James Fernández lo tiene todo: es un arrogante CEO tecnológico de 26 años y el playboy más cotizado de Madrid. Pero un devastador diagnóstico de cáncer destruye su mundo: tiene una semana para salvar su descendencia antes de quedar estéril para siempre. Su única opción es un vientre de alquiler exprés en Grecia.
Estela Gómez tiene 20 años y su vida es un infierno de deudas por culpa de una estafa familiar. Cuando su madre colapsa y necesita una cirugía de urgencia que no pueden pagar, Estela toma una medida desesperada: aceptar el frío contrato de James a cambio de la vida de su madre.
Lo que empieza como una transacción comercial secreta se transforma bajo el ático de la Castellana. Entre la quimioterapia de él y los latidos de un embarazo inesperado, la mentira se mezclará peligrosamente con un amor real capaz de desenterrar los secretos más oscuros del pasado.
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CAPITULO 14. LA CAIDA DEL REY.
El tiempo en el ático de la Castellana comenzó a medirse en ciclos médicos. Habían pasado cuatro semanas desde la primera ecografía, y el embarazo de Estela avanzaba de forma impecable. Su vientre empezaba a curvarse de manera sutil bajo la ropa nueva que James le había comprado. Sin embargo, mientras la vida florecía en el interior de Estela, el cuerpo de James libraba una batalla silenciosa y desgastante. Las sesiones de quimioterapia preventiva se habían vuelto más agresivas, y el joven CEO pasaba los días encerrado en su despacho, intentando dirigir su empresa tecnológica a través de videollamadas, ocultando su cansancio detrás de la pantalla del ordenador.
Estela respetaba escrupulosamente las distancias de seguridad médica tras cada sesión, pero se encargaba de que en la cocina nunca faltaran los caldos nutritivos, los tés de jengibre y las comidas suaves que ayudaban a James a sobrellevar los efectos del tratamiento. El lenguaje de los cuidados se había convertido en su forma de comunicarse sin palabras.
Una mañana de martes, un estruendo proveniente del baño principal rompió la calma del piso. Estela, que estaba en el salón leyendo un libro sobre cuidados prenatales, se levantó de golpe. Al acercarse a la puerta entornada del dormitorio de James, escuchó un silencio pesado, denso, que la asustó más que cualquier grito.
—¿James? —llamó con suavidad, golpeando los nudillos contra la madera—. ¿Estás bien? ¿Ha pasado algo?
No hubo respuesta. Estela, empujada por la preocupación, abrió la puerta del todo y entró al baño.
James estaba de pie frente al gran espejo de aumento, inmóvil, como si se hubiera transformado en una estatua de sal. Llevaba las manos levantadas a la altura de la cabeza. Al mirar hacia el lavabo de mármol, Estela comprendió de inmediato la tragedia. El fondo blanco de la pila estaba cubierto por mechones enteros de cabello oscuro. James acababa de pasarse la mano por la cabeza y se había quedado con gran parte de su pelo entre los dedos.
El golpe para el orgullo del playboy fue devastador. James miraba su reflejo con los ojos fijos, desorbitados, llenos de una rabia y una impotencia contenidas que le hacían temblar la mandíbula. Aquella melena perfecta que siempre había peinado con esmero, el cabello que tantas mujeres habían acariciado en sus noches de fiesta, se estaba desprendiendo a pedazos, recordándole que la enfermedad le estaba quitando el control de su propia imagen.
—James… —susurró Estela, dando un paso hacia él, olvidando por un segundo las restricciones físicas.
—No me mires —ordenó él con una voz que vibraba de pura humillación, sin apartar los ojos del espejo—. ¡Te he dicho que no me mires, Estela! Vete de aquí. Dan asco las pintas que tengo.
—No das asco, James. Deja de decir tonterías —le espetó Estela con una firmeza que lo dejó descolocado. La chica entró por completo en el baño, buscó en los armarios inferiores y sacó una maquinilla eléctrica de cortar el pelo que James usaba para arreglarse la barba—. Esto iba a pasar tarde o temprano, el oncólogo te lo advirtió. No puedes dejar que se caiga a parches. Hay que tomar el control.
James la miró a través del espejo, con los ojos inyectados en sangre y las manos aún temblorosas.
—¿Qué pretendes hacer? ¿Afeitarme la cabeza? Ni de coña. Prefiero encerrarme aquí dentro los próximos tres meses.
Estela suspiró, colocándose detrás de él. Con delicadeza, le puso una mano en el hombro, transmitiéndole una calidez que el joven necesitaba desesperadamente aunque su orgullo le impidiera pedirla.
—James, eres el CEO de una multinacional tecnológica. Eres un hombre inteligente, fuerte y el padre de los dos bebés que llevo aquí dentro —dijo Estela, mirándolo fijamente a través del reflejo—. El pelo vuelve a crecer. La vida no. Deja que te ayude a pasar este trago. No tienes que esconderte de mí. Ya te he visto en el suelo de este baño vomitando el alma; una cabeza rapada no va a cambiar lo que pienso de ti.
Las palabras de Estela calaron hondo en el muro de soberbia de James. El joven cerró los ojos, dejó caer los brazos a los lados del cuerpo y exhaló un largo suspiro de rendición. Se sentó en la banqueta de cuero del baño, bajando la cabeza.
—Está bien —consiguió decir en un susurro—. Hazlo.
Estela encendió la maquinilla. El zumbido eléctrico llenó el espacio. Con movimientos lentos, suaves y cargados de un respeto infinito, la chica comenzó a pasar la máquina por la nuca de James. Los mechones oscuros caían sobre la capa que le había colocado sobre los hombros. Estela trabajaba en silencio, concentrada, asegurándose de no lastimar la piel sensible de su cabeza.
James mantenía los ojos cerrados, apretando los puños sobre sus rodillas. Sentía cada pasada de la máquina como una pérdida, pero al mismo tiempo, el tacto sutil de los dedos de Estela guiando la maquinilla le producía una paz inexplicable. Ella no lo miraba con lástima; lo miraba con la misma dignidad y entereza con la que se enfrentaba a la vida cada día.
Cuando Estela terminó, apagó la máquina y limpió los restos de cabello con una toalla húmeda.
—Ya está, James. Mírate.
James abrió los ojos lentamente y se enfrentó a su nuevo reflejo en el espejo. El playboy de alta sociedad ya no estaba. En su lugar había un hombre de facciones duras, con la mirada afilada y la cabeza completamente rapada, que resaltaba aún más la intensidad de sus ojos claros. No se veía débil; se veía como un guerrero que estaba sobreviviendo a una tormenta.
James se levantó de la banqueta, mirándose desde diferentes ángulos. El miedo a la humillación se disipó al ver que seguía siendo él, solo que una versión más cruda y madura de sí mismo. Se giró hacia Estela, que le sonreía con dulzura desde el umbral de la puerta.
—No… no me queda tan mal, ¿verdad? —intentó bromear James, forzando una sonrisa que por fin rompió la tensión acumulada.
—Te queda espectacular, James. Pareces el protagonista de una película de acción —respondió Estela con una risa suave, haciendo que el corazón del millonario diera un vuelco extraño en su pecho.
James se acercó a ella, deteniéndose justo a la distancia permitida, mirándola con una gratitud tan profunda que las palabras se le quedaban cortas. Aquella mañana, el rey de la Castellana había perdido su corona de pelo, pero gracias a la chica de la sudadera gris, había ganado una fuerza que el dinero jamás podría comprar.