Loretta, condesa Russell. Tiene otra oportunidad para arreglar su matrimonio y salvar a su hijo que lleva en su vientre
NovelToon tiene autorización de Melany. v para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 20: La fiebre que regresó del pasado
La trampa preparada para el Duque Vane nunca llegó a activarse.
Pasó una semana.
Luego otra.
Y después una tercera.
Los cargamentos continuaron moviéndose por las rutas protegidas por los Russell sin sufrir ataques.
Nadie apareció.
Nadie intentó interceptarlos.
Nadie mordió el anzuelo.
Aquello no tranquilizó a Carter.
Tampoco a Loretta.
Los dos comprendían demasiado bien a los enemigos inteligentes.
Cuando un hombre ambicioso renunciaba a un plan, normalmente significaba que ya estaba ejecutando otro.
Y Vane no era alguien que aceptara derrotas con facilidad.
Aquella mañana, Loretta recorría el pueblo principal junto a varios administradores locales. El invierno había quedado atrás y las calles estaban llenas de actividad. Los mercados funcionaban con normalidad, los almacenes distribuían grano diariamente y las pequeñas clínicas financiadas por la familia Russell atendían pacientes desde el amanecer.
Todo parecía estable.
Hasta que escuchó los gritos.
Un hombre corría desde la plaza.
Detrás de él venían dos mujeres cargando a un niño.
El pequeño apenas podía respirar.
Loretta se detuvo inmediatamente.
—¿Qué ocurrió?
—¡Fiebre! —gritó una de las mujeres—. ¡Comenzó esta madrugada!
El niño tosió violentamente.
La sangre desapareció del rostro de Loretta.
Porque conocía esos síntomas.
Demasiado bien.
Elias apareció pocos minutos después.
Revisó al niño.
Luego observó a los demás habitantes que comenzaban a reunirse alrededor.
Su expresión se volvió seria.
Muy seria.
—Necesito examinar el agua del pueblo.
Loretta sintió un mal presentimiento.
—¿Por qué?
—Porque esto apareció demasiado rápido.
---
Las sospechas se confirmaron antes del anochecer.
Elias llegó al despacho acompañado por tres ayudantes.
Traía muestras.
Documentos.
Y malas noticias.
—El pozo central está contaminado.
La habitación quedó en silencio.
Carter se puso de pie.
—¿Accidentalmente?
—No.
La respuesta fue inmediata.
—¿Estás seguro?
—Completamente.
Elias colocó varios informes sobre la mesa.
—Alguien introdujo material infectado deliberadamente. Esa agua era pura.
Loretta sintió que el estómago se cerraba.
Carter apretó los puños.
Nadie discutió.
Porque la conclusión era evidente.
El duque había cambiado de estrategia.
Si no podía detener las medicinas.
Provocaría más enfermos.
Si no podía controlar la desesperación.
La fabricaría.
—Maldito bastardo —murmuró Carter.
Loretta observó los informes.
Las cifras.
Los síntomas.
Las fechas.
Y una sensación horrible comenzó a crecer en su interior.
Aquello era demasiado parecido.
Demasiado parecido a la enfermedad que había arrebatado la vida de su hijo.
—¿Cuántos casos? —preguntó.
—Veintisiete confirmados.
—¿Y los demás?
—Probablemente más de cincuenta.
Carter giró hacia la puerta.
—Movilizaré guardias.
—Hazlo —dijo Loretta.
—Nadie entra ni sale del pueblo sin autorización.
Elias asintió.
—Necesitamos contenerlo.
Todo comenzó a moverse rápidamente.
Guardias.
Médicos.
Mensajeros.
Administradores.
La maquinaria del territorio Russell se puso en marcha.
Pero el verdadero golpe llegó al amanecer.
---
Loretta despertó sobresaltada.
Escuchó pasos apresurados.
Voces.
Puertas abriéndose.
Y luego alguien golpeó con urgencia.
—¡Mi señora!
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
—¿Qué sucede?
La criada abrió la puerta.
Tenía el rostro completamente pálido.
—El joven heredero...
Loretta ya estaba levantándose.
—¿Qué ocurre con él?
—Tiene fiebre.
El mundo pareció detenerse.
Solo por un instante.
Luego salió corriendo.
No recordó cómo atravesó los pasillos.
No recordó cuántas personas dejó atrás.
Solo recordó una cosa.
La habitación.
Cuando abrió la puerta, encontró a Carter junto a la cuna.
Y encontró a su hijo.
Ardiendo.
El pequeño Carter respiraba con dificultad.
Su rostro estaba rojo.
Su cuerpo temblaba.
Y el terror que Loretta había intentado mantener enterrado durante años regresó de golpe.
No vio la habitación.
No vio a los sirvientes.
No vio a nadie.
Solo vio otro niño.
Sus piernas comenzaron a fallar.
—No...
La palabra salió rota.
—No...
Carter levantó la mirada.
—Loretta.
Ella no parecía escucharlo.
Las lágrimas aparecieron inmediatamente.
—No... no otra vez...
Su respiración se volvió irregular.
Sus manos temblaban.
Todo estaba ocurriendo otra vez.
La fiebre.
La impotencia.
La desesperación.
El miedo.
—Loretta.
Esta vez Carter llegó hasta ella.
Pero seguía sin reaccionar.
—No... por favor...
La imagen de aquella primera vida se superpuso frente a sus ojos. Era imposible quitársela.
El frío.
La pobreza.
Su hijo muriendo lentamente.
Los ruegos inútiles.
El silencio final.
Y entonces Carter la sujetó con fuerza.
No con brusquedad.
No con violencia.
Con firmeza.
Obligándola a mirarlo.
—Loretta.
Ella rompió a llorar.
Carter sostuvo su rostro entre ambas manos.
—Escúchame.
Ella apenas podía respirar.
—Escúchame.
Sus ojos azules no se apartaron de los de ella.
—Nuestro hijo no está solo.
Loretta tembló.
—El boticario está aquí.
La obligó a sostener su mirada.
—Yo estoy aquí.
Una lágrima descendió por la mejilla de él.
—Y tú también estás aquí.
Loretta dejó de hablar.
—Vamos a salvar a nuestro hijo.
Aquellas cuatro palabras atravesaron el caos de su mente.
—Vamos a salvarlo.
No era una promesa vacía.
No era consuelo.
Era una decisión.
Y Carter nunca retrocedía cuando tomaba una decisión. Loretta limpió sus lágrimas. Le dió la razón. Se sintió un poco tonta al desesperarse en ese momento.
El trauma aún estaban ahí. Pero Carter era bueno ahuyentando ese dolor.
---
Elias trabajó durante horas.
Sin descanso.
Sin abandonar la habitación.
Analizó muestras del agua.
Analizó la evolución de la enfermedad.
Comparó síntomas.
Revisó notas acumuladas durante años.
Y finalmente comenzó a preparar una nueva formulación.
Loretta permaneció junto a la cama.
Carter junto a ella.
Ninguno se movió.
Ninguno quiso hacerlo.
El pequeño Carter continuó luchando.
Las horas parecían eternas.
Cada respiración era una batalla.
Cada movimiento aumentaba la tensión.
Hasta que finalmente Elias apareció con un nuevo preparado.
Sus ojos estaban agotados.
Pero había algo más.
Esperanza.
—Lo encontré.
Loretta se levantó de inmediato.
—¿Qué?
—La diferencia.
—¿Funcionará?
Elias respiró profundamente.
—Sí.
—¿Estás seguro?
—Lo estoy.
Carter dio un paso adelante.
—Hazlo.
---
La espera posterior fue peor.
Porque ya no podían actuar.
Solo observar.
Solo esperar.
Solo confiar.
Pasó una hora.
Luego otra.
Después una tercera.
Y finalmente...
La fiebre comenzó a bajar.
Muy lentamente.
Pero bajó.
Loretta tardó varios segundos en comprenderlo.
—Elias...
El médico sonrió por primera vez en días.
—Funciona.
Las lágrimas aparecieron inmediatamente.
—Funciona...
Carter cerró los ojos.
Como si acabara de soltar un peso.
Luego observó a su hijo.
El pequeño seguía dormido.
Pero respiraba mejor.
Su temperatura descendía.
Y el peligro comenzaba a retroceder.
Loretta se cubrió la boca.
Llorando.
Esta vez de alivio.
El pequeño abrió los ojos horas después.
Confuso.
Débil.
Pero vivo.
Muy vivo.
Y cuando una pequeña mano se cerró alrededor del dedo de Loretta, ella ya no pudo contenerse.
Apoyó la frente junto a la de su hijo.
Llorando silenciosamente.
Carter rodeó los hombros de ambos con un brazo.
Sin decir nada.
Porque no hacía falta.
Elias observó la escena desde la puerta.
Agotado.
Pero satisfecho.
La cura existía.
Había funcionado.
Y eso cambiaba todo.
Porque si podían salvar al heredero de los Russell.
Podían salvar a miles más.
Mientras tanto, muy lejos de allí, en la capital, el Duque Vane todavía sonreía convencido de que había logrado quebrar a sus enemigos.
Aún no sabía que acababa de cometer el peor error de su vida.
Había atacado directamente aquello que Carter y Loretta amaban más que a sí mismos.
Y ninguno de los dos estaba dispuesto a perdonarlo.