrados con esa tecnología, que le da conocimientos infinitos, habilidades sobrehumanas y la capacidad de analizar y dominar cualquier situación. Llega al palacio del príncipe Lixandro, un vampiro de sangre real, hermoso pero terriblemente frágil, viudo y padre soltero de trillizos: Lixan, Lucian y Luciana. Los tres son niños con poderes sobrenaturales, inteligencia desbordante y una fama de traviesos insoportables, que ha ahuyentado a todas las mujeres contratadas para ser su madre sustituta. Zamira acepta el contrato sin esperar amor, solo un lugar donde ser respetada.
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El contrato
Las pesadas puertas de madera se abrieron con un crujido profundo, como si el propio edificio estuviera respirando después de siglos de existencia. Zamira —aún acostumbrándose a ese nombre, aunque su mente seguía siendo la de Zadie, llena de lógica y datos— cruzó el umbral y sintió que entraba en un mundo paralelo. El interior del palacio de Macedonia era aún más imponente que el exterior: pasillos altos con techos abovedados, iluminados solo por antorchas que ardían con una llama dorada y constante, paredes revestidas de piedras frías y suelos de mármol oscuro que reflejaban la luz como si fueran lagos inmóviles. El aire allí dentro era fresco, cargado de olores a cera, madera antigua y una esencia sutil, casi imperceptible, que recordaba a la lluvia y a las noches profundas: el olor propio de la estirpe que habitaba aquel lugar.
Caminó guiada por un sirviente vestido con túnicas oscuras, que no pronunció ni una sola palabra durante todo el trayecto. Sus pasos resonaban en la soledad del pasillo, y cada ventanal que dejaba atrás mostraba jardines inmensos, árboles de hojas perennes y estatuas que parecían observar a cualquiera que pasara. Zadie, con su mente analítica activa al máximo, calculaba distancias, estructuras arquitectónicas y patrones en la disposición de todo lo que veía; para ella, incluso un palacio antiguo seguía reglas, sistemas y orden, igual que un código informático o una fórmula matemática. Y todo allí le indicaba una cosa: poder, antigüedad y un control absoluto sobre cada detalle.
Llegaron al final de una galería y el sirviente se detuvo ante una puerta más pequeña, pero igual de solemne. Hizo una reverencia, señaló hacia adentro y se retiró en silencio. Zamira respiró hondo, enderezó su postura —instinto que le venía de años de tener que demostrar su valor ante quienes la subestimaban— y entró.
La habitación era un salón amplio, con una chimenea enorme en un lado donde un fuego tranquilo ardía sin consumirse, estanterías llenas de libros que parecían tan viejos como el propio reino, y alfombras gruesas que amortiguaban cualquier ruido. Al fondo, sentado en un sillón de madera tallada con detalles de criaturas aladas, estaba él.
Al verlo por primera vez con claridad, Zamira entendió por qué se decía que su belleza no tenía igual. Lixandro De la Fuente, príncipe heredero de Macedonia, tenía el cabello oscuro como la noche más cerrada, cayendo en ondas suaves sobre sus hombros y su frente. Sus ojos, de un color ámbar intenso y brillante, parecían guardar todo el conocimiento y toda la tristeza del mundo entero. Su piel era pálida, casi translúcida, y sus rasgos eran tan perfectos que parecían esculpidos por una mano divina: nariz recta, labios finos y una expresión seria, reservada, como si siempre estuviera construyendo un muro entre él y el resto de las personas. Vestía una túnica de terciopelo negro con bordados de hilos plateados, y sus manos, largas y finas, descansaban sobre los reposabrazos con una quietud absoluta.
Pero la mente de Zadie no se dejó llevar solo por la apariencia. En cuanto lo observó con detenimiento, notó los detalles que otros ignorarían: la forma en que su cuerpo se inclinaba levemente hacia un lado, el ligero temblor casi imperceptible en sus dedos, la palidez que no era solo belleza, sino falta de vitalidad, y la forma en que parpadeaba con lentitud, como si cada movimiento le costara esfuerzo. Recordó lo que sabía de él, lo que su conciencia había captado al llegar: la maldición de nacimiento. A diferencia de los de su raza, inmortales, fuertes y resistentes, él era frágil, débil, propenso a enfermar y a sufrir dolores que nadie más podía comprender.
—Te estaba esperando —dijo Lixandro. Su voz era grave, suave y profunda, pero con un matiz de cansancio que se le escapaba a pesar de su orgullo y su control. No se levantó, ni hizo un gesto de bienvenida. Se quedó allí, inmóvil, observándola con esos ojos ámbar que parecían querer leer cada rincón de su alma—. Sé quién eres, o al menos, sé lo que dicen de ti. Una mujer que apareció de la nada, que habla con una lógica que nadie entiende y que no parece asustarse de nada. Eso es lo que necesito.
Zamira se mantuvo de pie frente a él, con la mirada firme. No iba a dejar que su posición de príncipe, ni su belleza, ni su aura de poder la hicieran retroceder. Ella había enfrentado jefes arrogantes, sistemas injustos y la soledad más absoluta; un príncipe triste y enfermo no iba a intimidarla.
—Sé por qué estoy aquí —respondió ella, con una voz tranquila y clara—. Y sé que tú necesitas algo que yo puedo ofrecer. La lógica, la estrategia, la capacidad de resolver problemas que nadie más ha podido solucionar.
Lixandro asintió lentamente, y una sombra de amargura cruzó su rostro.
—Exacto. Tienes razón. Mi problema no es el reino, ni las leyes, ni las alianzas con otras estirpes. Mi problema está aquí, dentro de estas paredes —hizo una pausa, y apartó la mirada como si solo pensar en ello le causara dolor—. Tengo tres hijos. Lixan, Luciana y Zairá. Son hermosos, inteligentes, tienen toda la fuerza y la magia de nuestra sangre… pero son, sin duda, la prueba más dura que la vida me ha puesto enfrente.
Hizo un gesto con la mano, como si estuviera apartando una pesada carga, y comenzó a describirlos, palabra por palabra, con una mezcla de orgullo y desesperación:
—Lixan es el mayor. Apenas tiene doce años, pero su mente funciona como la de un anciano que ha vivido mil vidas. Es un genio, Zamira. Entiende cualquier cosa con solo mirarla, calcula consecuencias que nadie más ve, planea jugadas y travesuras tan complejas que cuando descubres que fue él, ya es demasiado tarde para hacer algo. No le mueve la maldad, sino el aburrimiento. Para él, todo es un rompecabezas, un juego que ganar, y las personas somos solo piezas que mover a su antojo. Nadie ha logrado ganarle una sola discusión, ni prever sus pasos, ni mucho menos hacer que obedezca una orden que no le parezca interesante.
Hizo una pausa breve, y continuó con un tono más grave:
Muy... creativos 🙄😒