Lucía Atelier, ejecutiva sofisticada pero ciega de amor, se entrega en secreto a Gabriel, un rudo piloto de pruebas. Ella cree vivir un romance salvaje, pero él la usa por ambición para robar los secretos industriales de su familia y arruinarla. Cuando Marcos, hermano de Lucía, descubre la relación e investiga al mecánico, lo acorrala. Desesperado, Gabriel secuestra a Lucía en una mansión aislada para exigir un rescate millonario. Al descubrir el chantaje, ella huye, pero Gabriel la atropella en la carretera y la deja por muerta. En la noche, Dante, el gélido y magnético líder del sindicato criminal más poderoso, la rescata y la cura en secreto. Lucía despierta con amnesia y surge entre ellos un tórrido y apasionado romance. Al recuperar la memoria y recordar la traición, Dante no solo la ayuda a regresar con su influyente familia, sino que la reclama como su mujer ante los Atelier. Con su poder letal, el mafioso removerá el cielo y la tierra para cazar a Gabriel y vengar a su reina
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CAPITULO 1. EL ENCUENTRO CLANDESTINO
La medianoche se adueñó de la carretera secundaria de la periferia norte, sepultando los alrededores de los hangares industriales bajo un manto de oscuridad densa y un silencio que cortaba el aliento. Lejos del movimiento habitual de la planta de ensamblaje, un viejo cobertizo de madera crujía bajo los azotes del viento. El interior de la estructura apenas estaba iluminado por el resplandor titubeante de un quinqué de queroseno, proyectando sombras alargadas y sinuosas sobre las paredes gastadas y las pesadas lonas que cubrían las piezas de repuesto de los vehículos de carreras.
Lucía Atelier permanecía de pie en el centro de la estancia, con los dedos entrelazados alrededor de su bolso de mano, escuchando el crujido de las vigas. Esa noche había dejado atrás las exigencias de su rutina diaria. Su silueta esbelta lucía impecable, portando un vestido ceñido de punto fino en color lavanda que de-lineaba la curva de sus caderas. Su cabello claro caía suelto sobre sus hombros en ondas suaves. Su presencia ejecutiva, habitualmente sofisticada, segura y decidida ante los directivos de la firma, se evaporaba por completo cada vez que se adentraba en esa penumbra clandestina. Estaba profundamente enamorada de Gabriel, cegada por un idilio prohibido que ya duraba meses a espaldas de su familia. No le importaba el abismo que se suponía que los dividía; para ella, el piloto representaba todo su mundo.
Unos pasos pesados y firmes resonaron sobre las maderas del suelo. Gabriel emergió de la penumbra del fondo del cobertizo, quitándose los guantes de trabajo manchados de grasa. Su contextura física era imponente: hombros anchos, una complexión musculosa forjada en el esfuerzo rudo de la escudería de competición y unas manos grandes y callosas por el contacto directo con las herramientas. Vestía unos pantalones oscuros y una chaqueta de cuero negro gastada que acentuaba su aspecto rudo y rebelde.
Al acercarse a ella, los ojos oscuros de Gabriel destellaron con una fijeza calculadora que Lucía, en su absoluta inocencia, interpretó como pura devoción pasional. El mecánico la tomó de la cintura con un agarre grande, firme y posesivo, atrayéndola con una fuerza contra su pecho robusto.
—Pensé que tu hermano Marcos te pondría problemas para salir de la finca esta noche, Lucía —susurró Gabriel con voz profunda, un murmullo ronco y espeso que le aceleró las pulsaciones a la joven.
—Marcos estaba demasiado distraído revisando los balances de los hangares con mi padre —respondió Lucía con la voz rota por la agitación, rodeando el cuello del piloto con sus brazos delgados—. No entienden lo nuestro, Gabriel... No entiendo por qué tienen esa actitud tan fría y hostil contigo cuando eres el mejor operario de toda la escudería de competición.
Gabriel esbozó una gélida sonrisa de medio lado, una mueca cargada de una soberbia y un resentimiento antiguos que camufló de inmediato pegando sus labios a la piel del cuello de ella.
—No te preocupes por tu hermano ni por el orgullo de tu padre, preciosa —le siseó Gabriel al oído, mientras sus manos grandes descendían con urgencia por la cadera de la joven, deslizando el vestido lavanda hacia arriba con un desespero calculado—. Cuando estamos aquí dentro, somos solo tú y yo. Olvídate de los nombres.
Gabriel la alzó con una facilidad pasmosa, trasladándola hacia una lona limpia desplegada sobre unos fardos del fondo. En mitad de la penumbra del cobertizo gastado, la posesividad del mecánico se desató en un encuentro fogoso, salvaje y pasional. Marcos y Brandon creían controlar cada rincón de su entorno, pero en ese cobertizo detrás del hangar, la hermana del heredero se entregaba por completo, perdiendo el control de todas sus estructuras mentales entre herramientas, lonas y gemidos ahogados que inundaban el espacio cerrado. Gabriel la poseía una y otra vez con una fuerza ruda y exigente, repitiendo promesas falsas de amor eterno mientras sus dedos se clavaban en la piel suave de Lucía, reclamándola en la penumbra de la estancia.
Sin embargo, detrás de cada caricia posesiva y cada suspiro fingido, la mente de Gabriel operaba con una frialdad destructiva. No amaba a Lucía. Estaba profundamente resentido, harto de permanecer a la sombra de los hombres Atelier, sintiendo que sus conocimientos de ingeniería estaban desaprovechados en un puesto inferior de taller. Su acercamiento a la heredera era un plan fríamente calculado, un escudo humano perfecto para camuflar el golpe definitivo que estaba ejecutando contra la firma.
Al cabo de una hora, mientras Lucía descansaba con los ojos cerrados en un sueño apacible, Gabriel se incorporó en absoluto silencio. Se vistió a toda prisa y caminó hacia la esquina más oscura del cobertizo. Deslizó una pesada caja de herramientas metálica y activó un doble fondo secreto. Allí dentro, junto a varios fajos de billetes, escondió un lote inmenso de planos técnicos avanzados y piezas mecánicas de fibra de carbono que había sustraído esa misma tarde de los hangares principales. Pretendía vender los diseños de los nuevos motores a empresas rivales de la competencia para llevar a la ruina a la familia que tanto odiaba. Cerró el doble fondo con un sutil chasquido metálico y regresó al lado de Lucía, abrazándola con una falsa ternura protectora. El engaño se había consumado; el traidor dormía con la presa usando su amor como moneda de cambio, sin sospechar que el transcurso de las próximas horas despertaría la furia de un hermano dispuesto a reanudar una investigación implacable.