Valentina Reyes ha pasado toda su vida a la sombra de Mariana, la media hermana que le robó su lugar, su apellido y hasta el último recuerdo de su madre.
Cuando Mariana descubre que no puede darle un heredero a su poderoso esposo, obliga a Valentina a hacerse pasar por ella y entrar en la cama de Alejandro Quirós, el magnate más frío y temido de la Ciudad de México. El trato parece sencillo: quedar embarazada, entregar al bebé y desaparecer.
Pero Valentina no piensa obedecer.
De día será Mariana, la perfecta señora Quirós. Entre los sirvientes se ocultará bajo el nombre de Lucero. Y en secreto seguirá siendo Valentina, la mujer dispuesta a recuperar todo lo que su hermana le arrebató.
Solo hay un problema: Alejandro parece conocer cada una de sus máscaras. La observa demasiado, pronuncia su verdadero nombre cuando nadie debería saberlo y la desea como jamás deseó a su esposa.
Valentina creyó que estaba seduciendo al esposo de su hermana.
Lo que todavía no sabe es que Alejandro nunca fue engañado.
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Capítulo 11
Capítulo 11
La caída
El sábado, Doña Carmen organizó un almuerzo familiar en la Hacienda Quirós.
Valentina ya conocía el camino: casi dos horas por la autopista cuando el tránsito daba tregua, la desviación de terracería, los muros de piedra cubiertos de bugambilia. Bruno conducía. Alejandro iba en el asiento de atrás, leyendo algo en su teléfono. Valentina miraba por la ventana y repasaba mentalmente las reglas de la última llamada de Mariana: sonreír mucho, hablar poco, no contradecir a la abuela, no acercarse demasiado a Alejandro frente a Sofía.
Sofía. Porque Sofía iba a estar.
Mariana lo había dicho con los dientes apretados: "Doña Carmen la invitó. No puedo impedirlo. Vigílala."
El jardín de la hacienda era amplio, con mesas bajo los árboles y un camino de piedra que bajaba hasta un estanque rodeado de sauces. Doña Carmen las recibió con abrazos: primero a Valentina, después a Sofía, que llegó en un auto blanco con un ramo de flores para la abuela y una sonrisa impecable.
—Mis niñas —dijo Doña Carmen, tomándolas del brazo a las dos—. Qué bueno tenerlas juntas. A ver si así este muchacho deja el teléfono.
Alejandro las miró desde la terraza con la taza de café en la mano. No dejó el teléfono.
El almuerzo transcurrió sin incidentes. Carne asada, ensalada de nopales, agua de tamarindo. Doña Carmen habló de la temporada de lluvia, de los rosales que se le estaban muriendo, de un primo segundo que se casaba en Oaxaca. Lucía no había venido, y su ausencia hacía que todo fluyera con menos fricción.
Sofía le preguntó a Valentina sobre la traducción que estaba haciendo. Valentina le respondió con cuidado, midiendo cada palabra. Sofía asentía con esa atención suave que podía ser genuina o podía ser una red. Imposible saberlo.
Después del almuerzo, Doña Carmen se retiró a su habitación a dormir la siesta. Alejandro subió al despacho a hacer unas llamadas. Valentina bajó al jardín a caminar y Sofía la siguió.
—¿Te molesta si te acompaño?
—Para nada.
Caminaron por el sendero de piedra hacia el estanque. El aire olía a tierra mojada y a las gardenias que crecían junto a la fuente. Los pájaros se callaron cuando pasaron, como si supieran que algo iba a cambiar.
Sofía se quitó los lentes de sol y los enganchó en el escote de la blusa. Tenía los ojos claros, del color de la miel, y los usaba con la misma precisión con la que otras mujeres usaban las manos.
—Me cae bien tu abuela —dijo—. Siempre me trató como si fuera de la familia.
—Lo eres, ¿no? Alejandro dice que se conocen de toda la vida.
—Desde los ocho años. Nuestros padres eran socios. —Sofía se detuvo junto al estanque, mirando el agua—. A veces creo que Alejandro y yo nos conocemos demasiado bien. Sabes cuándo es mejor no saber tanto de una persona.
Valentina no contestó. La frase era ambigua, y las frases ambiguas de Sofía siempre tenían filo.
Siguieron caminando. El sendero giraba hacia el jardín trasero, donde unos escalones de piedra bajaban a una terraza cubierta de hiedra. Los escalones estaban húmedos por el rocío de la mañana.
Sofía los bajó primero. Al tercer escalón, el tacón de su zapato resbaló en la piedra mojada. Se torció el tobillo con un grito corto y cayó de rodillas sobre la hierba.
—¡Sofía! —Valentina bajó corriendo—. ¿Estás bien?
—El tobillo. —Sofía se agarró la pierna con las dos manos, el rostro contraído—. Creo que me lo torcí.
Valentina se agachó a su lado. El tobillo derecho de Sofía se estaba hinchando. Antes de que pudiera hacer nada, oyó pasos rápidos en la terraza de arriba.
Alejandro.
Bajó los escalones de dos en dos. Se agachó junto a Sofía, le examinó el tobillo con las manos, girándolo con cuidado. Sofía cerró los ojos y le apretó el brazo.
—Necesita hielo —dijo Alejandro—. Puedo cargarte adentro.
Metió un brazo bajo las rodillas de Sofía y estaba a punto de levantarla cuando Valentina hizo lo que hizo.
No tuvo tiempo de pensarlo. Subió tres escalones, pisó el borde húmedo del cuarto, y se dejó caer.
El golpe fue real. La piedra le raspó la rodilla y el impacto le sacudió el tobillo izquierdo contra el escalón. Le salió un quejido del fondo del pecho que no tuvo que fingir porque sí le dolió.
—¡Mariana! —Doña Carmen apareció en la terraza de arriba, con la bata de siesta puesta y los ojos muy abiertos—. ¡Dios mío! ¿Qué pasó?
Alejandro soltó a Sofía. Se giró. Valentina estaba sentada en el escalón con la pierna estirada, agarrándose el tobillo con una mano y la rodilla raspada con la otra. Los ojos le lagrimeaban.
—Me resbalé —dijo, con voz temblorosa—. Los escalones están mojados.
Alejandro caminó hacia ella. Se arrodilló. Le tomó el tobillo izquierdo entre las manos y lo giró despacio. Valentina apretó los dientes.
—Está dislocado —dijo.
No estaba dislocado. Valentina lo sabía. Él lo sabía. La presión de sus dedos sobre el hueso era ligera, exploratoria, la de alguien que busca una lesión y no la encuentra. Pero dijo "Está dislocado" en voz alta, con la misma autoridad con la que cerraba contratos.
Detrás de ellos, Sofía se puso de pie sola, apoyándose en la baranda.
—Yo estoy bien —dijo, con una sonrisa que le costó—. Atiendan a Mariana.
Alejandro metió un brazo bajo las rodillas de Valentina y otro detrás de su espalda. La levantó de un solo movimiento, sin cambiar la respiración.
—No es necesario —dijo Valentina—. Puedo caminar.
—No puedes.
La cargó escaleras arriba. Pasaron frente a Sofía, que les abrió paso apoyándose en la baranda con el tobillo hinchado. Valentina le sostuvo la mirada un segundo. Sofía le devolvió una sonrisa educada, pero algo se le quebró en las esquinas de los ojos.
Doña Carmen los seguía por detrás, pidiendo hielo, mantas, pomada de árnica, como si Valentina se hubiera roto en diez pedazos.
Alejandro la llevó hasta el sillón del salón principal. La depositó con cuidado. Le puso un cojín debajo del tobillo.
—¿Te duele mucho?
—Solo un poco.
La miró largo rato, con una expresión que Valentina no podía descifrar: ¿la estaba cuidando o la estaba evaluando?
—Quédate aquí —dijo, y salió del salón.
Valentina se recostó en el sillón. Le ardía la rodilla donde se había raspado y el tobillo le pulsaba, pero no estaba dislocado, y los dos lo sabían. Lo que no sabía era por qué él le había seguido el juego.
Doña Carmen volvió con una bolsa de hielo envuelta en un trapo de cocina y un vaso de agua de limón.
—Tómate esto, mi niña. Te vas a poner bien.
—Gracias, abuelita.
—Esos escalones los voy a mandar arreglar. Es la segunda vez que alguien se cae. Alejandro, llama al albañil el lunes.
—Sí, abuela.
Doña Carmen le acomodó el hielo sobre el tobillo con la ternura de quien cura a una hija. Valentina cerró los ojos y dejó que la cuidara. Ese cariño era lo único en esa vida que no tenía que actuar.
Desde la ventana del salón, entre los párpados entreabiertos, vio a Sofía caminando sola por el jardín, cojeando ligeramente, con el ramo de flores todavía apretado contra el pecho.