Kiara Jiménez sólo quería desahogarse de su jefe frío, exigente e insoportable. Así que hizo lo que jamás admitiría en voz alta: escribió una novela adulta con Darío Zárate como protagonista.
El problema fue que, por error, no la subió a la plataforma.
Se la mandó a él.
Una noche de alcohol, vergüenza y deseo termina en la cama del hombre que más quería evitar. Kiara intenta fingir que todo fue un accidente, pero Darío no parece dispuesto a dejarla escapar. Entre ascensos inesperados, una prometida celosa, secretos familiares y amenazas que la persiguen, Kiara tendrá que decidir si Darío es su peor error… o el único hombre capaz de protegerla cuando todo se derrumba.
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Capítulo 2
Capítulo 2
Antes de conocer esa voz dulce al teléfono, jamás había imaginado a Darío Zárate siendo amable con una mujer.
En la empresa había pasado de todo.
Una practicante muy bonita se enamoró de él casi desde el primer día. Le sonreía en los pasillos, le llevaba café con una excusa distinta cada mañana y encontraba cualquier pretexto para quedarse cerca de su oficina.
Darío no le dio ni media oportunidad.
Cuando ella cometió un error en un entregable, él la regañó frente a medio departamento con una frialdad tan limpia que la pobre salió llorando y renunció esa misma semana.
Así era él.
O eso creía yo.
Por eso, al oír esa voz femenina al otro lado de su celular, sentí que el estómago se me hacía chiquito.
La llamada terminó con una frase corta de Darío:
—Voy para allá pronto.
Mientras él hablaba, yo me arrastré hacia un lado de la habitación y me puse la ropa como pude. La blusa no estaba completamente derecha, la falda tenía una arruga horrible y mi dignidad, bueno, esa seguía tirada en algún punto de la suite.
Cuando volví a mirarlo, Darío ya había colgado.
Sus ojos oscuros estaban puestos en mí.
Me sentí incómoda de pies a cabeza.
Literalmente.
Porque no había parte de mí que no recordara la noche anterior.
Me adelanté antes de que él pudiera hablar.
—Director Zárate, lo de anoche fue porque tomé demasiado. No tiene que darle importancia. Fue un accidente.
Darío repitió la última palabra.
—¿Accidente?
—Sí. Sí.
Agaché la cabeza.
No podía mirarlo a la cara.
Me dije que ya había presentado mi renuncia. Si todo salía bien, esta sería la última vez que lo vería en una habitación de hotel, en una oficina, en esta vida y, con suerte, en las siguientes tres.
—Y no se preocupe —añadí—. No voy a decir nada. Cuando salga de este cuarto, hacemos como si nada hubiera pasado.
Así debía quedar resuelto.
Sin escándalo.
Sin problemas.
Sin hacerle daño a esa mujer que acababa de llamarlo.
Esperé.
Darío no dijo nada.
El silencio se estiró tanto que me dieron ganas de explicar otra vez, pero antes de que pudiera abrir la boca, escuché el golpe de la puerta.
Cuando levanté la mirada, él ya se había ido.
Me quedé sola.
La tensión que me mantenía de pie se aflojó de golpe.
Respiré.
No bien.
Pero respiré.
Encontré mi celular atorado en una rendija de la cabecera. No tenía idea de cómo había terminado ahí. La batería estaba muerta, así que lo conecté al cargador de la suite.
Apenas encendió, entró la llamada de Luna.
Ver su nombre me dio ganas de atravesar la pantalla.
—¿Bueno?
Luna sonó culpable.
—¿Cómo estás?
Solté una risa seca.
—¿Tú qué crees?
—A ver, tampoco fue totalmente mi culpa.
—Claro. Seguro fue culpa del clima.
—Tomaste muchísimo —se defendió—. Estabas necia con que ibas a llamar a Darío para enseñarle a comportarse como persona. Yo intenté detenerte, pero luego Ángel me escribió, ya sabes, Ángel, el chico que te conté, y...
Ángel era el universitario con cara de inocente con el que Luna llevaba días pegada como si el mundo se fuera a acabar.
La interrumpí.
—Y me vendiste.
—Luego te marqué varias veces y no contestaste. Pensé que te habías dormido.
No.
No me había dormido.
No al principio.
Sentí que el calor me subía otra vez al cuello.
Luna bajó la voz.
—Oye... no pasó nada con tu director, ¿verdad?
La memoria de las sábanas, su boca y mi cuerpo cansado me golpeó sin permiso.
—No —dije entre dientes.
Y colgué.
Me metí al baño.
Necesitaba agua.
Necesitaba jabón.
Necesitaba arrancarme de la piel esa mezcla de perfume masculino y vergüenza.
Pero el espejo no ayudó.
Me quedé mirando las marcas en mi cuello, en los hombros, sobre la piel que no solía enseñar. Algunas eran suaves. Otras no tanto.
Anoche no había sido una imaginación borracha.
Había pasado.
Y también recordé algo más.
Medidas.
No sabía si se habían tomado.
Esa duda me sacó del hotel más rápido que cualquier remordimiento. Salí, crucé la calle y entré a una farmacia. Compré un anticonceptivo de emergencia, lo tomé con agua ahí mismo y volví a casa con el cuerpo pesado.
Entre el alcohol, la ducha, el medicamento y la humillación, para cuando llegué a mi departamento ya era casi mediodía.
Me acosté con la intención de cerrar los ojos cinco minutos.
Desperté con el celular sonando como alarma de incendio.
Era mi asistente, Lina.
—¡Jefa! ¿Qué está haciendo? ¿Por qué no contesta? El proyecto anterior se firma esta noche. Tiene que venir ya.
Todavía estaba medio dormida.
—Pero... existe una pequeña posibilidad de que yo haya renunciado.
—¿Renunciado? ¿Qué renuncia? El director Zárate no dijo nada de eso. Sólo dijo que hoy pidió el día, pero que en la cena de esta noche sí iba a estar.
Me quedé helada.
—¿Qué?
—No hay tiempo. Usted es la responsable principal del proyecto. Si no viene, no podemos cerrar. Ya llegó el director Zárate. Luego hablamos.
La llamada terminó.
Me quedé mirando la pantalla.
Darío había dicho que yo asistiría.
Y si Darío Zárate decía que yo asistiría, no asistir significaba esperar su llamada.
Prefería tirarme a una fuente pública.
Aun así, me levanté.
Me vestí con el cuerpo todavía raro, tomé mi bolsa y fui al hotel que Lina me mandó por mensaje.
Me arrepentí en cuanto vi la entrada.
Era el mismo hotel.
El mismo.
El universo tenía un sentido del humor horrible.
Me quedé frente a la puerta, incapaz de entrar.
¿Qué clase de persona volvía al hotel donde la noche anterior había perdido el juicio, la vergüenza y posiblemente media alma?
Yo.
Al parecer.
Saqué el celular para escribir que había tenido un accidente de tránsito. Nada grave. Lo suficiente para no asistir. Tal vez un choque pequeño, moralmente necesario.
—¿Por qué no entras?
La voz baja me llegó por la espalda.
Me giré.
Darío Zárate estaba a unos pasos, con un abrigo gris oscuro sobre el traje, alto, impecable, sosteniendo un cigarro sin encender entre los dedos. La luz de la entrada del hotel le marcaba la mandíbula y el perfil de una forma indecentemente buena.
No tenía energía para admirarlo.
No después de la mañana.
—Director Zárate —dije, forzando una calma que no tenía—. ¿No había llegado ya? ¿Por qué no entró?
Me miró.
—Estoy esperando a alguien.
Alguien.
Claro.
La mujer del teléfono.
La curiosidad me picó, pero no pregunté. Una persona inteligente no metía los dedos en enchufes. Yo ya había metido el cuerpo completo en un problema.
—Entonces yo entro primero.
Di dos pasos hacia la puerta.
—¿Qué es eso?
Me detuve.
Su tono no sonaba a pregunta.
Me giré despacio.
Darío tenía en la mano una cajita.
La reconocí de inmediato.
El anticonceptivo de emergencia.
Mi alma, que apenas había vuelto a medio instalarse, se volvió a salir.
No sabía cuándo se me había caído de la bolsa.
Abrí la boca.
Quise decir: “¿Usted no sabe leer?”
No me atreví.
—Es que... por si acaso. Si pasa algo, sería difícil de manejar, ¿no?
Tragué saliva.
—Director Zárate, no se preocupe. Entiendo las reglas. No voy a causarle problemas.
Darío no habló.
Su mirada pesaba.
El medicamento en su mano pesaba más.
Después de varios segundos, señalé la caja con torpeza.
—¿Me la puede devolver?
—Ven por ella.
Su voz sonó grave.
Muy quieta.
Como si dos pasos fueran una prueba.
Claro.
Él era el jefe.
Hasta para devolver una caja de farmacia parecía capaz de obligarme a caminar hacia él.
Me acerqué rápido, tomé el medicamento de su mano como si quemara y lo metí en mi bolsa.
—Entonces subo primero.
No esperé respuesta.
Entré al hotel sin mirar atrás.
Porque si miraba, quizá encontraba en su cara algo que no sabía cómo soportar.