Todos creían que Cynthia tenía una vida perfecta.
Nadie veía los moretones escondidos bajo el maquillaje.
Nadie escuchaba los gritos detrás de las paredes de la mansión.
Durante cinco años soportó golpes, humillaciones y miedo por proteger a su hija. Pero cuando una tragedia destruye lo poco que quedaba de su mundo, comprende que solo tiene dos opciones: quedarse y morir... o escapar.
Lo que Cynthia no sabe es que el hombre al que dejó atrás nunca aceptará perderla.
Y hará cualquier cosa para recuperarla.
Una madre. Una hija. Una huida desesperada. Y una batalla por la libertad que apenas comienza.
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Capítulo 3
La ambulancia llegó con las sirenas aullando en la noche. El director de la clínica, el doctor Ángel Velasco, caminaba por los pasillos cuando escuchó el reporte por radio: mujer en condición crítica, sangrado incontrolable, posible aborto.
Ángel tenía treinta y dos años. Los periódicos lo llamaban "el cirujano prodigio". Pero nada de eso importaba cuando tenía un bisturí en la mano y una vida dependiendo de sus decisiones. Se preparó y entró a la sala de cirugía. Las enfermeras ya habían colocado a la paciente en la camilla.
Lo que vio al revisarla lo hizo apretar la mandíbula. Los moretones eran evidentes bajo las luces quirúrgicas. Frescos, oscuros. Otros amarillentos, sanando apenas. El aborto había sido causado por trauma severo. El conducto vaginal lastimado. Las contusiones en abdomen y pelvis no dejaban duda.
—¿Quién le hizo esto? —murmuró.
Nadie respondió, pues todos en esa sala conocían la respuesta.
Tres horas después, se quitó los guantes ensangrentados y pidió restringir las visitas hasta poder entender quien la había lastimado tanto.
En su oficina, lo revisó el expediente completo, pero como pensó este era impecablemente limpio. Sin trauma, sin violencia doméstica registrada. Como si los años de golpes nunca hubieran existido. El apellido lo explicaba todo: Castro. El esposo era Alberto Castro. Empresario de exportación. Conexiones en el gobierno. Capaz de comprar silencio.
—Maldito. Murmuro y arrojo la tableta aun lado.
Caminó hacia el ala de recuperación. En el pasillo encontró lo que esperaba: Alberto Castro, fumando junto a una ventana, quiso golpearlo, darle al menos un 10% de los moretones que tenia su paciente.
—Apague el cigarrillo. No se puede fumar aquí.
Alberto se giró, listo para responder. Pero reconoció al director y heredero de los Velasco y se contuvo.
—¿Cómo está mi esposa, doctor? Dijo con fingida preocupación.
—Viva. Pero debe permanecer internada. Tuvo un aborto espontáneo debido al trauma severo.
—¡Mi esposa no fue abusada! Estábamos teniendo relaciones. Ninguno sabía que estaba embarazada.
Ángel dio un paso hacia él, apretando el puño dentro de los bolsillos de su bata.
—Los desgarros vaginales. Las contusiones pélvicas. Las fracturas costales antiguas. Todo cuenta una historia diferente, maldito animal.
Alberto se puso rojo.
—¿Me está acusando de algo?
—No lo estoy acusando de nada. Solo leo lo que su esposa no puede decir.
—Cuidado, doctor está sobrepasando sus límites.
Ángel sonrió sin humor.
—Y usted tenga cuidado, si no fuera porque el expediente de su esposa está limpio ya estaría preso.
Se miraron como depredadores. Pero Alberto sabía quién era Ángel Velasco. Sabía que la familia Velasco tenía más recursos, más poder, más conexiones que los Castro. No era un hombre con el que se pudiera jugar.
—No podrá verla hasta que despierte. Regrese mañana.
Alberto apretó los puños y se fue.
Ángel entró en la habitación de Cynthia. Yacía inmóvil, pálida. Se sentó junto a la cama.
Los recuerdos lo golpearon. Ángela. Su hermana mayor. Casada con un hombre que la destruyó. Cuando descubrieron la verdad, ya era tarde, ella se ahorcó en el baño.
Miró a Cynthia.
—No sé quién eres. Pero esta vez voy a hacer las cosas bien.
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Dos días después, Cynthia despertó.
Con el pitido de las máquinas y sintiendo ese vacío horrible en su vientre.
—Mi bebé —susurró.
La puerta se abrió. Un hombre joven entró. Treinta y pocos, bata blanca, ojos que no mostraban lástima sino rabia contenida.
—¿Cómo se siente?
—Mi bebé... ¿dónde está mi bebé?
Ángel se sentó junto a la cama.
—Lo siento. Cuando llegó, ya lo había perdido.
El grito que salió de Cynthia fue desgarrador. Las lágrimas caían sin control.
Ángel le tomó las manos, sabía que no debía, pero ella lo necesitaba.
—Es mi culpa —sollozó Cynthia—. Fui a una clínica. Iba a deshacerme de él. Pero escuché su corazón y no pude. Y ahora ese maldito me lo arrebató de todas formas.
—No es su culpa.
—¡Sí lo es! Si hubiera sido más fuerte...
—Si su esposo no la hubiera violado sabiendo que estaba embarazada, su hijo estaría vivo. Esa es la verdad.
Cynthia lo miró.
—Usted no entiende.
—Entiendo más de lo que cree. Leí su expediente. Las fracturas antiguas. Los moretones. Esto no empezó ayer.
—No. Cinco años. Desde que nos casamos.
—Tiene una hija. Valentina. ¿Qué cree que está aprendiendo?
Las palabras fueron como bofetadas.
—Hace dos años huía con ella y con Lucía, pero él nos encontró. Me fracturó tres costillas y a su hermana le partido dos dedos frente a mí, luego me dejo encerrada en el sótano un mes, solo con pan y agua, cree que no me mataría si lo intento de nuevo.
—Esta vez será diferente.
—¿Cómo? Alberto tiene ojos en todas partes. Cámaras. Guardias. Rastreadores.
—Porque esta vez tendrá ayuda. Mi ayuda.
—¿Por qué? ¿Por qué haría eso por mí?
Ángel se quedó callado.
—Tuve una hermana. Ángela. Su esposo la maltrataba. Cuando lo descubrimos, ya era tarde. Se había ahorcado. No pude salvarla. Pero puedo salvarla a usted.
—Lo siento.
—Yo también. Por eso no voy a permitir que le pase lo mismo.
Cynthia cerró los ojos.
—¿Qué necesita que haga?
—Que confíe en mí. ¿Puede?
Silencio largo.
Entonces Cynthia asintió.
—Voy a dejar a mi esposo. Y acepto su ayuda.
Ángel sintió algo aflojarse en su pecho.
—No se va a arrepentir.
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Al día siguiente, la puerta de la oficina de Ángel, se abrió de golpe.
Alberto entró furioso, Catalina detrás.
—¿Dónde está mi esposa?
La secretaria se levantó, asustada.
—Señor Castro...
—Lléveme con Cynthia. Ahora.
Ángel salió, bata manchada de sangre.
—Ya le dije que no puede verla.
—Llevo dos días esperando. O me deja verla o traigo a mis abogados.
Catalina asintió.
—Mi hijo tiene derecho a ver a su esposa.
Ángel los evaluó.
—Está bien. Diez minutos. Si la alteran, los saco.
Alberto sonrió.
—Sabía que entraría en razón.
Los condujo al cuarto. Cynthia estaba sentada, mirando por la ventana. Cuando vio a Alberto, se tensó.
—Amor —Alberto corrió, tomó sus manos—. Gracias a Dios, me tenías muy preocupado.
Cynthia no respondió.
Catalina se acercó.
—Qué lástima lo del bebé. Alberto estaba tan ilusionado.
—Yo también señora. Dijo ella apretando los puños, sabia como terminaría esa conversación, esa mujer no perdía oportunidad.
—Si te hubieras cuidado mejor, tal vez no lo habrías perdido.
Ángel dio un paso adelante, conteniendo su furia.
—Suficiente. Salgan.
—¡Apenas llevamos cinco minutos!
—Y ya cumplieron su propósito. Fuera.
Catalina bufó y se mordió el labio con rabia, nunca se había sentido tan humillada en su vida.
—Qué grosero.
Alberto besó la frente de Cynthia, sabia que no era el lugar ni el momento para discutir. Puso su mejor sonrisa.
—Volveré mañana, con Valentina cariño. —Bajó la voz—. Más te vale comportarte, como una esposa amorosa.
Cuando salieron, Cynthia se dejó caer, las lágrimas llenaban sus ojos.
Ángel se acercó y le dio un pañuelo.
—Tuvo que hacerlo. Si no, sería peor.
—Lo entiendo doctor, solo que, para esa mujer, soy la campesina que atrapó a su príncipe.
Ángel apretó la mandíbula.
—Aguante, saldrá de aquí y luego podrá librarse de ese animal y su familia viciosa.
Cynthia lo miró con determinación nueva.
—Doctor Velasco. Cuando salga... voy a necesitar su ayuda para irme, tengo ahorros, nunca dejo de esconder dinero de Alberto por si tengo oportunidad, pero sola no puedo.
—La tendrá. Se lo prometo.
Y por primera vez en cinco años, Cynthia creyó que había una salida.