Durante cinco años, Isabela soportó en silencio el desprecio, las humillaciones y la frialdad de su esposo Mateo, un poderoso magnate atrapado en la obsesión por una mujer que solo sabía traicionarlo. Isabela entregó su juventud y su corazón para cuidar de su hogar y de su pequeño hijo Mael, pero para Mateo ella nunca fue más que una intrusa.
Cansada de vivir bajo la sombra del dolor, Isabela decide tomar a su hijo, firmar el divorcio y marcharse para siempre. Sin embargo, una tragedia inesperada en la calle apaga sus vidas en un instante, dejando como último eco una dolorosa súplica: "Ojalá jamás te hubiera conocido, Mateo".
Consumido por una culpa devoradora, Mateo comprende demasiado tarde el valor de la mujer que destruyó. Desesperado por reparar sus errores, emprenderá un viaje hasta los confines del mundo, sometiéndose a un sacrificio extremo en un templo milenario para pedir un único milagro: devolver el tiempo.
AUTORA REGISTRADA DE NOVELTOON
Débora Camejo
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5. Capítulo 5
El despertar de una segunda oportunidad
Un resplandor cálido y envuelto en silencio envolvió la vista de Mateo. El viento helado de las montañas de Japón y el dolor que atenazaba su cuerpo desaparecieron de golpe.
Abrió los ojos sobresaltado, respirando entrecortadamente. Se encontró de pie en el gran ventanal de su oficina ejecutiva en la Corporación Mercier. Vestía un traje impecable y en su mano sostenía una pluma estilográfica sobre un contrato multimillonario. A su lado, la voz de Regina resonaba con esa ligereza superficial que antes solía cautivarlo.
—Mateo, querido, ¿me estás escuchando? Decía que deberíamos ir a cenar esta noche al restaurante más caro de la ciudad...
Mateo la miró fijamente. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal. Corrió la mirada hacia el calendario sobre su escritorio:
(Calendario).
era exactamente el mismo día en que Isabela le entregaría la demanda de divorcio años atrás. ¡El milagro del templo había ocurrido! El tiempo había retrocedido y el cielo le estaba otorgando la oportunidad que pidió con lágrimas de sangre.
Sin pensarlo dos veces, Mateo dio un paso atrás, apartándose del toque de Regina como si su contacto le quemara.
—Apártate de mí, Regina —dijo Mateo con una voz tan helada que hizo retroceder a la mujer.
—¿Qué te pasa, Mateo? Solo estoy sugiriendo...
—Se acabó —la interrumpió de golpe, mirándola con un desprecio absoluto—. No quiero volverte a ver en mi oficina, en mis empresas ni en mi vida. Firma tu renuncia y sal de aquí ahora mismo.
Sin escuchar los reclamos dramáticos de Regina, Mateo salió a la prisa de la oficina corporativa, ignorando a sus secretarios y ejecutivos. Subió a su vehículo y condujo a toda velocidad hacia la mansión, con las manos temblorosas sobre el volante y el corazón latiéndole como un tambor desbocado en el pecho.
Mientras tanto, en la residencia Mercier, la atmósfera era pesada. Isabela caminaba por el pasillo del segundo piso sujetando con fuerza la maleta donde guardaba las pertenencias de su pequeño hijo Mael.
Recordó a su padre, un hombre noble que había fallecido años atrás dejando a su madre sola. Tras la partida de su padre, su madre se convirtió en su único pilar en el mundo, y la enfermedad que la aquejaba había sido el motor por el cual Isabela terminó trabajando en aquel bar. Sin embargo, tras cinco años soportando el rechazo de Mateo, Isabela sabía que su padre jamás habría querido verla sufrir de esa manera.
Bajó las escaleras con el pequeño Mael de la mano. Sobre la mesa del estudio dejó la carta de divorcio firmada y su anillo de bodas, lista para cruzar la puerta y no volver jamás.
Justo en el instante en que Isabela ponía la mano sobre la cerradura principal, la puerta se abrió de golpe. Mateo apareció en el umbral, sofocado, con el cabello desordenado y los ojos llenos de una emoción desesperada.
Al verla a ella con la maleta, y al pequeño Mael sujetando su falda, a Mateo se le quebró el aliento. Cayó de rodillas sobre el piso del recibidor, sin importar su postura ni su estatus de magnate.
—Isabela... Mael... —susurró Mateo con lágrimas asomándose en sus ojos—. Por favor... no crucen esa puerta.
Isabela dio un paso atrás, abrazando a Mael con fuerza y mirando a Mateo con una mezcla de sorpresa y profunda desconfianza. En cinco años, jamás lo había visto arrodillado, ni mucho menos mostrando una pizca de vulnerabilidad.
—¿Qué juego es este, Mateo? —preguntó Isabela con voz fría y distante—. Ya dejé los papeles de divorcio sobre tu escritorio. Te devuelvo la libertad que tanto querías. No tienes que seguir fingiendo nada.
—No es un juego, Isabela, te lo juro por mi vida —dijo Mateo levantándose despacio, manteniendo las manos en alto para no asustarla—. Sé que fui un miserable, sé que te lastimé durante cinco años con mi ceguera y mi frialdad... Pero te suplico que no te vayas. Dame la oportunidad de demostrarte que he cambiado.
Isabela dejó escapar una sonrisa amarga, llena de dolor acumulado.
—¿Cambiar? Mateo, aguanté cinco años de tus desprecios, de tus humillaciones y de tus palabras hirientes. ¿Crees que voy a creerte porque hoy decidiste arrodillarte? Un hombre no cambia de la noche a la mañana. No voy a permitir que sigas dañando a mi hijo.
—No espero que me creas hoy, ni mañana, ni el próximo mes —respondió Mateo acercándose un paso, con la mirada transparente y sincera—. Sé que me va a tomar la vida entera limpiar el dolor que te causé. Solo te pido que te quedes en la mansión. Si quieres que dormiremos en habitaciones separadas, lo haremos. Si no quieres hablarme, lo entenderé. Pero no te vayas a la calle con nuestro hijo.
Isabela observó la mirada de Mateo. Por primera vez en todos esos años, no vio en sus ojos el reflejo de la soberbia ni el recuerdo de Regina; solo vio una súplica auténtica y un dolor profundo.
—Nos quedaremos temporalmente solo por Mael —sentenció Isabela manteniendo la distancia y la barbilla en alto—. Pero no te confundas, Mateo: no confío en ti. Mi corazón no va a olvidar cinco años de maltrato por un par de palabras bonitas.
—Me basta con que te quedes —contestó Mateo, sintiendo que la vida le volvía al cuerpo—. Te demostraré cada día el valor que realmente tienes para mí.